Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

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El tiempo en disputa

 




El siguiente texto es un ensamble realizado durante algunos días previos y posteriores a la Peña Literaria en El Villazo que charlamos sobre la temática "el tiempo".


Aunque no se cuente con evidencias arqueológicas exactas, los historiadores creen que ya en el Paleolítico Superior los primeros humanos contaban y medía el tiempo de forma oral, fijándose sobre todo en los solsticios. Hay muchas cuevas en España y Francia que se usaban mucho y parecen haber sido lugares especiales, casi como santuarios. No lo podemos confirmar al cien por ciento, porque en sus pinturas no aparecen ni el sol ni la luna. Aun así, a mí en particular me da la sensación de que la idea del tiempo y el arte surgieron casi al mismo tiempo. Por otro lado, el ciclo de la luna ya empezaba a ser importante porque ayudaba a prever y defenderse mejor de los ataques de los animales depredadores cuando caía la tarde.

Todo cambió bastante con la llegada del Neolítico, cuando empezaron a practicar la agricultura y la ganadería. Al volverse sedentarios y dejar de moverse de un lado a otro, construyeron grandes monumentos de piedra que se alineaban según las estrellas y los astros. Con el tiempo, al crecer la población asentada, los sumerios inventaron la escritura.

En los pueblos mesopotámicos y sumerios: a través de la escritura desarrollaron calendarios calculando a partir de los astros, observando el paso del sol, la llegada de la noche, la cadena de las horas y los días. Luego en Egipto se profundizó esta observación, vinculando el tiempo con los ciclos de la naturaleza y los movimientos de los cuerpos del cielo, estableciendo así una relación inicial entre lo que percibimos y lo que medimos.

Los griegos aportaron nuevas reflexiones: pensaban el tiempo como algo tangible, y Aristóteles, sobre todo, sostenía que se trataba de algo medible en todos sus aspectos. Uno de los primeros desarrollos del pensamiento sobre este tema consiste en entender al tiempo, ante todo, como un concepto para estructurar nuestras experiencias: un recurso que nos permite fijar metas y darle dirección a lo que hacemos. Pero esta medición no es algo abstracto, siempre está ligada a lo material, a lo que producimos y transformamos.

Federico Engels, en varios de sus textos, especialmente en el origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, explica el excedente de lo producido por las comunidades y quién se las queda. Estas son las bases materiales del tiempo: su significado y su uso siempre tienen una relación directa entre lo que observamos, lo que creamos y lo que realizamos. No existe un tiempo separado de la actividad humana y de la materia que transformamos.

También podemos analizar el concepto desde distintas ramas del pensamiento. Sin embargo, si no lo abordamos desde una perspectiva material, corremos el riesgo de quedarnos en ideas vacías, sin capacidad de transformar la realidad. Acá es donde entra el arte y la literatura: se convierten en una vía para salir de ese círculo sisifoso donde el tiempo se reduce solo a lo que dedicamos a la producción o al control de la materia en función del capital. Aunque paradójicamente también creamos para vender por la propia organización del sistema y la subsistencia. Pero nos permiten entender que el tiempo como creación también es encuentro y sentido compartido.

Si logramos controlar la materia de forma colectiva, si organizamos la producción para satisfacer las necesidades de todos y no de unos pocos, tendremos más tiempo libre. Y si todas las personas tenemos las mismas oportunidades para disfrutar del tiempo y por su consecuencia del arte y la literatura, su significado cambia profundamente: deja de ser una carga o una moneda de cambio para convertirse en un espacio de desarrollo. Como decía antes, el tiempo puede parecer algo todopoderoso que nos atrapa, nos acorrala hasta rompernos de ansiedad pero con esto no quiero justificar que se nos explote o que se nos quite su uso libre. Como vimos desde sus orígenes, el tiempo es una unidad de medida, por eso nos interpela para pensarnos: tenemos la capacidad de darle una dirección distinta, de decidir qué hacer con él, qué y para quién.

