Este ensayo propone un recorrido por La paciencia del agua sobre cada piedra, de Alejandra Kamiya, influenciado por sus cuentos que construyen una reflexión silenciosa sobre la concepción de la muerte.
La sinopsis del libro cierra con estas palabras: “Alejandra Kamiya, artífice de una de las estéticas más potentes de la literatura argentina contemporánea, construye una colección de relatos que indagan sobre el vínculo entre lo animal y lo humano, entre lo cotidiano y lo onírico, entre lo dicho y lo sugerido. Y es precisamente en esos intersticios donde su estilo explota, pero no pomposamente, sino con la modestia certera de la gota de agua que va horadando toda superficie, sobre todo las de papel”. Hasta en la sinopsis, sea escrita por la autora o por la industria editorial, es complejo expresar con palabras los límites del lenguaje sobre lo que Kamiya propone. Hay conceptos claros en su indagación, pero dar cuenta de esos intersticios requiere más que paciencia: exige un modo de habitar y reflexionar, sobre todo con otros.
Será difícil ponernos de acuerdo sobre qué trata de dejarnos Kamiya, porque, al ser cuentos, se multiplican las formas de analizarlo o interpretarlo. Únicamente podemos coincidir en que no es una lectura contemplativa, aunque su lenguaje poético, sus analogías y metáforas puedan enriquecer una tarde de lectura. En este caso, se tratará de reflejar una unidad, un libro entendido desde un recorrido transversal. En primer lugar, el título remite al tiempo, la “paciencia”, pero también a otras dimensiones que vislumbraremos hacia el final. La unidad, para mí, se da de manera transversal en las distintas temáticas sobre la concepción (marco teórico) de la muerte. Kamiya juega con una mirada de la cultura occidental y cierra con reflexiones más orientales. Haré un repaso con impresiones, más que un desarrollo de los cuentos en sí. Dejaré que ustedes, como lectores, elaboren sus conclusiones; la mía trataré de expresarla en este ensayo.
El primer cuento abre la mirada occidental con “Sola”. Gran apertura de Kamiya, que expresa la omnipresencia de la ausencia —“Toda la oscuridad en el mundo cabe en una habitación pequeña”: la oscuridad como “ausencia de luz”— y el vacío absoluto de la ciudad. La muerte aparece en los objetos que perdieron sus nombres y en escaleras que pierden su sentido. Eva enfrenta la soledad urbana contemporánea: edificios, ascensores, avenidas vacías. Refleja una angustia existencial del individualismo moderno frente a la urbe.
Continuamos con “El Mono”, que actúa como un híbrido preparatorio de lo que Kamiya quiere introducir: entre la “destrucción” —noche— y la “reparación” —día—. De hecho, define el miedo extremo como el acto de “ver la muerte, pero sin poder ponerle nombre”. Otra vez la muerte se vincula con la pérdida de la identidad y del lenguaje frente al caos de la oscuridad nocturna.
En “La pregunta de Rawson”, la muerte es el tema central de la conversación entre los perros, quienes la definen como el fin de la repetición. Se expresa a través de la vejez de Oso y su posterior ausencia; el perro encuentra, en el cese de sus movimientos, la “solución” a eso que lo encerraba.
“La Garza” se propone como un punto límite de lo que vengo comentando sobre el occidentalismo. En una estancia argentina, con personajes rurales, Augusto representa la frustración del intelectual que intenta captar la belleza a través de las palabras. La muerte aparece como una noticia que Leiva recibe del médico. Se manifiesta físicamente con Augusto, quien mata a la garza de un disparo, tiñendo el agua de rojo: la garza se hunde “suave, siempre suave”, representando la destrucción de la belleza pura.
“El Baño”, que parece descolgado del libro por su cuestión metafísica y, quizás, más fantástica, actúa como un portal entre la soledad y la muerte. Es un espacio íntimo. Es el punto de “no retorno”. “El baño es el único lugar al que se va solo, siempre solo. «Como a todo», pensó”: de la misma forma nos vamos a la muerte, solos. Este cuento queda abierto para seguir analizando lo que planteo, porque hay más elementos: las “decisiones” tanto de Martín como de Pola, el “cambio de realidad”, el “espejismo”, etc. Para otro día.
Ahora sí, estamos llegando al final, no solo del libro, sino también de este texto. Espero hayan entrenado esa “paciencia”. Porque luego de haber atravesado el portal, nos introducimos en la mirada de la cultura oriental de Kamiya, empezando con el cuento “Herencia”, donde la muerte es descrita como un “espacio sin dueño” que debe ser recorrido entre la vida y el final. Se manifiesta en la pérdida del motor vital de Jáuregui tras fallecer su enemigo Leiva: al morir la contraparte del odio, la vida pierde su simetría y el protagonista “se deja morir”. Aunque el escenario es profundamente pampeano y la resolución del conflicto se da mediante el fuego —como Heráclito (occidental griego) que nos enseñó que el fuego es transformación—, acá se presenta como una “ruptura” del legado familiar.
