Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

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La telaraña




Cuando nada ocurría, miré hacia arriba y encontré en un rincón de la cocina una enorme telaraña que quién sabe desde cuánto tiempo está allí. ¡Qué perseverancia tiene la araña que dejó esa telaraña! Confía plenamente en que atrapará algo. En ese momento, recordé al viejo Alberto, que era pescador: casi cuando faltaba media hora para el amanecer, lanzaba su red de pesca al río en su lugar estratégico. Algo similar hacía mi mamá, pero en lugar de la telaraña y la red de pesca, me sentaba frente a la televisión.

(Escrito en 2014)
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Camino al trabajo




Todas las mañana saludo a los mismos 7 laburantes en el recorrido que hago para llegar al trabajo. No les conozco el nombre a todos ni cómo empezó el saludo, se da natural. Parece un acto totalmente rutinario pero no lo es y no es lo mismo hacer el recorrido sin encontrarme con ese par que pasará una ardua jornada durante el día. Nos reconocemos como laburantes y con un saludo pretendemos ser vistos. Porque el trabajo en este sistema te aliena, te individualiza, no te deja reconocerte con tu par por las divisiones que nos imponen. Entonces en esos 7 saludos salgo fortalecido, orgulloso de que algo nos une y que pese las distintas tareas que hagamos, somos laburantes, los que movemos el mundo con la fuerza de nuestro trabajo y nos damos ánimos con un saludo.


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Futuras generaciones

 




La pandemia mostró sus dientes agravando una crisis económica y social que como un efecto dominó golpeó a millones de familias. Trabajadores en blanco de muchos años perdieron sus empleos. Trabajadores en negro disputan una changa con los anteriores. Los desocupados de siempre dan manotazos de ahogados. Del otro lado, una minoría acrecentó sus ganancias ampliando la brecha entre ricos y pobres. Leamos las historias de las futuras generaciones.


Romi es de Constitución. Varias horas por día intercambia estampitas por dinero en el Subte. Su mamá, que es la que se hizo cargo de ella y de su hermano mayor, está desocupada. Su hermano Matías no recibirá más el IFE. Tuvieron que tomar tierras para construir un hogar porque no les alcanza para pagar un alquiler. La pequeña es parte del 10% de les niñes que “trabajan”. Zafó de responsabilizarse de otros hermanitos, como pasa en otras familias, donde les niñes se convierten en adultos para llevar adelante las tareas domésticas y de consumo. Zafó de vivir en el interior, donde en los crudos campos se duplica el “trabajo” para los más pequeños. No zafó de la naturalización. Y de escolarización no hablemos.


Uli y Gael son de Nordelta. Por las mañanas participan en las clases virtual del colegio bilingüe. Durante las tardes, aburridos de la mansión que heredarán, salen a ver la Guardería Náutica en el lago del barrio, ya que falta para la temporada de Buceo y el Golf aún no lo entienden. Su papá este año no pagó las tarifas de luz sin que corran riesgo de quedarse a oscuras. Los pequeños pasan más tiempo con su papá y mamá porque ambos trabajan desde casa y las tareas domésticas las hace una piba de un barrio cercano. Los hermanitos zafaron del “trabajo” infantil.


Queda claro que en las historias de las futuras generaciones, la pandemia no es el problema sino que hay un sistema que construye estas realidades. El plato de comida y la vivienda de millones se convirtieron en un lujo. Hay que darle prioridad a la niñéz con días felices, educación y salud, y no al pago de una deuda millonaria que no nos pertenece. Hay que dar vuelta todo.

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Las cosas por su nombre





Hace más de 500 años, a través de una serie de expediciones, Cristóbal Colón tendió un puente entre dos mundos consiguiendo ríos de sangre, muertes en masas y el saqueo más grande de la historia de la humanidad. Los conquistadores titularon a este acontecimiento como el descubrimiento. Con semejante arrogancia comenzaron a llamar a las cosas por su nombre.

Los navegantes bendecidos por los reyes católicos creyeron haber desembarcado en la India. En consecuencia, ante el primer contacto con los habitantes del lugar los denominaron indios y en homenaje a un comerciarte y explorador europeo, llamaron América a las tierras desconocidas.

Desde tiempos remotos, las familias nativas de los pueblos que fueron descubiertos, se desplazaban de un sitio a otro en filas jerárquicas por diversos territorios buscando sobrevivir (sin la explotación animal y la utilización de la rueda para el traslado de pertenencias). Los más experimentados de las familias iban al frente de la comitiva para desmontar la maleza, resistir cualquier amenaza, y como principal objetivo, abrir paso a los siguientes. Así nacieron los senderos a cielo abierto en el que se trasladaban uno detrás del otro.

