Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

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Dieciocho meses de soledad




Gabo se encontraba en una época económicamente misérrima. Apenas le alcanzaba el dinero para comer y debía la cuota de alquiler y los impuestos, carecía de un empleo pago pero trabajaba en una obra literaria, la más importante de su vida según su criterio. La billetera estaba tan vacía que al abrirla ni siquiera encontraba su documentación. Por lo que escuché en una entrevista que le hicieron, con su compañera habían llegado a un acuerdo: ella se haría responsable de la supervivencia familiar, mientras él terminaba de escribir su obra. No podían dejar pasar la oportunidad en la que él venía escribiendo como un tren, el trasfondo de varias conversaciones dictaba que debían aprovechar ese impulso.

Mezclar veintiocho letras del alfabeto con dos de sus dedos sobre una computadora es lo que hizo durante los dieciocho meses que estuvo encerrado en su habitación personal. Desde ese momento, cientos de oraciones fueron escritas bajo diferentes circunstancias, menos cuando hacía frío.

El día en que se encontraba escribiendo sobre Rebeca, la hija adoptiva que llegaba al pueblo cargando con los huesos de sus padres, su compañera interrumpió la creatividad, aludiendo haber tocado fondo con las responsabilidades. Después de tanto tiempo, el escritor salía de la habitación, porque la economía de la familia se venía a pique. Como tenían en el garaje un auto en desuso, lo llevaron para vender a un pueblo cercano, creyendo que el dinero les alcanzaría para vivir diez años, pero solo les alcanzó para tres míseros meses.

Él siguió escribiendo, no se detuvo. Plasmaba la historia de los diecisiete hijos que el coronel concibió con diferentes mujeres de encuentros casuales en la época de las guerras. Esta pareja tenía la certeza de que la obra literaria que Gabo escribía encerrado en su habitación, pronto estaría terminada.

Llegando a la sexta generación familiar narrada en el libro, un llamado muy importante había vuelto a interrumpir su creatividad. Ella atendió y misteriosamente tapó el tubo del teléfono. En su semblante podían adivinarse los nervios y con una voz baja pero clara a la vez, le dice:

–¡Es el dueño de la casa! Nos exige el pago de la deuda de tres meses porque corremos el riesgo de quedar en la calle. ¡Tenemos que pagarle pronto! –y confiando en el criterio del escritor, le pregunta: –¿Cuánto te falta para terminar el libro?

–Alrededor de seis meses –responde muy seguro–, decile que le doy mi palabra de honor que en siete meses le saldamos la deuda completa.

Ella le respondió al dueño de la casa que no solo van a seguir debiendo esos tres meses sino que le van a deber seis meses más.

Una vez terminado el libro, fueron a una empresa de correo cercana para enviarlo a la editorial. Cuando pesaron las páginas en la balanza del lugar, quedaron sorprendidos por el inesperado precio del envío: el paquete valía ochenta y tres pesos y solo disponían de cuarenta y pico. Decidieron enviar la primera mitad pero por error enviaron la segunda. ¡Todo mal! A los pocos días, empeñaron el calentador de la habitación (era todo para él ya que le costaba escribir con frío) el secador de pelos de la familia y, aprovechando que sus hijos estaban grandes, también empeñaron la licuadora que usaban para hacerles jugos de frutas. Con la plata que juntaron fueron nuevamente al correo para enviar el resto de la obra. El empleado pesó el nuevo paquete señalando un valor de cuarenta y ocho pesos, ambos se miraron y salieron del correo con dos pesos de vuelto. Ella se puso verde y exclamó:

–¡Espero que la novela no sea mala!



*Originalmente publicado en 2017 en el Volumen 8 - Le'Croupier, Obras Colectivas, editado por Ediciones Croupier.


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Grietas del Tiempo




Esta historia relata aquel día en el que Cipriano inició su último año de actividad práctica. Las tareas realizadas con sus compañeros se convertirían en recuerdos inolvidables, con anécdotas excelentes, pero también con una serie de "malas" experiencias y trágicos sucesos que nunca faltaban.

 

Cipriano era incapaz de estar quieto en algún momento, ni siquiera pensaba en descansar mientras cumplía con su jornada. Su voluntad siempre se medía en términos de responsabilidad ante ciertas necesidades, o tal vez los ruidos de las máquinas en funcionamiento no le permitían concentrarse en otra cosa que no fuera su tarea. Por su experiencia, parecía haber pasado años ocupado en prácticas e intercambiando su tiempo por dinero. Las herramientas que utilizaba para desempeñar su función estaban cubiertas de partículas residuales, al igual que su bastón, que parecía desbordar mugre y grasa mezclada con organismos vivos.

 

Quienes conocían a fondo las relaciones en el taller afirmaban que no habría otro como él, que nunca habían conocido a alguien tan dispuesto. Parecía que todos habían llegado a un acuerdo para describirlo. Era una votación unánime. No había necesidad de seguir hablando del asunto, ya que gozaba de un reconocimiento social importante.

 

Cuando no se apoyaba en su bastón, su cadera descansaba firmemente en el borde de la mesa, y algunos llegaban a imaginar que en un futuro no muy lejano tendría que gatear, lo que claramente dificultaría su trabajo. Cipriano exprimía hasta el último minuto con solo leves suspiros, y cuando se quejaba, era por sus condiciones y nada más. Incluso trabajaba sin remuneración después de que sonara la señal de finalización, aunque las cámaras lo capturaran entrando y saliendo y su tarjeta lo certificara.

 

"Necesito mostrarte algo", le dijo a su compañero, quien llevaba junto a él más de 15 años. Alarmado por la situación o por algún otro motivo, su compañero se veía paranoico y le respondió despacio, frunciendo el ceño como si todo estuviera mal. Incluso miró a su alrededor, escudriñando el rincón más oscuro del taller y se esforzó por no ser escuchado por nadie más.