Creo que si desarrollamos esta idea y la abordamos con otra perspectiva, lograremos desarmar esa lógica que organiza la materia y el tiempo solo para los ricos. Le daremos al tiempo un sentido colectivo, donde su valor esté ligado a la cultura y al crecimiento común. En este proceso, el arte, la literatura y todas las expresiones culturales acompañarán y enriquecerán cada paso que demos, porque son justamente las formas en que el tiempo se hace memoria y se proyecta hacia el futuro. Se convierte en un termómetro social y nos permite imaginar qué sociedad queremos alcanzar.

Tenemos ejemplos concretos de esto, muy cercanos y profundos. Acá les va uno. Esta mañana nos enteramos de una noticia que conmovió a la cultura nacional y mucho más allá: Carlos Alberto Solari dejó su estado material, su presencia física entre nosotros. A partir de esto podemos pensar lo que nos une y venimos reflexionando. Trotsky entiende la cultura como “un sistema desarrollado e internamente coherente de conocimientos y de habilidades en todos los ámbitos de la creación material y espiritual”. Y eso es exactamente lo que nos deja Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y lo que representa la obra del Indio, de Skay, la Negra Poli, Rocambole y toda la sucesión y sucursales que llegan hasta el Gordo Tramposo de Villa Constitución.

Su creación tuvo una base material: canciones, discos, recitales, letras, objetos que se hicieron parte de la vida de las personas. Pero esa creación material nos abrazó espiritualmente, nos permitió reconocernos en el otro, crear amistades, hacer rutas, darle sentido a cada momento compartido. Se desarrolló a lo largo de distintas generaciones, en distintos tiempos y en distintas etapas de la historia de nuestro país. Y este es el tiempo que no podemos medir con relojes ni calendarios: es el tiempo que se instala en el inconsciente colectivo que se vuelve parte de lo que somos. Una esencia. Cultura, del sentido etimológico del término, de ese campo cultivado y cosechado.

En cada entrevista, en cada palabra dicha por su despedida, resalta esta unión entre materia y tiempo, entre creación y memoria. Carlos nos habló al oído a cada generación, nos sacó de los rincones donde el poder nos quiere encerrar, donde nos “revientan” la vida embriagados en trabajos de mierdas. Las movilizaciones espontáneas que llenaron de vida cientos de calles y lugares simbólicos como la Plaza de Mayo, el Monumento a la Bandera, La Comuna de Italia 129 y mañana en las Dos Manos, las banderas con pintura fresca, los colectivos llenos hasta el tope, las previas con amigos y amigas, la reproducción en loop y en masa de sus canciones, todo eso sucedió en un tiempo que no se calcula en horas, sino en fuerza colectiva y tangible. La independencia artística que construyó se consolidó en un movimiento de identidad compartida: su obra transformó la materia en cultura, y el tiempo que él vivió y creó se convirtió en un legado que nos pertenece a todos, que seguirá vivo hasta la última misa ricotera y que nos demuestra que sí podemos dirigir el tiempo para el desarrollo de lo que nos hace humanos. Para que el día de mañana sean nuestros días más felices, mirándonos a los ojos y como el pogo más grande del mundo hacer que el tiempo crezca como un infierno encantador.

El tiempo no es un dato natural ni algo fijo, sino que se crea y se organiza según cómo nos estructuramos para producir y vivir en sociedad. Su uso y su sentido cambian según quiénes decidan a qué se destina, y hoy está anclado a la lógica del capital, pero puede ser redefinido. Si la producción se orientara a satisfacer las necesidades de la mayoría y no solo a acumular riquezas para unos pocos, se generaría tiempo libre para toda la población. Ese tiempo dejaría de ser una carga o un recurso a explotar y se convertiría en un espacio para desarrollarnos, aprender y compartir. Cuando tenemos oportunidades para la creación artística, estas dejan de ser un bien de lujo o una mercancía para convertirse en expresión: así es como el tiempo se transforma. Desde sus orígenes, el tiempo demuestra que podemos cambiar su uso, y el ejemplo concreto que dejo como legado prueba que el tiempo y el arte pueden ser un bien común que enriquezca a la sociedad.



