Abre la puerta después
de escuchar el sonido que le estableció un horario fijo a su vida; entra
cabizbajo: vieja y conocida repetición de todos los días. No suele darse cuenta
de los pasos que requiere seguir para comenzar la jornada, los compañeros lo
ven haciendo varios movimientos automáticos; realiza prácticas mecánicas,
parece el arduo desafío de una ciega locomotora rodando atrapada sobre un carril.
Siente
latir sus venas al ritmo del corazón; hace puntas de pies cuando los considera cansados
de tanto permanecer parado, tal vez de esa manera estimula a los músculos, o busca
comodidad. Lo ven caminando entre las góndolas, algunas veces se arrodilla ante
dichas, se sienta en canastita, de frente y de espalda; por más molestia que
tenga en la cintura, sigilosamente se agacha, se arriesga a persistir en
cuclillas; hay días que los vive atormentándose con la cara de un solo estante.
Cuando no quede espacio físico para los costados, hay que mirar hacia arriba:
en ocasiones no especiales utiliza una escalera, a cada paso tiembla imaginando
quebrarla, por eso prefiere subir y/o bajar sin peso; le permite trepar y pisar
los estantes más altos. Circula su vida por los pasillos que forman las
góndolas enfrentadas y ni siquiera le entra el cuerpo si manipula una caja o los
cajones de los estantes.
Aparece
el jefe, por las arrugas del rostro, que son efímeras, recién despierta; trae
una nueva lista por cumplir, junto a palabras tiernas, que lo abrazan y lo
miman cariñosamente maniatándolo; diálogos manipulan la joya valiosa. Simula
darle una moneda a un niño que da media vuelta para comprar golosinas.
A medida que necesita descansar sus
pies, el tiempo pasa lenta y dolorosamente, como un puñal de ansiedad clavado
en el pecho, como un puñal de ansiedad caliente clavado en el pecho; quema. Las
agujas del reloj giran con menos ganas de lo normal; no hablan, sino dirían que
están hartas de la rutina y no con el eje medio trabado, o con algo entre sus
engranajes retrasando su velocidad; qué sé yo. Después de ver reiteradamente la
aguja del minutero encerrada entre el seis y el siete, cerró sus ojos, produjo
estirar la piel de su frente y arrugar su cara, al mismo tiempo que menea la
cabeza de lado a lado y se lamenta. Vuelve a mirar tan kamikaze hacia el reloj,
le pareció haber visto una nube, tal vez por haber esforzado bruscamente el
cierre de sus ojos; no parece un efecto de sus lágrimas, adquiere la imagen de
algo particular, conocido. ¿Por qué se aflige preguntándose qué es? Poco duda
hasta soltar la búsqueda de la verdad; las góndolas egoístas lo atraparon para
su mantención; no debe dejar el trabajo, pensar, o cualquier cosa que desvíe la
atención cotidiana: sabias palabras del jefe cuando compra una maquina con la
plata que sale de la mano de obra entre las góndolas y piensa que también es
dueño del que las mantiene.
Nuevamente se pregunta por el tiempo,
como un pobre tipo que no le queda otra que jugar con cuchillos en el circo, observa
a su fiel tortura, el reloj, con desprecio, odiándolo; como si tuviese la culpa
absoluta. La nube que flota se convierte en… es por eso que le parece conocida
la figura, la imagen adquirida con la poca definición que alcanza su visión. El
jefe dice sus palabras alusivas mientras está rodeado de humo. Está confuso, ¿hay
quejas? De repente, al seguir los efectos de las ondas que provoca, ve todo el
techo cubierto. Se atreve a entender qué está ocurriendo en el ambiente, sabe
que busca ir hacia arriba. Atolondrada la nube se mezcla sin permiso con el aire
que hay y no vemos, contamina pesadamente el oxigeno, la visión disminuye y
poco puede verse a través de las tinieblas. Toma su cuello con sus manos,
franelea su pecho, frota su nuca, se siente ahogado, sofocado o encerrado;
algunos síntomas aparecieron en el organismo: pesadez en las piernas,
retorcijones de panza, principio de pirosis, nervios que hacen llegar la
información más rápido a su cerebro traduciéndolo en movimientos torpes e
inquietos.
Cuando lo único que le faltaba era
caer de rodillas, lo salvó el mismo sonido horrible que suena todas las mañanas
esperando una respuesta; logró abrir la puerta después de una intensa jornada.
La contaminación de humo ahora busca extinguirse bajo los rayos del sol que se
esconden de la noche, momento en el que disfruta el escaso resto del día con su
familia sin esas elegantes palabras del jefe dando vueltas a su alrededor.







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