 

Inmediatamente, su compañero observó y depositó su confianza en él con un pequeño gesto que Cipriano reconoció al instante. A su vez, corroboró que él fue el único en comprender la situación y mantener esa sencillez que los caracterizaba como compañeros, un viejo truco que solían hacer antes de realizar alguna broma. Con solo un gesto, trató de calmarlo, y la seguridad que le ofreció se transformó rápidamente en solidaridad. Él respaldó la voz de Cipriano, quien deseaba ser escuchado. A lo largo de su trayectoria laboral, estos dos habían construido una excelente relación basada en su compromiso con las tareas diarias, lo cual los llevaba a reflexionar en equipo. Esto se debía a su disposición conjunta y a los sentimientos afectivos y cercanos que compartían, tanto en el ámbito laboral como personal.

 

Entonces, sintiéndose cómodo, Cipriano dejó caer sus ropas al suelo, quedando desnudo. Orgullosamente, arrojó su pudor al suelo, ya que para qué serviría ocultarse ahora que viviría desapercibido e inútil.

 

"Se acabó mi momento de actividad práctica, estoy lleno de grietas", dijo bajando la mirada, sintiéndose avergonzado, y extendió sus brazos olvidándose del bastón. Luego apretó los puños, lamentándose y castigándose por algo orgánico que lo acompañaba y que también le sucedería a su compañero en algún momento. El tiempo lo había agrietado, ya no quedaba nada de su cuerpo liso, completo, práctico y tenaz. Cayó de rodillas buscando consuelo. Con timidez, vio de reojo a su compañero, quien le ofreció su mano, transmitiendo esperanza y tratando de calmarlo.

 

"No quiero quedarme fuera de práctica de ninguna manera. Me veo obligado a intercambiar hasta mi último aliento por necesidades, ya que el dinero será escaso a partir de ahora. ¿Cómo puedo dar los siguientes pasos con menos? Sin miedo, pero reconociendo que pronto las tendrás... Mira mis grietas. Con grietas no servimos para nada. Soy una carga para las instituciones. ¿Quién puede cubrir necesidades sin intercambiar tiempo? ¿Cómo lidiaré con las necesidades que superan las migajas que ahora recibiré por estar agrietado, y que otras personas aportan mientras están en práctica? Las grietas revelan el tiempo transcurrido. No puedo escapar de las ofensas de las generaciones venideras, si es legítimo que nos excluyan. Nos han puesto en contra, harán que te olvides de mí y me dejarán abandonado en algún lugar para los agrietados.



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Otra historia sobre Yuki-Onna

 




Conocí el cuento Yuki-Onna de Lafcadio Hearn, en el que representa la figura homónima de la cultura japonesa. El escritor nos dejó una enorme herencia literaria y fue pionero en mostrarnos la cultura de Oriente. Sin embargo, es posible que sus escritos nos sumerjan más en occidente por su construcción social.


En la cultura japonesa Yuki-Onna es una mujer hermosa que se presenta reposando desnuda o no, en las temibles noches nevadas, y por su color de piel albina las personas que la ven la confunden entre la nieve. En la leyenda, la mujer de -la- nieve, utiliza su respiración para transformar viajeros en cadáveres congelados. En realidad, al mostrarse tan bella en medio de una tempestad, atrae a los viajeros que cruzan al interior de los bosques y se terminan perdiendo a la intemperie sin poder refugiarse.


Esta leyenda fue contada de boca en boca para evitar que las personas se trasladen de un lugar a otro los días de mucha tormenta de nieve con el objetivo de no perderse y morir congeladas en el medio del camino.


El cuento escrito por Lafcadio Hearn representa a su manera la leyenda de Yuki-Onna para darla a conocer. Un relato oral y milenario contado en pocas páginas. La genialidad que tomamos del texto está en que de una leyenda cerrada (mito: es así y solo así), abre la reflexión hacia otros horizontes. A mí me invitó a pensar en otra historia, pero antes, dejo una síntesis del cuento que encontré en internet:


Hearn fue el primero en poner en escrito una versión de la leyenda en la que dos leñadores, Mosaku y Mokukichi quedan atrapados en una tormenta de nieve y la Yuki-Onna aparece congelando a Mosaku pero salvando la vida de Mokukichi por su juventud y belleza con la condición de no revelar lo ocurrido. Al regresar y pasar el tiempo, Mokukichi conoce una mujer muy bella llamada Oyuki con quien se termina casando y teniendo hijos. Una noche, Mokukichi le cuenta a Oyuki lo sucedido con la Yuki-Onna y Oyuki revela que era ella, y que lo iba a matar por revelarlo. Pero al final no lo mata, Oyuki era madre y amaba a su esposo, a pesar de que rompió su promesa y termina dejándolo en una escena donde se funde con el silbido del viento y jurándole que lo mataría si maltrata a sus hijos.


Hearn, para resaltar el terror -a lo desconocido/al más allá-, describe a Yuki-Onna como una fantasma malvada que arrebata vidas, salvo la del joven bello que luego termina siendo su esposo. Años más tarde revela la historia que tenía prohibido contar y ella desaparece. En cierto sentido, tanto en el relato como en la leyenda original, al ser un mero espejismo que confunde entre la nieve, y desaparece entre el silbido del viento, filosóficamente podemos decir que es una “fantasma” (Platón: una copia, una imagen, ¿una idea?). Pero no fue malvada. En la cultura japonesa no actuaba por sí misma atacando a víctimas de la tempestad, el problema del mito se centró en que los viajeros se perdían al dar con ella. La leyenda invita a reflexionar sobre los peligros de la tentación (mujer hermosa), reflejado en hombres que persiguen sus deseos en medio de una tempestad, y los límites (muerte), la advertencia de los peligros que ocurren viajando durante un mal temporal.


Por aquel entonces en Musashi, la actual Tokio, la madera era fundamental, así que el oficio de leñador es correcto por las características del lugar que empalma con los bosques de la leyenda.