Pasamos por “Lugares Buenos”, que aparece ligado al ciclo de vida de las mascotas, como toma de conciencia de la propia finitud —“yo no iba a vivir tanto”— al comparar los años del perro con los de un humano. Para volcarnos de lleno en “Muertos los ojos”, donde la muerte se presenta como la pérdida de la identidad profesional, definida como el momento de “ya no ser uno mismo”, ejemplificado en un perro viejo que ya no puede sostener su propia cadera.
Estos valores de los últimos cuentos se ponen de relieve en “Los Ensayos”, mediante la metáfora del toro, una fuerza animal que “embiste” o “arrastra” el cuerpo durante la noche. La hija percibe la mandíbula rígida de la madre como una “piedra” que no respira. Pero en este cuento, ya se ven las transformaciones para quienes están en este plano de la vida como acto de aprehendizaje, de incorporación.
En “La estatua y el mar”, Kamiya define a la muerte como “el silencio de todo lo que a uno lo rodea”. La estatua está con los ojos cerrados y hacia el final, se despide fundiéndose con el paisaje y el mar, donde las olas borran las huellas de lo que fue. Esto continúa en “Bañar un elefante”, donde se manifiesta una pérdida silenciosa: el elefante se hunde en el río hasta desaparecer, dejando a la protagonista en una “nada” que reconoce como su sentimiento más propio, para luego comprender que el universo entero es el elefante —el cielo gris antiguo como firmamento—.
Y podríamos finalizar —y culminar su concepción oriental— con dos cuentos reflexivos. Por un lado, la muerte se presenta en “Kurokos” como un acto de servicio invisible. Son los kuroko (figuras vestidas de negro del teatro japonés) quienes cierran los ojos de la madre fallecida. La narradora concluye que ella misma se convertirá en uno de ellos, sugiriendo que morir es pasar a ser una presencia que asiste a la vida desde la invisibilidad. Le da una vuelta de tuerca a la muerte entre los vivos: la idea de que la muerte es una transfiguración para convertirse en un servidor silencioso de la vida. Por otro lado, en “Sakura-Gari” se aborda desde una perspectiva filosófica a través del diálogo y la reflexión. La muerte no puede ser mala porque los animales no enloquecen ante ella. Se expresa como un estado de saciedad, similar al sueño después de comer, y finalmente como una interconexión, donde morir es ser parte de todo el jardín. Queda expresada en forma de espiritualidad donde el individuo no muere, sino que se diluye en la naturaleza.
En La paciencia del agua sobre cada piedra, la muerte se manifiesta no como un evento trágico o ruidoso, sino como una presencia, una transformación de la materia o una integración definitiva con la naturaleza. Alejandra Kamiya utiliza metáforas animales, el silencio, la identidad, la soledad y la personificación de la oscuridad para expresarla. Es por eso que su literatura nos irrumpe, nos saca de nuestros marcos conceptuales. Es por eso que nos gusta.
Una cosa más me queda en el tintero: la palabra paciencia, que no para de resonar frente a los tiempos que corren, viene del latín patientia, que se deriva del verbo pati (o patior), cuyo significado es “sufrir” o “soportar”. Según la definición de la RAE, la paciencia es la capacidad humana de soportar o tolerar situaciones molestas, penosas o adversas sin alterarse, manteniendo la calma y el autocontrol. Es una definición occidental del término; sin embargo, también busqué cómo se percibe desde la cultura oriental y el resultado sugiere que “no es una resignación pasiva, sino una virtud activa que implica perseverar y avanzar paso a paso, incluso cuando el camino es difícil o incómodo”. Es así como la paciencia del agua moldea cada piedra sacando su filo. Pero en Kamiya es una toma de posición, actúa como el agua. Por eso es interesante ver el recorrido del libro como una unidad: de lo simple a lo complejo. Porque leer a Kamiya, y volviendo a Heráclito, no volvemos dos veces a lavarnos sobre el mismo río. De este libro, se sale transformado.
Esta reflexión fue posible gracias al Club de Lectura: Conversaciones en el Buen Libro San Nicolás. Coordinador José Luis Lencina. Agradezco y mando un saludo grande a mis lectores favoritos y favoritas del Club que me dejan pensando en cada encuentro.






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