Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Pena de vida





Recuerdo aquella tarde cargada de murmullos, estaba en la asamblea. Escuchaba opinar sobre la coronación de la ley pena de vida. Al final, se dispuso que se matará a quien lo consideren dentro de tal ley.
En la comarca, un hábitat tan bueno y religioso, no hablamos de nuestro ser enano individualmente, sino de nosotros. Cuando uno habla del otro, es para poder sentir seguridad de sí mismo, al prejuzgar la comandita de la comarca elite. En las estadísticas se dice que si uno es puesto en tela de juicio en la mayoría de las conversaciones, es rechazado o destacado -principalmente rechazado-; quien vive anónimo, es estúpido, y quienes viven en las periferias, candidatos a la exclusión. La comarca es muy pequeña, de esta manera uno conoce a todos por el simple hecho de estar en tela de juicio en la comandita.
No es fácil vivir en la comarca. A mí me dicen anónimo. Anulan mi opinión debido a su mero fanatismo. La ignoran porque conservan la estructura de quienes son dueños del poder.
Recuerdo tanto esa tarde, me dormía, mis piernas estaban flácidas, y mis párpados estaban tan pesados y lentos como un caracol; el único que pudo salvarme fue el enano cocinero: gritaba eufórico exigiendo pena de vida a los pertenecientes de la periferia que amenacen violentamente. Luego propuso terminar con todos para prever. Me aburrió demasiado la asamblea.
            Me condujo hacia él, un olor exquisito que ingresaba en mi cuerpo hasta hacerme temblar. ¿Adiviná a quién había visto? Si pensaste en el enano cocinero, estas entendiendo este relato (anónimo). Sobre un hongo invertido hervía un amplio conjunto de gotas de rocío. Dos orugas desde abajo del hongo lo frotaban, cuidaban no tirar el caldo, generaban calor por fricción al rozarlo. El enano cocinero con un pequeño tallo sin hojas revolvía lentamente. Los años le indicaron que debe girar hacia ambos lados para lograr consistencia en su sabor; lo último lo inventé, tenemos un enano cocinero, solo sé que no sé nada, diría si fuera anónimo. Me había quedado a observarlo. El aroma espeso y delicioso que flotaba en el ambiente, me hacía evocar algo increíble, que no lo recuerdo ahora. Caminaba algunos pasos bordeando unas piedras que parecían una mesa y sobre ellas, los ingredientes de la sopa que muy feliz hacía, al menos eso parecía: sin presión alguna. Tuve que esconderme detrás de un tronco, tanto giraba bailando mientras con sus manos espolvoreaba la sopa, que podría verme, lograba trescientos sesenta grados. En una bandeja de media cáscara de semilla de girasol, parece que reposaba el bocado secreto. No lo alcanzaba ver, la distancia que nos unía superaba mi visión y aún no conseguí el grano de arena correcto para el marco de mis lentes. Fui espectador, y no por observar que puso en la sopa lo que levantaba del suelo, sino por percibir cómo se acercaba lentamente un enano de la periferia. No sabía qué intenciones tenía el enano, pero si me di cuenta que se escondía del enano cocinero, como yo.
El enano cocinero agitaba sus manos queriendo abrazar el cielo, quizás la danza sea por hobbies, o tal vez para llamar la atención de la comandita: así ganaba reputación en la comarca; tampoco sé sus intenciones, soy anónimo según ese tipo de enano.

Al final, lo vi todo: el enano de la periferia estiraba su brazo por detrás de la piedra que utilizaba de escondite en lugar de mesa como el enano cocinero. Evitaba ser visto. Sin poder sostener la situación, el cocinero se percató de su presencia, empezó a gritar y a pegarle con el tallo sin hojas. Lo que no entendí es quién adquirió la pena de vida y con qué criterios.



Compartir:

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Visitas

Entrada destacada

Desquite por José Saramago

La entrada a la pubertad no ocurre en un espacio social, sino en un ciclo natural y alucinado, donde el deseo de un muchacho se encuentra co...