En el relato de Hearn el protagonista es un joven aprendiendo un oficio para mantener a su madre viuda, es decir, que elige un trabajo para asegurar su vida y la de su mamá. Acá viene la primera pregunta: ¿por qué un anciano y un joven emprendieron viaje en la propia ciudad de la leyenda de Yuki-Onna? Asumo que la conocen porque el batelero se salvó esa noche. Y si no es así: ¿por qué Yuki-Onna en lugar de aparecer entre la nieve haciendo perder a los viajeros abre la puerta de una choza, se mete adentro, y congela al anciano si en la leyenda el método es la persuasión pasiva? Claramente la Yuki-Onna del cuento de terror no es la misma que la de la leyenda popular japonesa sino que hay variantes. Entonces me invita a pensar que el joven, que sufría mucho frío y no se podía dormir, se aprovechó del anciano que se durmió enseguida para utilizar sus pieles dejándolo morir congelado. La visión que se desencadenó en el interior de la choza fue producto de su imaginación ya que temía por el temporal que azotaba el sucucho con fuertes ráfagas de viento. El clima fue tan avasallador que continuó enfermo los días posteriores; era obvio que el viejo se convertiría en un cadáver. A partir de ese momento, el joven se quedó con el negocio para él y vendía la leña con su madre.


Durante el invierno siguiente el protagonista conoce a una mujer hermosa con características similares a la imagen que se le había aparecido en la choza. Llamada Oyuki que también significa nieve y también poseía una mirada seductora. El autor nos quiere dar a entender que es Yuki-Onna. Esta mujer era pobre, no tenía familia y estaba viajando para trabajar de sirvienta. (¿Y si Oyuki fue la mujer que había entrado en la choza y también vio morir al anciano e hicieron un pacto de silencio con el joven?). Entre coqueteos para ver si cada uno tenía pareja, el joven, en lugar de imaginarla como “la mujer de su vida”, la imaginó como una “honorable nuera” y en la aldea, la madre la invita a quedarse como su “hija política”. Muy raro todo ese Edipo. Además, cuando la madre muere, en sus últimas palabras celebró por la mujer de su hijo, que cumplió el rol de hija política a la perfección. Más tarde el protagonista y la posible Yuki-Onna, tienen 10 hijos y la gente de la comarca se maravilla porque ella no envejece como el resto de las campesinas con hijos y trabajo doméstico. El escritor señala otro motivo para darnos a entender que hace referencia a la mujer de la leyenda.


Hubo una noche en que todo cambió y nadie volvió a ver a la mujer, es decir, desapareció de la aldea. La esposa dijo ser la misma fantasma que congeló al anciano en la choza y que le advirtió que jamás cuente la historia a nadie. (¿Y si tenían un pacto de silencio como supuse antes, y el protagonista desapareció a su esposa para que nadie más sepa el secreto ya que contaba con 10 hijos entre los que habían hombres para realizar el trabajo y mujeres para las tareas domésticas y vender la leña?).


En la leyenda Yuki-Onna perdona al joven bello, años posteriores resulta ser una esposa que se revela dejándole a su marido los hijos a cargo y que la próxima vez que vuelva no tendrá misericordia. A mí me sugiere pensar que como el leñador no dijo nada sobre la muerte del viejo pasando desapercibida por el temporal, se deshizo de la mujer sin mencionar una palabra. Pero solo es otra historia sobre Yuki-Onna.




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Las cosas por su nombre





Hace más de 500 años, a través de una serie de expediciones, Cristóbal Colón tendió un puente entre dos mundos consiguiendo ríos de sangre, muertes en masas y el saqueo más grande de la historia de la humanidad. Los conquistadores titularon a este acontecimiento como el descubrimiento. Con semejante arrogancia comenzaron a llamar a las cosas por su nombre.

Los navegantes bendecidos por los reyes católicos creyeron haber desembarcado en la India. En consecuencia, ante el primer contacto con los habitantes del lugar los denominaron indios y en homenaje a un comerciarte y explorador europeo, llamaron América a las tierras desconocidas.

Desde tiempos remotos, las familias nativas de los pueblos que fueron descubiertos, se desplazaban de un sitio a otro en filas jerárquicas por diversos territorios buscando sobrevivir (sin la explotación animal y la utilización de la rueda para el traslado de pertenencias). Los más experimentados de las familias iban al frente de la comitiva para desmontar la maleza, resistir cualquier amenaza, y como principal objetivo, abrir paso a los siguientes. Así nacieron los senderos a cielo abierto en el que se trasladaban uno detrás del otro.

Ellos llamaron civilización a lo que nosotros precisamos como genocidio. Durante la evangelización las filas cobraron otra importancia, ya que esta cualidad ancestral de desplazamiento burlaban a las tropas enemigas: al transitar uno detrás del otro, el último borraba las huellas sin dejar rastros. Sin embargo, los avances técnicos mediante la brutalidad que ellos señalaron como progreso dieron vida a los caminos empedrados de la época colonial en la que desfilaban los nativos esclavizados. Al procedimiento milenario de traslado lo bautizaron como fila india y sus ecos se escuchan después de cinco siglos.

En la actualidad, Santander Río, siendo uno de los bancos españoles que acrecentó sus ganancias con la devaluación, inició un periodo de retiros voluntarios. Cuando la patronal abrió camino hacia la oficina de recursos humanos, se detuvo en la puerta y dijo: pasen en fila india.




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Noches contadas





Una noche larga como las anteriores convirtiéndose en testigo de su dificultad para dormir. El silencio fue vencido por la monótona gotera que cae en el baño, los diversos sonidos de los insectos nocturnos que venían desde afuera y las tripas de su hijo que parecían atravesar las paredes de una pieza a la otra. La luna reflejada en el interior de la habitación empujaba a las sombras hasta concentrarse en la periferia.

Días anteriores calmaba su angustia caminando lánguidamente por la casa en la búsqueda desesperada por controlar su respiración. Pero esta vez lo intentaba observando con nostalgia desde su almohada a los muebles y los objetos: la cómoda que heredó, el espejo que manifiesta la pérdida de peso de su mujer, el calendario que marca a oscuras, el reloj que rompió con la idea de olvidase de la hora y el cuadro de su familia colgado en la pared donde escasea la humedad. El recorrido visual de las pertenencias por un lado le provocaba insomnio y por el otro una especie de llanto contenido. Los pensamientos lo acorralaban en un laberinto de cuestiones que no dependen de sí mismo. Parecía encantado, sometido contra su voluntad.