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El Gringo Brauer por Selva Almada




Uno de los protagonistas destacados de la novela El viento que arrasa es el Gringo Brauer. Es un mecánico de unos 50 años, alto, de cuerpo fibroso y con un bigote colorado en forma de herradura. Esto último es característico: viene de los militares antiguos de la primera Guerra Mundial, de los pistoleros en las películas de vaqueros; un bigote que le da un aspecto robusto y masculino. Además se destaca por el color de sus vellos colorados, tupido, y que al mezclarlo con su personalidad lógicamente da origen a su apodo “Gringo”.

Brauer vive en el Chaco, en una construcción precaria que funciona como estación de servicio, taller mecánico, desarmadero, cementerio de chatarra y vivienda. Convive con su ayudante Tapioca, quien será el eje de su trama y del conflicto principal en la novela. Este ensayo tratará de acercarse a la derrota que sufre el Gringo, una derrota que no es física ni de voluntad, sino una resignación agridulce frente a la inevitabilidad del cambio y la autonomía del chico.

El Gringo recibe al Reverendo Pearson y a su hija Leni cuando rompen el auto en la ruta. Les ofrece hospitalidad mientras les advierte que deben esperar a que enfríe el motor para revisarlo. Desde el principio, Selva Almada nos muestra un personaje pragmático y conductual. Luego incorpora su escepticismo ante la insistencia del Reverendo con Dios como palabra y ayuda. Brauer siempre responde con indiferencia, ofreciendo soluciones terrenales, como servir un trago o algo de comer para callarlo.

Desde la primera escena se presenta a su ayudante Tapioca. Como el Reverendo se interesa y curiosea sobre el joven, el Gringo lo protege pidiéndole que lo ayude en el taller. Tapioca tiene una relación con Brauer desde hace mucho tiempo.

Cuando comparten el almuerzo entre cervezas, le revela al Reverendo que llevan diez años viviendo en ese lugar. Explica que lo recibió cuando la madre del niño lo abandonó a los ocho años, alegando que era hijo de Brauer.

Desde entonces adoptó el rol de padre, quizás por dos razones: por decencia y por el mismo pragmatismo. Decidió no mandarlo a la escuela, dejando que solo aprenda lo básico, pero sí le enseñó sobre la naturaleza y un oficio, cuestiones fundamentales para ser una “buena persona”. Cree que el monte es donde está escrita toda la sabiduría necesaria. De esta manera, él defiende su crianza ante el Reverendo, afirmando que es un “chango bueno” y que no necesita de la religión, ya que sabe que la diferencia entre el bien y el mal es a través de la observación de la naturaleza. Un ejemplo es cuando explica científicamente que la luz mala del monte no era un fantasma, sino gases de materia orgánica en descomposición. Son elementos conductuales que nos posicionan sobre su racionalismo.

Mientras repara el auto, Brauer observa la creciente insistencia del Reverendo por “salvar” el alma de Tapioca. Lo considera un charlatán que usa las palabras para manipular y frente a esto se refugia en el trabajo físico para evitar los discursos. Plantea que la religión es cosa de “mujeres y débiles”, y una forma de evitar responsabilidades, mostrando una tipo de masculinidad que dan relevancia a sus características. Es acá donde recuerda con nostalgia su juventud, cuando era un “Hércules” capaz de tirar un tractor con cadenas. En este punto, Selva Almada nos muestra el conflicto ideológico y el recuerdo como material de resolución: la violencia. Él vivió violencia cruda en su juventud, como presenciar un asesinato en una fonda que fue olvidado en minutos mientras seguían tomando alcohol.

Brauer tiene una relación constante con el consumo, ofrece cervezas, gaseosas y mantiene la heladera llena con los cajones que llegan semanalmente —frente al muerto sigamos bebiendo—. Esta situación, que lo pone en tensión con su pasado, impacta al confrontar directamente al Reverendo cuando este sugiere llevarse a Tapioca a Castelli. Brauer da el primer aviso planteando que no le meta pavadas en la cabeza al chico.

Sin embargo, esto no fue suficiente. Al caer la tarde estalla una tormenta feroz. Aunque logra arreglar el auto, la tensión acumulada explota bajo la lluvia tras varias cervezas. Cuando Pearson insiste en que el chico tiene un destino con Cristo, Brauer lo termina empujando, provocando una pelea en el barro.