Ellos llamaron civilización a lo que nosotros precisamos como genocidio. Durante la evangelización las filas cobraron otra importancia, ya que esta cualidad ancestral de desplazamiento burlaban a las tropas enemigas: al transitar uno detrás del otro, el último borraba las huellas sin dejar rastros. Sin embargo, los avances técnicos mediante la brutalidad que ellos señalaron como progreso dieron vida a los caminos empedrados de la época colonial en la que desfilaban los nativos esclavizados. Al procedimiento milenario de traslado lo bautizaron como fila india y sus ecos se escuchan después de cinco siglos.

En la actualidad, Santander Río, siendo uno de los bancos españoles que acrecentó sus ganancias con la devaluación, inició un periodo de retiros voluntarios. Cuando la patronal abrió camino hacia la oficina de recursos humanos, se detuvo en la puerta y dijo: pasen en fila india.




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La masacre de Avellaneda




    Esta historia transcurre seis meses después de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. ¿Las recordás? Aquí va una frase histórica: “que se vayan todos”. Aquí va una imagen popular del momento: “un helicóptero escapando de la Casa Rosada”.

    El gran saqueo del régimen que dejó a miles de familias sin un plato de comida, culminó con altos índices de desocupación, cierres de fábricas, megadevaluación y un brutal ajuste. La calidad de vida de las personas había bajado notablemente.

    Los desocupados no se quedaron con los brazos cruzados, impulsaron marchas en distintas localidades. El movimiento de desocupados “Aníbal Verón”, cuyo nombre conmemora al colectivero ejecutado por la policía salteña de la represión del año 2000, se dirigía a protestar al Puente Pueyrredón pero se encontraron con un extraordinario operativo de las fuerzas de “seguridad”. Con la participación de la Policía Federal, Policía de la Provincia, Gendarmería Nacional y Prefectura Naval, lograron un aislamiento geográfico por la frontera sur.

    El fuerte operativo policial impidió el acceso de los manifestantes a los principales puentes de ingresos de la ciudad. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, ordenó la represión y desalojo del puente Avellaneda.

    En las inmediaciones de la Estación Avellaneda se desató una fuerte represión. En el hall de la estación, cae Maximiliano Kosteki al ser baleado en el pecho con balas de plomo. Otro joven, Darío Santillán, regresa para socorrerlo, toma su mano, se conocen por fin pero también cae muerto.

    El 26 de junio de 2002, en total se hirieron a 90 personas, más de 30 con balas de pomo, 2 muertos y 150 arrestados. Hoy recordamos la fecha como la “Masacre de Avellaneda”.  Kosteki y Santillan se hicieron conocidos por millones de personas a través de este crimen de Estado. Se convirtieron en una juventud dispuesta a dar una gran pelea contra este régimen.


Eduardo Duhalde, Aníbal Fernández y Felipe Solá, son los responsables políticos que todavía gozan de impunidad.





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Pesadilla al acabar





    Los dirigentes demócratas de Texas festejan saltando más alto que las mesas. Hoy se cumple un año de la sanción que prohíbe la masturbación masculina. Ley que considera a la práctica autosexual como un acto en contra de los niños por nacer.

    A la luz de la luna que refleja en el lago de una mansión estadounidense, la sombra de un corcho al volar distrajo la vista de todos en el lugar. El champagne empezó a girar entre los invitados para sus copas poder llenar. Multas de 100 dólares al placer natural. Basta de eyacular fuera de una vagina sin una orden judicial.

    Durante la prohibición de la masturbación reapareció Freddy Krueger. Las niñas que saltaban la soga en sus películas ahora son mujeres realmente excitantes. Las pesadillas se convirtieron en sueños eróticos. Los jóvenes heterosexuales dejaron de morir al dormir y continuaron los actos en contra los niños por nacer gracias a las acabadas nocturnas.


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#GilestJaunes





Los precios del combustible se elevaron hasta la estratósfera de Francia. Por poco chocan directamente contra un satélite que orbita alrededor del planeta. Esto causó que rabia circule por la sociedad. “Nous ne voulons pas miettes, nous voulons de la baguette”, exclamaron uniendo sus reclamos.