Su estabilidad se desvanecía en noches sin descanso. Cada atardecer le presentaba, como un callejón sin salida, la entrada al infierno de cálculos y falsos razonamientos abstractos. Incluso hasta le preocupaba saber cuántos estarían como él y cuáles serían las consecuencias. ¿Acaso el mundo es así de cruel o es un problema individual?

El día que recordó los proyectos familiares que anhelaba antes de casarse y educar a sus hijos, además de sentirse desgarrado y frustrado, bebió un vaso de licor con un puñado de pastillas que por suerte solo terminó en una intoxicación con vómitos. Momento en que se dio cuenta que el suicidio es un problema para los que quedan.

El sol demoró una eternidad en traspasar la ventana para despejar la oscuridad amenazante. Como era de suponer fue el primero en huir de la cama. Luego se asomaron de a uno en la cocina: su mujer, su hija y por último su hijo. Dejó su porción de desayuno para los pequeños, hizo un saludo general con una sonrisa fingida y como todos los días salió a buscar una changa.




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Absolutamente extraño





Hace tiempo, Rocco, quiere empezar a leer. A primera hora del día, visita la librería.

    Revisa los distintos estantes organizados por géneros. Le cuesta decidir. Un libro cae al piso golpeando ruidosamente. Rocco se agacha para recogerlo y alguien más lo levanta del suelo. El hombre se presenta como Máximo. Mira el ejemplar y le pregunta a Rocco si prefiere las investigaciones. Responde con una mueca y en broma que es posible ya que pretende alcanzar objetivos.

    –Encontré la persona indicada, entonces. Estoy buscando emprendedores para una expedición. Necesito personas curiosas, perspicaces, aventureras y que participen en grupo sin ningún problema.

    Rocco aprecia sin palabras que decir. Añora la necesidad de agregar un nuevo ingrediente que rompa con la rutina o la monotonía de su vida. Irrisorias veces toma decisiones, mucho menos en grupo. Pretende resplandecer lo mejor de su persona incluso en condiciones azarosas. Jamás se compromete en realizar aportes sin rendirse ante la primera dificultad. Sin embargo, teme fallar, ya que las personas en conjuntos se complementan con las destrezas y habilidades de cada una de las mismas.

    Sigue a Máximo, como lo pidió en la biblioteca. Descienden por el ascensor hasta la planta baja del edificio situado en la primera avenida de la ciudad. En dicho espacio se encuentra el estacionamiento. Ingresan disimuladamente a pesar de que solo los propietarios guardan allí sus vehículos. En el contrato está establecido que a cada dueño le pertenece un espacio para un auto y uno para una moto o bicicleta. Nada más se admite allí, mucho menos pensar en realizar cualquier tipo de actividad. Es por eso que está rodeado de carteles de prohibiciones y peligros. También, rara vez se cruzan las personas. No se ve demasiado, está ambientado con algunas lámparas aisladas predominando la escasez de luz, es decir, la oscuridad. Solo los pasos en el estacionamiento resuenan como al vacío. La garita del custodio ilumina más que el estacionamiento en sí.

    Longitudinalmente, las columnas que sostienen el edificio, separan los lugares para estacionar. Al final de las mismas, se halla una escalera con estribos al que les sucede un portón bastante rancio, similar al de los talleres de hace 50 años, que se elevan jalando una cadena que da acción a unas poleas. Observan cada rincón con la linterna de un celular. Máximo, inspirado, hace un monólogo sobre lo que podría haber detrás del portón. Imagina encontrar fenómenos desconocidos, ya que dice haber escuchado cientos de teorías, mitos y leyendas sobre ello. Tal vez simplemente sea una puerta. Rocco refleja grandes dudas. Se siente incapaz de planificar y de abordar con entusiasmo e ímpetu el porvenir. Luego, regresan a la garita.
    
    –El destino será nuestro cuando marquemos el camino. Rocco, somos personas dispuestas a escribir la historia, para dar respuestas a los acontecimientos que ni los más expertos científicos se han planteado. Hoy será el día en que una gran imaginación luche contra las bajas expectativas que depositamos en nosotros mismos.

    Junto a la garita se encuentran algunos casilleros con sus puertas dobladas y algo oxidadas. Máximo abre uno y saca un bolso de mano, una careta de esas que son antigás y que también protegen los ojos, un pequeño machete y una linterna. Rocco ingresa al baño con la intención de acomodarse correctamente la máscara.

    Dentro del baño, Rocco, se encuentra con Tomate, un viejo conocido que ya no está entre los vivos. Su rostro cambia rápidamente. Palpita su corazón la falta oxígeno y se retuerce de nervios. Poco cabe la idea de encontrarse con un muerto. Carece comprensión absoluta sobre lo que sucede. Junto a él, hay un niño que jugando. ¿Qué hace jugando en el baño de ese estacionamiento tan oscuro, cerca de un muerto que habla? En seguida surge otra pregunta, ¿cómo es que se le ocurre ir a una expedición subterránea con Máximo? Rocco, con sus últimas fuerzas, personifica incapacidad para expresarse, se siente desconectado de la realidad; así se muestra en el espejo. Sus pensamientos se inundan con viejos recuerdos y formas de actuar, producto de la reminiscencia.

    Tomate le advierte que no baje. Aparentemente, Máximo, lo manda al muere. Rocco pregunta por qué, y Tomate, luego de una pausa, insiste con que no ingrese al lugar al que lo guían. La situación es por demás de tenebrosa. Ahora afinca totalmente paralizado. Tomate golpea un hombro a Rocco como saludando y se retira del baño. Éste, mareado, se afirma a la bacha para mirarse al espejo y el niño exclama que Tomate le acaba de robar el machete. Revisa su bolso de manos sin observar lo que hay y definitivamente no está. Grita su nombre con todas sus fuerzas mientras corre a buscarlo. La voz del cuidador del estacionamiento lo detiene preguntando qué le pasa. Le explica. Máximo no está en la planta baja. Señala el vigilante que nadie entró a la garita ni al baño, ni salió, además de él.




