En algún
rincón olvidado, donde el polvo se posa sobre estantes de la biblioteca, alguna
vez dejé hojas impresas abrochadas y arrugadas. Parecen haber estado mucho
tiempo abandonadas, quizá entre libros leídos, quizá tiradas sobre una mesa que
nadie limpió. Son fragmentos de un texto titulado Papeles rotos, del
libro El último lector, donde Piglia reflexiona sobre qué significa ser lector.
Y al leer esos papeles, comprendemos que no podemos dejarlos perderse. Cobrarían
una mejor vida reunidos a discutir y compartir. Porque la pregunta que se
plantea no tiene respuesta si cada uno la busca solo, en silencio, como quien
lee a escondidas o descifra letras que se le escapan.
El texto
comienza con una imagen que reconocemos: Borges, ya casi sin vista, en la
Biblioteca Nacional, pegando el rostro al libro para descifrar lo que las
letras dicen. “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”. Y
entonces, eso, nos dice algo: que leer no es cuestión de tener buena vista,
sino de otro tipo de mirada. Que hay lectores que ven mal, que confunden, que
distorsionan, y aun así, o por eso mismo, leen mejor. Que la lectura es un arte
de la distancia, de la luz, de la perspectiva: como quien se acerca mucho para
ver algo que se desordena y se ordena según dónde se coloca.
Kafka lo
decía de otro modo: hay que acercarse mucho para ver algo. Joyce, con un ojo
tapado y una lupa, escribía un libro donde las palabras se mezclan, fluyen, se
transforman, como un río que nadie termina de abarcar. Y Cervantes, mucho
antes, ya había puesto en escena al lector moderno: aquel que recoge los
papeles rotos tirados en la calle y los lee, aunque estén rotos, aunque no se
sepa de dónde vienen. Porque vivimos rodeados de signos, de palabras que
alguien imprimió y dejó caer, y el lector es quien se detiene, los recoge e
intenta descifrarlos.
El texto
habla también de lectores extremos, que son los que no pueden dejar de leer,
los que lo hacen como quien sueña, los que buscan en las palabras algo más que
sentido, algo que es experiencia, modo de vida. Dice que la literatura nos
muestra al lector con nombre propio, en una escena precisa, en un lugar y un
momento, y así lo hace visible, lo saca del anonimato. Porque la pregunta no es
tanto qué es leer, sino quién es el que lee, dónde está, para
qué, en qué condiciones, qué historia trae.
En esos
fragmentos rotos, aparece también una inquietud que nos toca de cerca. Para el
mainstream (y según muestran objetivamente las encuestas de todo tipo), la
sociedad de los lectores parece siempre a punto de desaparecer. Como si
estuviéramos en vías de extinción, como si cada uno leyera por su cuenta, en
silencio, sin reunirse nunca para decir: yo lo leí así, a mí me pasó
esto al leerlo, ¿y vos?
Por eso, al
encontrar papeles rotos, al ver que alguien antes que nosotros se hacía estas
mismas preguntas, podemos concluir que hay que retomar los encuentros. Que no
basta con leer en casa, guardando para sí lo que se entiende. Que necesitamos
reunirnos para hablar de qué tipo de lectores somos: si leemos de cerca o de
lejos, con claridad o confundiendo todo, por placer, por necesidad, porque no
podemos dejar de hacerlo. Necesitamos decirnos si nos acercamos a los libros
como quien junta papeles rotos en la calle, dispuestos a descifrar aunque
falten letras, aunque estén manchados, aunque nadie sepa quién los escribió.
Porque la
pregunta que el texto plantea —qué es un lector— no se resuelve en
soledad. Se resuelve hablando, comparando, viendo cómo cada uno lee de un modo
distinto, cómo cada uno encuentra algo diferente en las mismas páginas. Se
resuelve reuniéndonos, como hicieron quienes dejaron estos papeles, para
mantener viva la conversación.
Los papeles pueden quedar rotos y olvidados. Nos toca a nosotros continuar escribiendo la respuesta.






0 Comentarios:
Publicar un comentario