La tormenta actúa como una metáfora del conflicto interno y externo del Gringo. Para el Reverendo, actúa como el crecimiento de la semilla que plantó: como el Dr. Frankenstein creando vida en la tormenta. En este caso, Tapioca decide su destino en ese barro —materia creadora de la humanidad como la que utiliza en la mitología griega Prometeo, la tradición judeocristiana, mesoamericanas, y varios etcéteras— y bajo la violencia como “madre de las parteras”, como diría Marx.

Durante la pelea Brauer siente desprecio por la forma “femenina” de pelear del Reverendo, pero a su vez reconoce su propia debilidad física al sufrir un ataque de tos en medio del combate. Pearson comprende entonces dos cosas fundamentales: que el último recurso del mecánico es la violencia —y por eso se prepara tomando alcohol para pelear— y que la salud de Brauer está demasiado complicada.

La conciencia de su propia decadencia física influye en cómo lo ve Tapioca. El Gringo, un hombre que creció escuchando a su padre decir que “la sangre busca sangre”, siente que muere en el intento. Su padre decía que era inútil criar hijos ajenos porque se irían, lo que justificó su propia decisión de no tener hijos para “no tener problemas”. Y aunque crió a Tapioca con un afecto que se manifiesta en rituales como tomar mates, Brauer nunca intentó “poseerlo”, como sí lo aspira el Reverendo. En los desmontes y las cosechas aprendió que cada uno es dueño de su destino y eso es lo que rige su relación.

Al terminar la pelea Tapioca dice con firmeza que se va a Castelli. A diferencia de su reacción anterior, Brauer simplemente hace un gesto de aceptación, lo ayuda a despedirse y le da un empujón final para que suba al auto. Entiende que el chico ya es un hombre y tiene derecho a elegir su propio camino, tal como él lo hizo a su edad. Siente que no puede interponerse más en el curso de las cosas.

El final es soledad. Se queda solo frente a su taller. Sus pensamientos finales son sobre el trabajo que le queda, sus futuras borracheras y eventualmente su muerte como un destino sin quejas. Aquel joven Hércules quedó de rodillas de viejo frente a sus pulmones podridos.

La pregunta “¿Dónde está Cristo ahora que no viene a salvarme?” durante las piñas no es más que una señal de frustración y la caída de sus propias defensas. La derrota del Gringo no es una pérdida total sino la aceptación de la independencia de Tapioca, una consecuencia directa de los valores que él mismo inculcó. Esto me lleva a pensar que paradójicamente también logró una victoria: formó a un “hombre de bien” a su manera y capaz de elegir su propio camino.

La soledad no es amargura para él aunque a los lectores les desprenda lágrimas; es una profunda comprensión del ciclo de la vida.


Gracias Selva Almada por tremendo personaje.


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El alter ego en el cuento “El hombre «no cultural»”



El cuento “El hombre «no cultural»” de Juan José Saer expone la complejidad de la herencia y la identidad a través de la figura del alter ego. Mediante la carta que el narrador, Tomatis, envía a su amigo el Matemático, se articula una profunda identificación con su tío Carlos. El tío no solo le legó una fortuna, sino que Tomatis adoptó un alter ego psicológicamente similar, compartiendo su comportamiento y su particular filosofía de vida. Este recurso literario es utilizado por Saer, según mi análisis, para desarrollar la idea central de que las herencias no son únicamente materiales, sino que también se manifiestan como un traspaso de identidad.

La carta es un medio de comunicación escrita, un mensaje transmitido por una persona o un conjunto de personas. Este formato existe desde la antigüedad con el propósito de enviar información, noticias, saludos, e intercambiar ideas o polémicas. Dada su riqueza histórica, es considerada con el tiempo una forma de arte y un género literario. En este caso, nos centraremos en la que le escribe a su amigo, el Matemático, quien vive en Estocolmo. Esta se da luego de que los militares asesinaran a su esposa y lo buscaran a él con el mismo fin durante la época de la dictadura, obligándolo a irse del país.

