Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Rodeado de humo





Abre la puerta después de escuchar el sonido que le estableció un horario fijo a su vida; entra cabizbajo: vieja y conocida repetición de todos los días. No suele darse cuenta de los pasos que requiere seguir para comenzar la jornada, los compañeros lo ven haciendo varios movimientos automáticos; realiza prácticas mecánicas, parece el arduo desafío de una ciega locomotora rodando atrapada sobre un carril.
Siente latir sus venas al ritmo del corazón; hace puntas de pies cuando los considera cansados de tanto permanecer parado, tal vez de esa manera estimula a los músculos, o busca comodidad. Lo ven caminando entre las góndolas, algunas veces se arrodilla ante dichas, se sienta en canastita, de frente y de espalda; por más molestia que tenga en la cintura, sigilosamente se agacha, se arriesga a persistir en cuclillas; hay días que los vive atormentándose con la cara de un solo estante. Cuando no quede espacio físico para los costados, hay que mirar hacia arriba: en ocasiones no especiales utiliza una escalera, a cada paso tiembla imaginando quebrarla, por eso prefiere subir y/o bajar sin peso; le permite trepar y pisar los estantes más altos. Circula su vida por los pasillos que forman las góndolas enfrentadas y ni siquiera le entra el cuerpo si manipula una caja o los cajones de los estantes.
Aparece el jefe, por las arrugas del rostro, que son efímeras, recién despierta; trae una nueva lista por cumplir, junto a palabras tiernas, que lo abrazan y lo miman cariñosamente maniatándolo; diálogos manipulan la joya valiosa. Simula darle una moneda a un niño que da media vuelta para comprar golosinas.
            A medida que necesita descansar sus pies, el tiempo pasa lenta y dolorosamente, como un puñal de ansiedad clavado en el pecho, como un puñal de ansiedad caliente clavado en el pecho; quema. Las agujas del reloj giran con menos ganas de lo normal; no hablan, sino dirían que están hartas de la rutina y no con el eje medio trabado, o con algo entre sus engranajes retrasando su velocidad; qué sé yo. Después de ver reiteradamente la aguja del minutero encerrada entre el seis y el siete, cerró sus ojos, produjo estirar la piel de su frente y arrugar su cara, al mismo tiempo que menea la cabeza de lado a lado y se lamenta. Vuelve a mirar tan kamikaze hacia el reloj, le pareció haber visto una nube, tal vez por haber esforzado bruscamente el cierre de sus ojos; no parece un efecto de sus lágrimas, adquiere la imagen de algo particular, conocido. ¿Por qué se aflige preguntándose qué es? Poco duda hasta soltar la búsqueda de la verdad; las góndolas egoístas lo atraparon para su mantención; no debe dejar el trabajo, pensar, o cualquier cosa que desvíe la atención cotidiana: sabias palabras del jefe cuando compra una maquina con la plata que sale de la mano de obra entre las góndolas y piensa que también es dueño del que las mantiene.
            Nuevamente se pregunta por el tiempo, como un pobre tipo que no le queda otra que jugar con cuchillos en el circo, observa a su fiel tortura, el reloj, con desprecio, odiándolo; como si tuviese la culpa absoluta. La nube que flota se convierte en… es por eso que le parece conocida la figura, la imagen adquirida con la poca definición que alcanza su visión. El jefe dice sus palabras alusivas mientras está rodeado de humo. Está confuso, ¿hay quejas? De repente, al seguir los efectos de las ondas que provoca, ve todo el techo cubierto. Se atreve a entender qué está ocurriendo en el ambiente, sabe que busca ir hacia arriba. Atolondrada la nube se mezcla sin permiso con el aire que hay y no vemos, contamina pesadamente el oxigeno, la visión disminuye y poco puede verse a través de las tinieblas. Toma su cuello con sus manos, franelea su pecho, frota su nuca, se siente ahogado, sofocado o encerrado; algunos síntomas aparecieron en el organismo: pesadez en las piernas, retorcijones de panza, principio de pirosis, nervios que hacen llegar la información más rápido a su cerebro traduciéndolo en movimientos torpes e inquietos.
            Cuando lo único que le faltaba era caer de rodillas, lo salvó el mismo sonido horrible que suena todas las mañanas esperando una respuesta; logró abrir la puerta después de una intensa jornada. La contaminación de humo ahora busca extinguirse bajo los rayos del sol que se esconden de la noche, momento en el que disfruta el escaso resto del día con su familia sin esas elegantes palabras del jefe dando vueltas a su alrededor. 




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