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Camino meritocrático




Sobre el fiel camino meritocrático de los empalagosos sabores que ha probado, produciendo baba lo encontraron. ¡Cuánta baba chorrea! Despojado de humanidad, se trasluce impune por un camino que al parecer es un castigo para los demás. Su deber es perseguir el éxito. Con una mirada despreciable se hace temer. Un cuño en su inconsciente hace que la acción ante los ojos de los demás se manifieste según su propia voluntad.

    Rápidamente, pensando en su actuación, acortó su recorrido frente al próximo, que estaba delante de él con las mismas expectativas codiciosas. El protagonista envuelto en torpeza, rozó con su cuerpo, a los demás personajes, mientras depositaba pasos cargados de atrevimiento, produciendo más y más baba.

    -¡Se quedan atrás! –revela la idea. La realidad es dar pasos con convicciones para lograr el objetivo, sin separarse del esfuerzo fundado con pertinencia… y posando por sobre la otredad.
***

Se expresaron luces tenues. Música lenta se escuchaba de fondo; en primer plano quedaron algunos pisotones sobre el escenario. La obra está picante. ¡Vale el costo de su entrada! ¿Vale el costo de su entrada? Quizás el asiento del espectador no es el mejor del teatro, pero permite descansar en la idea de que se pueden encontrar peores posiciones. Poca importancia se demuestra al compararla con la destacada escena del espectáculo. Entre columnas y cabezas, se alcanza a ver lo suficiente para comprenderla.
***

–Por acá, paso yo –y su brazo abanicó el ambiente con osadía, evasivamente, despejando de su camino a uno, a dos, a muchos; a los que se interpusieron (no actúan miles). Levantó la vista y el éxito apareció allí, al frente (las luces del escenario se expresaron como flashes). Reflejó un rostro iracundo que hizo evocar noches de insomnios con ánimos de absoluto estrés. Mostró un terrible semblante arruinado por la ambición de pasar actores por arriba.

    Aparecieron otros personajes, discretamente los tantea, apoya la mano derecha sobre el hombro de uno de ellos: palmadas, como las de la función anterior, que parecían nunca acabarse. Se cruzó con otro e hizo exactamente lo mismo. Después, le pisó la rodilla a uno, colocó el otro pie sobre la pantorrilla de otro, mientras se agarró de los hombros de un tercero forzando escalar, se ríe sin apercibir.

    El goce se mezclaba con la ilusión de lograr lo absoluto para elevarse; consolidar el poder le creaba una satisfacción.
***

Los espectadores lo vieron pisando hombros, varias espaldas y distintas partes de cuerpos ajenos, con la intensión de llegar a un destino que en la obra se renovaba creando un bucle. Si el entorno estuvo en manos de los actores, ¿cómo es posible que la escena sea siempre la misma, un tipo trepando de los demás?

    –¡No puede ser! Sigue, y sigue –pensó el espectador; lo vio continuar.



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Todos son iguales frente al telón





Diseñadas para que cuando quieran escapar se bloqueen chocando contra el tope de sus bisagras, las puertas gigantescas de roble macizo, comenzaron a abrirse hacia adentro a la hora del ingreso. Marchaban a paso lento casi arrastrando sus pies; veían fijo el telón, sus rostros no habían cambiado desde la última visita, las arrugas seguían aparentando asuntos prohibidos.
Quienes llegaron minutos más temprano, desde sus asientos miraban con expresión de “estamos demorados por ustedes”. Un bebé no dejaba de llorar y su madre de zamarrearlo, un niño no entendía nada y le tiraba la remera a su mamá que asiste para que su marido deje de pegarle, un codicioso deseaba a la mujer de su prójimo, y en el fondo, junto al telón, sonidos monótonos.
La oscuridad combatía contra las llamas de las velas, que cuelgan de candelabros de oro y cristal, ubicados en el centro del templo y en sus columnas. Apenas se oían los murmullos de los presentes, es en las periferias donde dicen que resuenan los ecos; nadie quería hacer público su chimento. Gente desconocida entraba.
            Todos se pusieron de pie, ¿en señal de respeto? Entre los incómodos bancos de madera, mientras pisaba una costosa alfombra, “el oyente de su llamado” entraba al templo con una vestimenta preciosa con alhajas de oro colgadas. Ciertos fanáticos se ponían el dedo índice siguiendo la línea de la nariz y exigían silencio hacia todas las direcciones. Ansiosos, cerraban los ojos esperando que algo los conduzca hacia la perfección interior. Cada uno juntaba debajo del mentón las manos entrelazadas por los dedos. El oyente llegó al telón y se arrodilló enfrentándolo. Al ponerse de pie, dio media vuelta sintiéndose el representante, y ordenó sentarse.
Los presentes guardaban los comentarios para la salida, prestaban atención atentamente. Los que deseaban a la mujer de su prójimo, identificaron al oyente como miembro de su grupo. Una canastita pasaba de mano en mano y los seres depositaban una contribución económica como un deber que cumplir.
El bebé lloraba con gritos que lo hacían ahogar; estaba rojo e inquieto. Una señora con un talismán colgado en su cuello (tal vez por su fanatismo), desde su asiento, reunió a los demás sin poder aguantarse hasta la salida para hacer un comentario acerca del bebé. Como hace poco nació, algo horrible lo atormentaba en su interior para hacer colapsar la paz del templo; se requiere urgente eliminar al demonio original que trae consigo e introducirlo a santificar las fiestas del templo sin tomar su santo nombre en vano.
            Todos esperaban con los cerebros sobre sus manos. Parecían sostener una bandeja; sobre sus palmas yacían las ofrendas, cuando cerraban los ojos o miraban el cerebro. El oyente arrodillado alzó el suyo… sangre chorreaba; sangre de la alianza nueva y eterna, que fue derramada para salvarlos.
La culpa que atormentaba la salud de los fieles, en fila los hacía marchar con sus ofrendas, uno detrás del otro por la costosa alfombra. Momento en que son iguales frente al telón y limpian su interior. Se detenían cabeza agacha frente al oyente, que les daba unos toques al cerebro, se arrodillaban-ponían de pie y caminaban regreso a su asiento.
¡La paz estaba con ellos!