Frente a estas reforman que atacan los bolsillos de la clase que mueve los engranajes de la población, un sector conocido como les Gilets Jaunes, rompieron el silencio de Estado saliendo espontáneamente a las calles para manifestar sus preocupaciones. El gobierno convencido respondió con balas y gases lacrimógenos (la violencia de siempre) para impedir la avanzada. Además, desplazaron tecnología militar de última generación. Pero estos trabajadores y trabajadoras con chalecos amarillos iluminaron la zona del Arco del Triunfo con el fuego de sus molotovs. En medio de la urbe se armaron barricadas a plena luz de distintos vehículos en llamas. Laburantes de otros sectores imitaron su vestimenta para apoyarlos. Luego estudiantes aparecieron en la escena con carteles con frases como “systeme abolition”. A estos los hicieron arrodillar a punta de ametralladora como en Siria. 

Movilizaciones, barricadas y disputas cuerpo a cuerpo entre chalecos amarillos y fuerzas represivas del Estado se extendieron por las distintas ciudades del país. Miles de personas fueron privadas de su libertad. Después de la visita al G20 organizado en Argentina, el presidente Macron se vio en serios aprietos: regresó a su tierra natal para retroceder con el aumento de combustible.

Al correr los días, trabajadores y trabajadoras de varios países del mundo se vistieron con chalecos amarillos y comenzaron a luchar como los franceses. Las demandas de la clase trabajadora se expresaron bajo un mismo distintivo demostrando que es una y sin fronteras.

Actualmente en Francia se extienden gradualmente las luchas. Acorralado Macron, en cadena nacional anunció que aumentaría el sueldo mínimo para frenarlas. ¿Esta historia continuará?




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Día de la Pachamama




    En el futuro, sin arriesgar a definir con precisión la distancia temporal, se extrañarán los escritos en papel. Olvidaremos el baile de las biromes sobre el ras que se extrae de las cortezas de los árboles. Las últimas cajas de cartón con cientos de resmas de hojas llegarán en varios camiones, conduciendo uno detrás del otro, escupiendo humo contaminado por los escapes. La escupida se expandirá cubriendo el ambiente por completo, los árboles tan saludables como los vemos lo respirarán y comenzarán a toser desnudando sus copas. Soltarán la savia como mocos de resfrío. Los observaremos. Se enfermarán hasta que se desforesten con sus síntomas. En la ausencia de papel, tipearemos ese entonces para no olvidarlo.



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Basta de Temer




Solo basta cruzar la frontera para encontrar a ciudadanos reunidos en las calles con alarmantes puños en altos, banderas y cantos. –¡Fuera! –dice el eco de miles de voces con ímpetu. Detrás de la misma palabra alentaron unir los reclamos.

    En el noticiero lo denominaron Rufián. Este personaje mediático, de pie en su cocina reflexionó sobre el precio de los productos comprados. Luego, vio por la ventana una multitud marchar. Abolló el recibo de compra para llenar el bolsillo con el mismo. Rufián, salió por tevé por participar en la protesta.

    Cuando se sumó, otros también lo hicieron. Así, comenzaron a multiplicarse para luchar contra el que mira desde arriba: como dicen las pancartas y banderas que escribieron los mismos puños en altos. Las paredes temblaron al anochecer al ritmo de los pasos; canciones brillaron por el sol oculto.

    El presidente vestido de traje color hipocresía los esperó desde su balcón; desde lejos los colores de sus ropas se mezclaron con los de los yutas que lo custodian. Tan cínicos, y como estatuas sonrientes, ignoran desde arriba al pueblo resistiendo sus políticas de ajustes.

    Rufián y los demás, escucharon que el presidente dijo: no me pienso bajar.



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Moldenses




Cientos de usuarios quedaron varados; dos cuadras de filas de Moldenses (ciudadanos de Molde) como estatuas sin respuestas, esperaban que se asome, el tren que nunca pasó por la estación. Día perdido para quienes debían transportarse.

    Algún que otro Moldense, filmaba fervorosamente la situación; captaba rostros desconformes y mientras más, mejor. Con el apoyo de una voz de fondo vestía a la imagen de drama: -¡Moldenses! piensen en los cientos varados. Esto es insólito-. Quienes vieron la filmación, se perfilaron detrás de la voz.

    Como en un reality show terminó el episodio de la estación.



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Espacios conquistados




Caminamos rápidamente hasta una esquina; él la llamó intersección. Nos quedamos parados en la ochava. Me enfrentó extrañamente, me miró directo a los ojos unos segundos y dio media vuelta ofuscado. “Mirá”, me dijo con su voz temblando e hizo una seña comparando dos lugares con su mano.

