Aquellos que escribimos solemos preguntamos para qué lo hacemos. Un aspecto del psicoanálisis, sugiere que la escritura es un proceso de creación artística en el que volcamos efectos psicológicos, y que el placer estético (agrego: y político) pertenece a la subjetividad del autor. Demás está decir que esos efectos son parte de la relación con los procesos sociales y culturales. Entre las posibles respuestas, bajo este sistema en el que vivimos —donde las letras y la literatura no alcanzan al conjunto de la población— muchos escritores y escritoras damos vuelta sobre la inquietud si es posible generar ganancias escribiendo.
Agregando a lo anterior, recuerdo haber escuchado en el podcast de Javier Peña, Grandes Infelices, que Roberto Bolaño destacó alguna vez la diferencia entre “escritor” y “escribiente”. Para el autor chileno, un escritor “es alguien que comprende la complejidad y la fragilidad del trabajo, mientras que el escribiente podría ser alguien que simplemente escribe sin la profundidad de su labor”. Al margen de la arrogancia y pedantería que expresa Bolaño —quizás por la frustración de no alcanzar la fama en vida— es una concepción que sirve para pensar nuestro tema.
César Aira, en su ensayo Dalí del libro Evasión y otros ensayos, se pregunta: ¿cómo es posible decir en autoproclamación “soy un genio”? Desarrolla esta idea de manera filosófica y laberíntica, en un texto que me dejó pensando. Habla de la genialidad como estrategia artística, explorando la tensión entre pensar y decir “soy un genio”, donde Dalí “privatiza el consenso” autootorgándose la consagración como artista genio. Da gusto leerlo.
Dalí no conoció las redes sociales. Dalí no conoció el actual desarrollo del marketing y la publicidad. Por lo tanto, en reflexión con el texto de Aira, podríamos considerarlo un pionero entre el arte, la influencia y el saber venderse.
Se dice que el artista tiene que saber venderse, especialmente si pretende vivir de su trabajo creativo. Esta situación está ligada al sistema capitalista que nos empuja a competir, a invertir, y en el caso de muchos escritores y escritoras, a llegar a las grandes corporaciones editoriales para poder destacar entre esa porción de público mencionada antes. Muchos quedan excluidos, primero por falta de recursos, y segundo, por falta de talento.
Aira duda que el método de Dalí pueda atribuirse a arrogancia, egolatría o búsqueda de reconocimiento. Más bien plantea que “soy un genio” es el eje que estructura su obra, lo que hizo y dejó. Fundamenta que hay una diferencia entre pensarlo y decirlo, ya que al enunciarlo se desprende un valor y un significado particular. Lo desarrolla analizando tanto la frase en sí como la posición del emisor que la pronuncia.
Esta frase, explica, se pone en discusión por parte del interlocutor, quien podría refutar si alguien es o no es un genio. Se abren así lógicas discursivas, razones, estatus de acción, etc. Porque la declaración encierra una contradicción en el peso entre los conceptos de yo y genio: “Si soy yo no puedo ser un genio, y si es un genio, no puedo ser yo”.
Ahora bien… ¿Quién decide quién es genio? Para Aira, en el campo popular se abren dos extremos: por un lado, el genio como talento supremo que forma parte de una elite (como lo entendía Dalí); y por otro, la doxa popular que acepta la genialidad aunque no conozcamos sus fundamentos (como cuando coincidimos en que Einstein es genio). En este segundo extremo es donde Dalí realiza su operación: se instala entre medios de comunicación y rumores, apropiándose —privatizando— un concepto que es social.
El ensayo desmenuza profundamente la estructura de esta declaración daliniana. Lejos de centrarse en su arrogancia, plantea un texto filosófico para reflexionar sobre el arte, el oficio y la exposición pública. Al explorar la construcción del genio como figura social, "el paso de la primera a la tercera persona", y la condición de genio (como la de criminal u otras “anormalías”), muestra cómo todos estos conceptos terminan atados a la tercera persona y a un consenso social. Es decir, es político y se conforman por la opinión de un sector de la población.
Dalí fue un gran promotor de su arte, de sus trabajos, y participó activamente en discusiones de vanguardias artísticas y políticas de su tiempo. Sí toda la articulación lingüística y discursiva que le da César Aira a una frase, nos invita a reflexionar sobre la talla del genio en la estructuración de sus propios trabajos, nos falta definir el para qué. Es por eso que creo que falta escribir más sobre el desarrollo del mercado del arte en su trayectoria que no es parte del ensayo pero está ligado. En la reivindicación de su marca artesanal, Dalí se propone como un ser aparte, lo que Aira describe como “el ventrílocuo autor”, y puedo llegar a la conclusión que es para venderse. Este aspecto, para mí, habría que explorarlo. ¿Saben por qué? Porque la pregunta que me quedó picando es: ¿el arte hoy apremia el talento o la capacidad de hacerse visible? El narcisismo de Dalí tiene una respuesta para darnos.