Foto del Cuento: Rodrigo Burgos

           



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Rodeado de humo





Abre la puerta después de escuchar el sonido que le estableció un horario fijo a su vida; entra cabizbajo: vieja y conocida repetición de todos los días. No suele darse cuenta de los pasos que requiere seguir para comenzar la jornada, los compañeros lo ven haciendo varios movimientos automáticos; realiza prácticas mecánicas, parece el arduo desafío de una ciega locomotora rodando atrapada sobre un carril.
Siente latir sus venas al ritmo del corazón; hace puntas de pies cuando los considera cansados de tanto permanecer parado, tal vez de esa manera estimula a los músculos, o busca comodidad. Lo ven caminando entre las góndolas, algunas veces se arrodilla ante dichas, se sienta en canastita, de frente y de espalda; por más molestia que tenga en la cintura, sigilosamente se agacha, se arriesga a persistir en cuclillas; hay días que los vive atormentándose con la cara de un solo estante. Cuando no quede espacio físico para los costados, hay que mirar hacia arriba: en ocasiones no especiales utiliza una escalera, a cada paso tiembla imaginando quebrarla, por eso prefiere subir y/o bajar sin peso; le permite trepar y pisar los estantes más altos. Circula su vida por los pasillos que forman las góndolas enfrentadas y ni siquiera le entra el cuerpo si manipula una caja o los cajones de los estantes.
Aparece el jefe, por las arrugas del rostro, que son efímeras, recién despierta; trae una nueva lista por cumplir, junto a palabras tiernas, que lo abrazan y lo miman cariñosamente maniatándolo; diálogos manipulan la joya valiosa. Simula darle una moneda a un niño que da media vuelta para comprar golosinas.
            A medida que necesita descansar sus pies, el tiempo pasa lenta y dolorosamente, como un puñal de ansiedad clavado en el pecho, como un puñal de ansiedad caliente clavado en el pecho; quema. Las agujas del reloj giran con menos ganas de lo normal; no hablan, sino dirían que están hartas de la rutina y no con el eje medio trabado, o con algo entre sus engranajes retrasando su velocidad; qué sé yo. Después de ver reiteradamente la aguja del minutero encerrada entre el seis y el siete, cerró sus ojos, produjo estirar la piel de su frente y arrugar su cara, al mismo tiempo que menea la cabeza de lado a lado y se lamenta. Vuelve a mirar tan kamikaze hacia el reloj, le pareció haber visto una nube, tal vez por haber esforzado bruscamente el cierre de sus ojos; no parece un efecto de sus lágrimas, adquiere la imagen de algo particular, conocido. ¿Por qué se aflige preguntándose qué es? Poco duda hasta soltar la búsqueda de la verdad; las góndolas egoístas lo atraparon para su mantención; no debe dejar el trabajo, pensar, o cualquier cosa que desvíe la atención cotidiana: sabias palabras del jefe cuando compra una maquina con la plata que sale de la mano de obra entre las góndolas y piensa que también es dueño del que las mantiene.
            Nuevamente se pregunta por el tiempo, como un pobre tipo que no le queda otra que jugar con cuchillos en el circo, observa a su fiel tortura, el reloj, con desprecio, odiándolo; como si tuviese la culpa absoluta. La nube que flota se convierte en… es por eso que le parece conocida la figura, la imagen adquirida con la poca definición que alcanza su visión. El jefe dice sus palabras alusivas mientras está rodeado de humo. Está confuso, ¿hay quejas? De repente, al seguir los efectos de las ondas que provoca, ve todo el techo cubierto. Se atreve a entender qué está ocurriendo en el ambiente, sabe que busca ir hacia arriba. Atolondrada la nube se mezcla sin permiso con el aire que hay y no vemos, contamina pesadamente el oxigeno, la visión disminuye y poco puede verse a través de las tinieblas. Toma su cuello con sus manos, franelea su pecho, frota su nuca, se siente ahogado, sofocado o encerrado; algunos síntomas aparecieron en el organismo: pesadez en las piernas, retorcijones de panza, principio de pirosis, nervios que hacen llegar la información más rápido a su cerebro traduciéndolo en movimientos torpes e inquietos.
            Cuando lo único que le faltaba era caer de rodillas, lo salvó el mismo sonido horrible que suena todas las mañanas esperando una respuesta; logró abrir la puerta después de una intensa jornada. La contaminación de humo ahora busca extinguirse bajo los rayos del sol que se esconden de la noche, momento en el que disfruta el escaso resto del día con su familia sin esas elegantes palabras del jefe dando vueltas a su alrededor. 




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Estado, situación virózika




Un virus se propaga por el mundo. No es algo tan diminuto como un caño de gas que explota en un edificio dejando a familias en la calle; no es un desastre natural como le llaman a la última inundación que dejó a familias sin hogar; no provoca fallas horrendas en redes eléctricas dejando a familias con pérdidas en la heladera, ni hace que ancianos suban escaleras por falta de ascensor. Se describiría lo evidente el día que se ponga bajo la lupa, o en un microscopio, quizás. La reseña observará escondida, no por mucho tiempo, hasta que aparezca un soborno y vuelva a callar la voz; o tal vez, jamás se conocerá la verdad de la fuente virózika. Mientras tanto viaja impune en el interior de un maletín, dentro de una ampolla envuelta con protección por la fragilidad de su embase, o al azar cuando compran comida chatarra mientras se amontona la gente, o en cualquier objeto globalizado: así comenzó la estrategia.

    El virus es siniestro, capaz de convertir a la gente en muertos. Niños, jóvenes y adultos, en hospitales, sanatorios, centros de salud barriales, curanderos, terapeutas alternativos, etc; hay muchos poderosos llenándose los bolsillos, llenándose de dinero; llenándose, hasta no dejar que entre una última gota dentro de una copa llena (la que solo la minoría mundial goza) ¡Cierto!, aceptan débito automático.

