
Aceptadamente, los definían
primitivos; apenas rozaban ser individuos rudimentarios. Nada a su alrededor los
conformaba. Cualquier sobresalto se establecía efímero y hacía que el deseo desaparezca
junto al tiempo; encontrar algo nuevo les generaba sensación de estabilidad; no
había pregunta que realizara una ruptura; todos padecían la célebre espera.
Frente a una multitud, un
primitivo había logrado conseguir fuego. Decían que se encontraba aburrido. La
realidad es que quería invertir el tiempo en algo productivo, a la sazón, chocaba
mientras rozaba dos piedras.
Aparecieron las primeras chispas
que derribaron los límites de la perseverancia. Las siguientes no solo servían
de estímulos, señalaban un claro objetivo que seguro iba a superar la meta en
sí. Toda la masa de primitivos festejaba. Brincaban con ambas extremidades
corporales, de derecha a izquierda, ignoraban mantenerse en pie, e iniciaban su
firme caminar cabeza agacha buscando piedras.
El fuego aportaba al mundo básico
una nueva manera de vivir. El primitivo que introducía el fuego conquistando a
la multitud, había pasado a ser admirado por el resto. A partir de ese momento
la sociedad era encabezaba por un primitivo destacado: bastaba caminar dentro
del área de cientos de pasos para encontrar a gente imitándolo. Acaso en la muchedumbre
también querían la gloria, o tal vez, solo instruirse. Al cabo, la igualdad que
los colocaba en solidaridad grupal, era la concepción de conseguir fuego. La
totalidad de individuos rudimentarios practicaban con dos piedras sumergidos en
la necesidad de poder vivir la nueva condición.
Un
tiempo después, varios dominaban la técnica y provocaban, al menos, una llama.
Los que todavía no tenían acceso singular, intercambiaban frutas que
recolectaban por tal elemento de la naturaleza que modelaron artificialmente,
el fuego.
Algunos habían observado que las
piedras se gastaban por mero uso. Organizados, se movilizaban acarreando piedras
para luego mercantilizarlas. Este sector desconforme, decía que las piedras pesaban
más que las frutas, entonces sus miembros pedían más fuego a cambio. Los primitivos
recolectores aceptaban porque las frutas maduraban hasta su putrefacción.
Entre los elementales individuos,
estaban quienes a través de oratoria envolvían a otros para trabajar para
ellos. Engañaban y se acrecentaban integrando a terceros rudimentarios con el
ofrecimiento de una porción del fuego al final del día; además, dominaban a
tantos que se apropiaron de las frutas, y de las piedras un tiempo más tarde.
Aceptadamente, vivían del fuego,
para el fuego, por el fuego. No importaba si alguien no podía conseguirlo, puesto
que el fuego mantenía el calor de la ambición en estos rudimentarios sujetos.
Más se expandía el elemento, más ardiente era la sensación de querer poseerlo:
con el único sentido de sentirlo, y encontrarse en el lugar de los que arden en
llamas.
Las piedras del largo camino de
los primitivos fueron las que provocaron el fuego tan difícil de extinguir.
Consumidos ante éste, cambiaron su nombre. Aceptadamente, se conocen como civilizados.






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