El protagonista comienza su carta planteando que, desde hace varios años, pudo dejar el diario y vivir sin trabajar. Esto es gracias a la herencia de su tío Carlos, el único hermano de su madre, quien era viudo y no tenía hijos. Carlos, un farmacéutico que había amasado una pequeña fortuna, le dejó casas y dólares. Antes de jubilarse, su farmacia era atendida por empleadas, mientras su esposa, Amalia, se encargaba de la caja y los negocios. Por lo tanto, el tío Carlos ya había pasado sus últimos años viviendo sin trabajar, tal como Tomatis nos introduce al inicio. Sin embargo, el narrador revela rápidamente que la herencia más significativa son “ciertas rarezas de comportamiento”, incluyendo el hecho de que se llama igual que su tío y que ambos comparten el hábito de leer en el fondo del patio.

El núcleo de esta identidad compartida reside en el proyecto filosófico inconcluso del tío Carlos: «la exploración interna en busca del hombre no cultural». Tomatis, el único que lo tomaba en serio, describe la actividad como un trabajo de arqueólogo o geólogo, comparando al hombre con el planeta tierra constituido por cuatro niveles, siendo una ocurrente metáfora del inconsciente, que para él, puede revelarse mediante el estudio de una “sismología” interna. La búsqueda práctica de este eslabón perdido se ejecutaba a través de un método: el tío Carlos se sentaba inmóvil en una “perezosa de madera blanca” en el fondo del patio, olvidándose de su “envoltura mortal” para “pasear a un doble infinitamente pequeño de sí mismo por las cavernas interiores” (otra forma en la que se expresa el alter ego).

Es fundamental entender la definición de alter ego, cuya etimología del latín significa «otro yo»: un yo alternativo que puede distinguirse de la personalidad original. Aunque, también se refiere a un personaje que, mediante sutiles similitudes psicológicas, se percibe como la representación intencional del propio autor.

En el caso de Tomatis, estos aspectos se hacen evidentes, y no solo por llamarse igual que su tío. Por un lado, se convierte en el redactor del “Manual de espeleología interna”, usando la carta como el medio para ese opúsculo que Carlos nunca llegó a escribir. Por otro lado, ambos comparten formas de comportamiento que él mismo define como rarezas, como leer en el fondo del patio, sus temas recurrentes filosóficos, el único que puede entenderlo, y la comodidad de vivir sin trabajar. Por último, un detalle que para mí es importante, es la marcada similitud en cuanto a la indiferencia. Ante los problemas profundos que atraviesa el Matemático que tuvo que exiliarse, le cuenta que vive de una herencia y, al igual que su tío, “ni opinaba, ni aconsejaba”. Solo “se limitaba a proferir, como para sí mismo, la explicación de cada hecho y la solución de cada problema y, desinteresándose por completo de lo que podía pensar su interlocutor”. Y esto, lo hace sobre sus propios temas, que era de lo que verdaderamente le interesaba.

Esta fuerte conexión solidifica al tío Carlos como el alter ego Tomatis, perpetuando su filosofía de vida y su peculiar distancia con el mundo.

Saer utiliza la figura para el narrador de la carta. La herencia material proporciona el ocio necesario, pero la herencia de identidad, “la búsqueda del hombre no cultural, sus variados temas filosóficos, sus hábitos de lectura, la adopción de una postura distante”, es el verdadero legado. De este modo, “El hombre «no cultural»” demuestra que el doble, más que una extensión o proyección, es una forma de vida; un hallazgo que mi lectura me da a entender sobre el camino que el narrador está dispuesto seguir, para dar continuidad a la identidad de su antecesor familiar.


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Los escritores, la genialidad y el mercado en el arte





Aquellos que escribimos solemos preguntamos para qué lo hacemos. Un aspecto del psicoanálisis, sugiere que la escritura es un proceso de creación artística en el que volcamos efectos psicológicos, y que el placer estético (agrego: y político) pertenece a la subjetividad del autor. Demás está decir que esos efectos son parte de la relación con los procesos sociales y culturales. Entre las posibles respuestas, bajo este sistema en el que vivimos —donde las letras y la literatura no alcanzan al conjunto de la población— muchos escritores y escritoras damos vuelta sobre la inquietud si es posible generar ganancias escribiendo.