    En la tevé desfilan muertos, los filman en tiempo real todos los noticieros del mundo relatando que no son los únicos en transmitirlo en vivo o repetido. Entretenidos y maravillosos efectos especiales crean una ilusión; muestran una realidad mientras un sujeto representa una foto actual, sentado a la distancia, mirando el noticiero. Algunas víctimas, no están maquilladas, parecen inyectadas en los mismos centros de salud. Los haraganes inmunes y vigorosos de vitamina C, se quejan de lleno o ignoran el asunto. Escriben cuentos con los mismos datos que usan para organizar los programas de la tevé. De boca en boca, también nombran la palabra muertos. Se resume la situación en meros datos de mortalidad, números estadísticos de las distintas edades y sexos. Los excluidos por orientación sexual antagónica, sujetos atentados por el prejuicio social que crean los poderosos, son la primera carnada reproductora de la infección. Números en todas las aristas establecen límites, algo común en el mundo arrasado por el virus. Hasta que pasen algo distinto en la tevé, se seguirá propagando.

    Reunidos algunos parientes de los muertos, concluyen que el virus fue creado en un laboratorio monetariamente desarrollado para ayudar a los pobres a retirarse del mundo. Los poderosos no pueden convivir con las clases sociales más baja, piensan que al simple verlos, dan lastima, asco, miedo, repugnancia, alcanzame otra hoja, bronca, envidia, ¿tené la resma por ahí?; alcanzame otra-por-favor.

    En el laboratorio se dispuso aprovechar del calentamiento global. Para que pueda reproducirse la malicia que equilibra a la sociedad, sacaron un porcentaje total de la temperatura normal de cualquier microclima. Hicieron de la vida social un comercio gracias al virus. El negocio es invertir en la fabricación y/o ventas de máquinas para contar dinero. Los tontos moribundos que son asistidos, acrecientan a la minoría que roba datos de millones de instituciones (son robados para evitar que las posibles defensas frente al virus no actúen antes de lanzar la siguiente versión renovada). Los que tenían un poco más de dinero que los pobres, en vano agregan ceros al monto de sus cajas de ahorros, luego dejan la guita en una ficticia mejor asistencia y farmacias. ¡Qué hay de ti sin una obra social! Mejor agregar otro cero, ¿eso se puede?

    Todo sistema es un conjunto de partes. Una de las partes, precisamente el vaticano, se convirtió en el primer inversor al aliarse con los organizadores de este hermoso evento que bien se conoce al agasajado protagonista. De esta manera, recluta más pobres en su iglesia. A los que sentimentalmente más heridos estén, le fingirán contención. Luego con lo recaudado, cambiarían el picaporte de oro del armario de trapos de pisos que se rayó con el diamante de algún anillo, y rejuvenecerían las expresiones antinaturales y pedófilas, más. Comenzaron a festejar tocándose, practicando sadomasoquismo, escupiendo el pecado en el cuerpo, con un pequeño canto a gritos… ¡Santificar las fiestas! ¡Arriba la copa del vino, la sangre de Cristo, nosotros los hombres, curas! Así sea, amén.

    En esta división, en la tuya, en aquella, la del vecino, la del contacto de video llamada, de fondo en algún almuerzo, media tarde, tarde, tarde noche, noche, alcanzame otra hoja; una vez popular en la tevé, las divisiones del mundo (o países), comenzaron a fomentar el turismo interno. Una decretada alerta mundial impedía que ninguna persona o grupo visite otra división para cuidar que no se propague el virus. Lugares donde estás a salvo de la peste, son asaltados por los pobres que secretamente roban para el laboratorio, ofrecidos a excelentes cuotas.

    En el laboratorio hay un mapa planisferio colgado en la pared con cientos de alfileres clavados representan su conquista. Como protocolo, los miembros se dan la mano cerrando un negocio, se miran riéndose, ya que la próxima vez podrían llegar a ser enemigos, o tal vez se caguen en la cara. Descorcharon para derrochar, la mejor botella de champagne del mundo, sabiendo que a la bodega le interesa solamente el dinero de la marca, el contenido, que es artificial, se lo compran a una empresa subdesarrollada.

    El virus había matado a un gran porcentaje de la población mundial y como solución para los que quedaron, el laboratorio compraría las tierras desheredadas, perdidas, sin habitantes. Motivos suficientes para escuchar el sonido al golpear las copas y decirle a alguna mujerzuela que traiga bocadillos. La camisa no ajusta a la barriga, la barriga todavía no explota a la camisa, se expande junto al virus.



