Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Dieciocho meses de soledad




Gabo se encontraba en una época económicamente misérrima. Apenas le alcanzaba el dinero para comer y debía la cuota de alquiler y los impuestos, carecía de un empleo pago pero trabajaba en una obra literaria, la más importante de su vida según su criterio. La billetera estaba tan vacía que al abrirla ni siquiera encontraba su documentación. Por lo que escuché en una entrevista que le hicieron, con su compañera habían llegado a un acuerdo: ella se haría responsable de la supervivencia familiar, mientras él terminaba de escribir su obra. No podían dejar pasar la oportunidad en la que él venía escribiendo como un tren, el trasfondo de varias conversaciones dictaba que debían aprovechar ese impulso.

Mezclar veintiocho letras del alfabeto con dos de sus dedos sobre una computadora es lo que hizo durante los dieciocho meses que estuvo encerrado en su habitación personal. Desde ese momento, cientos de oraciones fueron escritas bajo diferentes circunstancias, menos cuando hacía frío.

El día en que se encontraba escribiendo sobre Rebeca, la hija adoptiva que llegaba al pueblo cargando con los huesos de sus padres, su compañera interrumpió la creatividad, aludiendo haber tocado fondo con las responsabilidades. Después de tanto tiempo, el escritor salía de la habitación, porque la economía de la familia se venía a pique. Como tenían en el garaje un auto en desuso, lo llevaron para vender a un pueblo cercano, creyendo que el dinero les alcanzaría para vivir diez años, pero solo les alcanzó para tres míseros meses.

Él siguió escribiendo, no se detuvo. Plasmaba la historia de los diecisiete hijos que el coronel concibió con diferentes mujeres de encuentros casuales en la época de las guerras. Esta pareja tenía la certeza de que la obra literaria que Gabo escribía encerrado en su habitación, pronto estaría terminada.

Llegando a la sexta generación familiar narrada en el libro, un llamado muy importante había vuelto a interrumpir su creatividad. Ella atendió y misteriosamente tapó el tubo del teléfono. En su semblante podían adivinarse los nervios y con una voz baja pero clara a la vez, le dice:

–¡Es el dueño de la casa! Nos exige el pago de la deuda de tres meses porque corremos el riesgo de quedar en la calle. ¡Tenemos que pagarle pronto! –y confiando en el criterio del escritor, le pregunta: –¿Cuánto te falta para terminar el libro?

–Alrededor de seis meses –responde muy seguro–, decile que le doy mi palabra de honor que en siete meses le saldamos la deuda completa.

Ella le respondió al dueño de la casa que no solo van a seguir debiendo esos tres meses sino que le van a deber seis meses más.

Una vez terminado el libro, fueron a una empresa de correo cercana para enviarlo a la editorial. Cuando pesaron las páginas en la balanza del lugar, quedaron sorprendidos por el inesperado precio del envío: el paquete valía ochenta y tres pesos y solo disponían de cuarenta y pico. Decidieron enviar la primera mitad pero por error enviaron la segunda. ¡Todo mal! A los pocos días, empeñaron el calentador de la habitación (era todo para él ya que le costaba escribir con frío) el secador de pelos de la familia y, aprovechando que sus hijos estaban grandes, también empeñaron la licuadora que usaban para hacerles jugos de frutas. Con la plata que juntaron fueron nuevamente al correo para enviar el resto de la obra. El empleado pesó el nuevo paquete señalando un valor de cuarenta y ocho pesos, ambos se miraron y salieron del correo con dos pesos de vuelto. Ella se puso verde y exclamó:

–¡Espero que la novela no sea mala!



*Originalmente publicado en 2017 en el Volumen 8 - Le'Croupier, Obras Colectivas, editado por Ediciones Croupier.


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