Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

El Gringo Brauer por Selva Almada




Uno de los protagonistas destacados de la novela El viento que arrasa es el Gringo Brauer. Es un mecánico de unos 50 años, alto, de cuerpo fibroso y con un bigote colorado en forma de herradura. Esto último es característico: viene de los militares antiguos de la primera Guerra Mundial, de los pistoleros en las películas de vaqueros; un bigote que le da un aspecto robusto y masculino. Además se destaca por el color de sus vellos colorados, tupido, y que al mezclarlo con su personalidad lógicamente da origen a su apodo “Gringo”.

Brauer vive en el Chaco, en una construcción precaria que funciona como estación de servicio, taller mecánico, desarmadero, cementerio de chatarra y vivienda. Convive con su ayudante Tapioca, quien será el eje de su trama y del conflicto principal en la novela. Este ensayo tratará de acercarse a la derrota que sufre el Gringo, una derrota que no es física ni de voluntad, sino una resignación agridulce frente a la inevitabilidad del cambio y la autonomía del chico.

El Gringo recibe al Reverendo Pearson y a su hija Leni cuando rompen el auto en la ruta. Les ofrece hospitalidad mientras les advierte que deben esperar a que enfríe el motor para revisarlo. Desde el principio, Selva Almada nos muestra un personaje pragmático y conductual. Luego incorpora su escepticismo ante la insistencia del Reverendo con Dios como palabra y ayuda. Brauer siempre responde con indiferencia, ofreciendo soluciones terrenales, como servir un trago o algo de comer para callarlo.

Desde la primera escena se presenta a su ayudante Tapioca. Como el Reverendo se interesa y curiosea sobre el joven, el Gringo lo protege pidiéndole que lo ayude en el taller. Tapioca tiene una relación con Brauer desde hace mucho tiempo.

Cuando comparten el almuerzo entre cervezas, le revela al Reverendo que llevan diez años viviendo en ese lugar. Explica que lo recibió cuando la madre del niño lo abandonó a los ocho años, alegando que era hijo de Brauer.

Desde entonces adoptó el rol de padre, quizás por dos razones: por decencia y por el mismo pragmatismo. Decidió no mandarlo a la escuela, dejando que solo aprenda lo básico, pero sí le enseñó sobre la naturaleza y un oficio, cuestiones fundamentales para ser una “buena persona”. Cree que el monte es donde está escrita toda la sabiduría necesaria. De esta manera, él defiende su crianza ante el Reverendo, afirmando que es un “chango bueno” y que no necesita de la religión, ya que sabe que la diferencia entre el bien y el mal es a través de la observación de la naturaleza. Un ejemplo es cuando explica científicamente que la luz mala del monte no era un fantasma, sino gases de materia orgánica en descomposición. Son elementos conductuales que nos posicionan sobre su racionalismo.

Mientras repara el auto, Brauer observa la creciente insistencia del Reverendo por “salvar” el alma de Tapioca. Lo considera un charlatán que usa las palabras para manipular y frente a esto se refugia en el trabajo físico para evitar los discursos. Plantea que la religión es cosa de “mujeres y débiles”, y una forma de evitar responsabilidades, mostrando una tipo de masculinidad que dan relevancia a sus características. Es acá donde recuerda con nostalgia su juventud, cuando era un “Hércules” capaz de tirar un tractor con cadenas. En este punto, Selva Almada nos muestra el conflicto ideológico y el recuerdo como material de resolución: la violencia. Él vivió violencia cruda en su juventud, como presenciar un asesinato en una fonda que fue olvidado en minutos mientras seguían tomando alcohol.

Brauer tiene una relación constante con el consumo, ofrece cervezas, gaseosas y mantiene la heladera llena con los cajones que llegan semanalmente —frente al muerto sigamos bebiendo—. Esta situación, que lo pone en tensión con su pasado, impacta al confrontar directamente al Reverendo cuando este sugiere llevarse a Tapioca a Castelli. Brauer da el primer aviso planteando que no le meta pavadas en la cabeza al chico.

Sin embargo, esto no fue suficiente. Al caer la tarde estalla una tormenta feroz. Aunque logra arreglar el auto, la tensión acumulada explota bajo la lluvia tras varias cervezas. Cuando Pearson insiste en que el chico tiene un destino con Cristo, Brauer lo termina empujando, provocando una pelea en el barro.

La tormenta actúa como una metáfora del conflicto interno y externo del Gringo. Para el Reverendo, actúa como el crecimiento de la semilla que plantó: como el Dr. Frankenstein creando vida en la tormenta. En este caso, Tapioca decide su destino en ese barro —materia creadora de la humanidad como la que utiliza en la mitología griega Prometeo, la tradición judeocristiana, mesoamericanas, y varios etcéteras— y bajo la violencia como “madre de las parteras”, como diría Marx.

Durante la pelea Brauer siente desprecio por la forma “femenina” de pelear del Reverendo, pero a su vez reconoce su propia debilidad física al sufrir un ataque de tos en medio del combate. Pearson comprende entonces dos cosas fundamentales: que el último recurso del mecánico es la violencia —y por eso se prepara tomando alcohol para pelear— y que la salud de Brauer está demasiado complicada.

La conciencia de su propia decadencia física influye en cómo lo ve Tapioca. El Gringo, un hombre que creció escuchando a su padre decir que “la sangre busca sangre”, siente que muere en el intento. Su padre decía que era inútil criar hijos ajenos porque se irían, lo que justificó su propia decisión de no tener hijos para “no tener problemas”. Y aunque crió a Tapioca con un afecto que se manifiesta en rituales como tomar mates, Brauer nunca intentó “poseerlo”, como sí lo aspira el Reverendo. En los desmontes y las cosechas aprendió que cada uno es dueño de su destino y eso es lo que rige su relación.

Al terminar la pelea Tapioca dice con firmeza que se va a Castelli. A diferencia de su reacción anterior, Brauer simplemente hace un gesto de aceptación, lo ayuda a despedirse y le da un empujón final para que suba al auto. Entiende que el chico ya es un hombre y tiene derecho a elegir su propio camino, tal como él lo hizo a su edad. Siente que no puede interponerse más en el curso de las cosas.

El final es soledad. Se queda solo frente a su taller. Sus pensamientos finales son sobre el trabajo que le queda, sus futuras borracheras y eventualmente su muerte como un destino sin quejas. Aquel joven Hércules quedó de rodillas de viejo frente a sus pulmones podridos.

La pregunta “¿Dónde está Cristo ahora que no viene a salvarme?” durante las piñas no es más que una señal de frustración y la caída de sus propias defensas. La derrota del Gringo no es una pérdida total sino la aceptación de la independencia de Tapioca, una consecuencia directa de los valores que él mismo inculcó. Esto me lleva a pensar que paradójicamente también logró una victoria: formó a un “hombre de bien” a su manera y capaz de elegir su propio camino.

La soledad no es amargura para él aunque a los lectores les desprenda lágrimas; es una profunda comprensión del ciclo de la vida.


Gracias Selva Almada por tremendo personaje.


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