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Pena de vida





Recuerdo aquella tarde cargada de murmullos, estaba en la asamblea. Escuchaba opinar sobre la coronación de la ley pena de vida. Al final, se dispuso que se matará a quien lo consideren dentro de tal ley.
En la comarca, un hábitat tan bueno y religioso, no hablamos de nuestro ser enano individualmente, sino de nosotros. Cuando uno habla del otro, es para poder sentir seguridad de sí mismo, al prejuzgar la comandita de la comarca elite. En las estadísticas se dice que si uno es puesto en tela de juicio en la mayoría de las conversaciones, es rechazado o destacado -principalmente rechazado-; quien vive anónimo, es estúpido, y quienes viven en las periferias, candidatos a la exclusión. La comarca es muy pequeña, de esta manera uno conoce a todos por el simple hecho de estar en tela de juicio en la comandita.
No es fácil vivir en la comarca. A mí me dicen anónimo. Anulan mi opinión debido a su mero fanatismo. La ignoran porque conservan la estructura de quienes son dueños del poder.
Recuerdo tanto esa tarde, me dormía, mis piernas estaban flácidas, y mis párpados estaban tan pesados y lentos como un caracol; el único que pudo salvarme fue el enano cocinero: gritaba eufórico exigiendo pena de vida a los pertenecientes de la periferia que amenacen violentamente. Luego propuso terminar con todos para prever. Me aburrió demasiado la asamblea.
            Me condujo hacia él, un olor exquisito que ingresaba en mi cuerpo hasta hacerme temblar. ¿Adiviná a quién había visto? Si pensaste en el enano cocinero, estas entendiendo este relato (anónimo). Sobre un hongo invertido hervía un amplio conjunto de gotas de rocío. Dos orugas desde abajo del hongo lo frotaban, cuidaban no tirar el caldo, generaban calor por fricción al rozarlo. El enano cocinero con un pequeño tallo sin hojas revolvía lentamente. Los años le indicaron que debe girar hacia ambos lados para lograr consistencia en su sabor; lo último lo inventé, tenemos un enano cocinero, solo sé que no sé nada, diría si fuera anónimo. Me había quedado a observarlo. El aroma espeso y delicioso que flotaba en el ambiente, me hacía evocar algo increíble, que no lo recuerdo ahora. Caminaba algunos pasos bordeando unas piedras que parecían una mesa y sobre ellas, los ingredientes de la sopa que muy feliz hacía, al menos eso parecía: sin presión alguna. Tuve que esconderme detrás de un tronco, tanto giraba bailando mientras con sus manos espolvoreaba la sopa, que podría verme, lograba trescientos sesenta grados. En una bandeja de media cáscara de semilla de girasol, parece que reposaba el bocado secreto. No lo alcanzaba ver, la distancia que nos unía superaba mi visión y aún no conseguí el grano de arena correcto para el marco de mis lentes. Fui espectador, y no por observar que puso en la sopa lo que levantaba del suelo, sino por percibir cómo se acercaba lentamente un enano de la periferia. No sabía qué intenciones tenía el enano, pero si me di cuenta que se escondía del enano cocinero, como yo.
El enano cocinero agitaba sus manos queriendo abrazar el cielo, quizás la danza sea por hobbies, o tal vez para llamar la atención de la comandita: así ganaba reputación en la comarca; tampoco sé sus intenciones, soy anónimo según ese tipo de enano.

Al final, lo vi todo: el enano de la periferia estiraba su brazo por detrás de la piedra que utilizaba de escondite en lugar de mesa como el enano cocinero. Evitaba ser visto. Sin poder sostener la situación, el cocinero se percató de su presencia, empezó a gritar y a pegarle con el tallo sin hojas. Lo que no entendí es quién adquirió la pena de vida y con qué criterios.



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Los primitivos




Aceptadamente, los definían primitivos; apenas rozaban ser individuos rudimentarios. Nada a su alrededor los conformaba. Cualquier sobresalto se establecía efímero y hacía que el deseo desaparezca junto al tiempo; encontrar algo nuevo les generaba sensación de estabilidad; no había pregunta que realizara una ruptura; todos padecían la célebre espera.

    Frente a una multitud, un primitivo había logrado conseguir fuego. Decían que se encontraba aburrido. La realidad es que quería invertir el tiempo en algo productivo, a la sazón, chocaba mientras rozaba dos piedras.

    Aparecieron las primeras chispas que derribaron los límites de la perseverancia. Las siguientes no solo servían de estímulos, señalaban un claro objetivo que seguro iba a superar la meta en sí. Toda la masa de primitivos festejaba. Brincaban con ambas extremidades corporales, de derecha a izquierda, ignoraban mantenerse en pie, e iniciaban su firme caminar cabeza agacha buscando piedras.

    El fuego aportaba al mundo básico una nueva manera de vivir. El primitivo que introducía el fuego conquistando a la multitud, había pasado a ser admirado por el resto. A partir de ese momento la sociedad era encabezaba por un primitivo destacado: bastaba caminar dentro del área de cientos de pasos para encontrar a gente imitándolo. Acaso en la muchedumbre también querían la gloria, o tal vez, solo instruirse. Al cabo, la igualdad que los colocaba en solidaridad grupal, era la concepción de conseguir fuego. La totalidad de individuos rudimentarios practicaban con dos piedras sumergidos en la necesidad de poder vivir la nueva condición.

    Un tiempo después, varios dominaban la técnica y provocaban, al menos, una llama. Los que todavía no tenían acceso singular, intercambiaban frutas que recolectaban por tal elemento de la naturaleza que modelaron artificialmente, el fuego.

    Algunos habían observado que las piedras se gastaban por mero uso. Organizados, se movilizaban acarreando piedras para luego mercantilizarlas. Este sector desconforme, decía que las piedras pesaban más que las frutas, entonces sus miembros pedían más fuego a cambio. Los primitivos recolectores aceptaban porque las frutas maduraban hasta su putrefacción.

    Entre los elementales individuos, estaban quienes a través de oratoria envolvían a otros para trabajar para ellos. Engañaban y se acrecentaban integrando a terceros rudimentarios con el ofrecimiento de una porción del fuego al final del día; además, dominaban a tantos que se apropiaron de las frutas, y de las piedras un tiempo más tarde.

    Aceptadamente, vivían del fuego, para el fuego, por el fuego. No importaba si alguien no podía conseguirlo, puesto que el fuego mantenía el calor de la ambición en estos rudimentarios sujetos. Más se expandía el elemento, más ardiente era la sensación de querer poseerlo: con el único sentido de sentirlo, y encontrarse en el lugar de los que arden en llamas.

    Las piedras del largo camino de los primitivos fueron las que provocaron el fuego tan difícil de extinguir. Consumidos ante éste, cambiaron su nombre. Aceptadamente, se conocen como civilizados.



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Trayecto a la manzana




Trayecto a la manzana es una historia/ejercicio que realicé en junio de 2014. La escribí con la intensión de practicar la construcción de personajes y narrador. La publico en este blog después de tantos años, para que la comparemos con las narraciones que voy realizando y así saquemos nuestras propias conclusiones.

    En ese momento, como cábala, salía a caminar para inspirarme. De esta manera, titulé a la historia como “Trayecto a la manzana”, haciendo alusión a una mezcla entre el recorrido de regreso (trayecto) y la tentación de querer escribir (manzana como símbolo de la tentación de Eva, y espacio urbano).

    No es de los mejores escritos que he plasmado. Incluso la persona que me corregía los cuentos y me ayudaba a mejorar, me pidió que me olvide de la historia y escriba cosas nuevas. Sin embargo, opino que me ayudó a sentar las bases de muchos de los posteriores escritos. 


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