Caminamos rápidamente hasta
una esquina; él la llamó intersección. Nos quedamos parados en la ochava. Me
enfrentó extrañamente, me miró directo a los ojos unos segundos y dio media
vuelta ofuscado. “Mirá”, me dijo con su voz temblando e hizo una seña
comparando dos lugares con su mano.
En el primero, había una plaza
vacía, sin jóvenes, sin ninguna persona. En sus esquinas, para no decir
rodeada, parejas de milicos custodiando el espacio.
Del otro lado, un negocio, con
personas dentro de la propiedad privada.







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