Agregando a lo anterior, recuerdo haber escuchado en el podcast de Javier Peña, Grandes Infelices, que Roberto Bolaño destacó alguna vez la diferencia entre “escritor” y “escribiente”. Para el autor chileno, un escritor “es alguien que comprende la complejidad y la fragilidad del trabajo, mientras que el escribiente podría ser alguien que simplemente escribe sin la profundidad de su labor”. Al margen de la arrogancia y pedantería que expresa Bolaño —quizás por la frustración de no alcanzar la fama en vida— es una concepción que sirve para pensar nuestro tema.

César Aira, en su ensayo Dalí del libro Evasión y otros ensayos, se pregunta: ¿cómo es posible decir en autoproclamación “soy un genio”? Desarrolla esta idea de manera filosófica y laberíntica, en un texto que me dejó pensando. Habla de la genialidad como estrategia artística, explorando la tensión entre pensar y decir “soy un genio”, donde Dalí “privatiza el consenso” autootorgándose la consagración como artista genio. Da gusto leerlo.

Dalí no conoció las redes sociales. Dalí no conoció el actual desarrollo del marketing y la publicidad. Por lo tanto, en reflexión con el texto de Aira, podríamos considerarlo un pionero entre el arte, la influencia y el saber venderse.

Se dice que el artista tiene que saber venderse, especialmente si pretende vivir de su trabajo creativo. Esta situación está ligada al sistema capitalista que nos empuja a competir, a invertir, y en el caso de muchos escritores y escritoras, a llegar a las grandes corporaciones editoriales para poder destacar entre esa porción de público mencionada antes. Muchos quedan excluidos, primero por falta de recursos, y segundo, por falta de talento.

Aira duda que el método de Dalí pueda atribuirse a arrogancia, egolatría o búsqueda de reconocimiento. Más bien plantea que “soy un genio” es el eje que estructura su obra, lo que hizo y dejó. Fundamenta que hay una diferencia entre pensarlo y decirlo, ya que al enunciarlo se desprende un valor y un significado particular. Lo desarrolla analizando tanto la frase en sí como la posición del emisor que la pronuncia.

Esta frase, explica, se pone en discusión por parte del interlocutor, quien podría refutar si alguien es o no es un genio. Se abren así lógicas discursivas, razones, estatus de acción, etc. Porque la declaración encierra una contradicción en el peso entre los conceptos de yo y genio: “Si soy yo no puedo ser un genio, y si es un genio, no puedo ser yo”.

Ahora bien… ¿Quién decide quién es genio? Para Aira, en el campo popular se abren dos extremos: por un lado, el genio como talento supremo que forma parte de una elite (como lo entendía Dalí); y por otro, la doxa popular que acepta la genialidad aunque no conozcamos sus fundamentos (como cuando coincidimos en que Einstein es genio). En este segundo extremo es donde Dalí realiza su operación: se instala entre medios de comunicación y rumores, apropiándose —privatizando— un concepto que es social.

El ensayo desmenuza profundamente la estructura de esta declaración daliniana. Lejos de centrarse en su arrogancia, plantea un texto filosófico para reflexionar sobre el arte, el oficio y la exposición pública. Al explorar la construcción del genio como figura social, "el paso de la primera a la tercera persona", y la condición de genio (como la de criminal u otras “anormalías”), muestra cómo todos estos conceptos terminan atados a la tercera persona y a un consenso social. Es decir, es político y se conforman por la opinión de un sector de la población.

Dalí fue un gran promotor de su arte, de sus trabajos, y participó activamente en discusiones de vanguardias artísticas y políticas de su tiempo. Sí toda la articulación lingüística y discursiva que le da César Aira a una frase, nos invita a reflexionar sobre la talla del genio en la estructuración de sus propios trabajos, nos falta definir el para qué. Es por eso que creo que falta escribir más sobre el desarrollo del mercado del arte en su trayectoria que no es parte del ensayo pero está ligado. En la reivindicación de su marca artesanal, Dalí se propone como un ser aparte, lo que Aira describe como “el ventrílocuo autor”, y puedo llegar a la conclusión que es para venderse. Este aspecto, para mí, habría que explorarlo. ¿Saben por qué? Porque la pregunta que me quedó picando es: ¿el arte hoy apremia el talento o la capacidad de hacerse visible? El narcisismo de Dalí tiene una respuesta para darnos.



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