Recuerdo
aquella tarde cargada de murmullos, estaba en la asamblea. Escuchaba opinar
sobre la coronación de la ley pena de vida.
Al final, se dispuso que se matará a quien lo consideren dentro de tal ley.
En la comarca, un hábitat tan bueno y religioso, no
hablamos de nuestro ser enano individualmente, sino de nosotros. Cuando uno
habla del otro, es para poder sentir seguridad de sí mismo, al prejuzgar la
comandita de la comarca elite. En las estadísticas se dice que si uno es puesto
en tela de juicio en la mayoría de las conversaciones, es rechazado o destacado
-principalmente rechazado-; quien vive anónimo, es estúpido, y quienes viven en
las periferias, candidatos a la exclusión. La comarca es muy pequeña, de esta
manera uno conoce a todos por el simple hecho de estar en tela de juicio en la
comandita.
No es fácil vivir en la comarca. A mí me dicen anónimo.
Anulan mi opinión debido a su mero fanatismo. La ignoran porque conservan la
estructura de quienes son dueños del poder.
Recuerdo tanto esa tarde, me dormía, mis piernas estaban
flácidas, y mis párpados estaban tan pesados y lentos como un caracol; el único
que pudo salvarme fue el enano cocinero: gritaba eufórico exigiendo pena de vida
a los pertenecientes de la periferia que amenacen violentamente. Luego propuso
terminar con todos para prever. Me aburrió demasiado la asamblea.
Me condujo hacia él, un olor
exquisito que ingresaba en mi cuerpo hasta hacerme temblar. ¿Adiviná a quién
había visto? Si pensaste en el enano cocinero, estas entendiendo este relato (anónimo).
Sobre un hongo invertido hervía un amplio conjunto de gotas de rocío. Dos
orugas desde abajo del hongo lo frotaban, cuidaban no tirar el caldo, generaban
calor por fricción al rozarlo. El enano cocinero con un pequeño tallo sin hojas
revolvía lentamente. Los años le indicaron que debe girar hacia ambos lados
para lograr consistencia en su sabor; lo último lo inventé, tenemos un enano
cocinero, solo sé que no sé nada, diría si fuera anónimo. Me había quedado a
observarlo. El aroma espeso y delicioso que flotaba en el ambiente, me hacía evocar
algo increíble, que no lo recuerdo ahora. Caminaba algunos pasos bordeando unas
piedras que parecían una mesa y sobre ellas, los ingredientes de la sopa que
muy feliz hacía, al menos eso parecía: sin presión alguna. Tuve que esconderme
detrás de un tronco, tanto giraba bailando mientras con sus manos espolvoreaba
la sopa, que podría verme, lograba trescientos sesenta grados. En una bandeja
de media cáscara de semilla de girasol, parece que reposaba el bocado secreto.
No lo alcanzaba ver, la distancia que nos unía superaba mi visión y aún no
conseguí el grano de arena correcto para el marco de mis lentes. Fui espectador,
y no por observar que puso en la sopa lo que levantaba del suelo, sino por percibir
cómo se acercaba lentamente un enano de la periferia. No sabía qué intenciones
tenía el enano, pero si me di cuenta que se escondía del enano cocinero, como
yo.
El enano cocinero agitaba sus manos queriendo abrazar
el cielo, quizás la danza sea por hobbies, o tal vez para llamar la atención de
la comandita: así ganaba reputación en la comarca; tampoco sé sus intenciones,
soy anónimo según ese tipo de enano.
Al final, lo vi todo: el enano de la periferia estiraba
su brazo por detrás de la piedra que utilizaba de escondite en lugar de mesa
como el enano cocinero. Evitaba ser visto. Sin poder sostener la situación, el
cocinero se percató de su presencia, empezó a gritar y a pegarle con el tallo
sin hojas. Lo que no entendí es quién adquirió la pena de vida y con qué criterios.







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