    En el primero, había una plaza vacía, sin jóvenes, sin ninguna persona. En sus esquinas, para no decir rodeada, parejas de milicos custodiando el espacio.

    Del otro lado, un negocio, con personas dentro de la propiedad  privada.



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Enceguecido




Una imagen espantosa golpeaba las manos contra el suelo levantando polvillo y meneaba con movimientos oblicuos la cadera; tenebrosos sonidos salían de sus vertebras al estrujar el cuerpo mientras se ponía de pie. Un sujeto, no se percataba que lentamente, como flotando en el aire, lo rodeaba la imagen. Ésta se burlaba de él cuando se dirigía plácidamente a un camino repleto de obstáculos, que parecían estorbos que solo veía cuando los chocaba asegurándose que allí estaban. La imagen al rodearlo lo enceguecía captando de su atención de manera audaz. Seguía estrujando el cuerpo y movía sus manos asediándolo; la danza establecía el horizonte. La imagen que para él no existía era quien marcaba la dirección.



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Descongelar el congelador




De grande comprendí que muchas veces discutieron mis padres por descongelar el congelador. Cuando menos nos dábamos cuenta, otra vez surgía el problema, ¿quién descongela el congelador?

    Mi viejo enojado siempre nos decía que “si alguien fuera el hielo del congelador, terminaría como tal”. No lo había entendido hasta que me tocó descongelarlo. Cuando lo desenchufé, el hielo empezó a derretirse y el congelador se desagotó por completo. Terminó en un charco de agua sobre el suelo. El hielo no solo perdió la solidez, sino también quedó excluido del congelador, su ambiente, al quitarle suministro de energía.



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Tío en el rubro




Cuando en aquella tarde de invierno a mi compañero de trabajo le pregunté qué tal el tío, me dijo lo siguiente: el tío es un viejo avaro que se sigue llenando de agua. Parece que se maneja en el rubro de la plomería. Él, describe el trabajo de la siguiente manera:
Imagina un caño, un segmento de metal galvanizado cilíndrico o del material que evoques, a este por dentro le fluye un caudal de agua. Como es un segmento, tiene un principio que el agua recorre hasta llegar a un final. La clave del éxito es: más agua entra, más agua sale. Así empezó todo. 
Imagina otro caño, ahora éste tiene varias perillas que al trabajar en conjunto hacen posibles el perfecto flujo de agua. Como las perillas son regulables hay que exigirlas para que el agua no solo salga por el final, sino también por las mismas perillas.
El agua no se desperdicia, lo que sale de las perillas también es para el tío.



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¿Qué ha pasado con el tiempo?




Cuando se dio cuenta, el reloj de arena que alguna vez recibió de obsequio de sus padres cayó al suelo. El tiempo no se detuvo, ya que es el centro de atención; la lupa se enfocó en algo que no se puede reparar, pues el reloj yace en el suelo.

Parece perturbado, irradiando un humor inestable, proveniente de un entorno inhóspito, como si el recorrido de la misma cuerda que nunca termina lo mantuviera atado.

El reloj de arena permanece allí, inerte, esperando preguntarle a quién lo mantenía aislado: "¿Qué pasa? ¿Estás ahí?" Parece estar roto; a menos que funcione con la arena esparcida por el suelo, sin noción de su flujo, con sus cavidades de vidrio dañadas por su fragilidad, y su estructura que teóricamente lo sostiene, quebrada.

Aun así, camina de un lado a otro, a veces rodeando la mesa en la que solía reposar frente al espejo antes de la ruptura. Tal vez se encuentra tenso, con una expresión efímera de nerviosismo; además, no reacciona. El reloj sigue allí, inerte, esperando a que alguien lo reconstruya para que pueda aprovechar el tiempo que se está perdiendo.
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Intimidad tejida en susurros




Fue en ese momento, al soltar ese profundo suspiro, que me di cuenta de que no solo uno de mis brazos rodeaba su espalda, sino que también se entrelazaban. Desde la base de su extremidad, mi cuello se acercaba al suyo, y mi rostro buscaba rozar suavemente la barba que reposaba en su apacible mentón. Era un claro indicio de que mis labios anhelaban el deseo de explorar su rostro, comenzando por cerrar los ojos y capturar el primer aroma que emanaba de la delicada piel debajo de su oreja.
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