El hijo de un ser social maneja
el joystick como Dios. De boca en boca se presume que el artefacto es una
extensión de su cuerpo. La población debería vender rifas para invertir el
dinero recaudado en los viáticos de la olimpiada mundial de ciberjuegos.
¡Qué gran egopolítico! Entra al
juego con tres aldeanos, un explorador fácil de manipular y, a partir de ahora,
su municipio. Obviamente, al primero que mandó, fue al explorador; Marco Polo,
un poroto. Automáticamente, pone en acción a los aldeanos: dos cortan madera,
uno construye obras civiles para aumentar la población. Construye los primeros
edificios ya con varios aldeanos constructores, mineros, leñadores,
recolectores, granjeros, ovejeros, cazadores, etc. Explota a los que puede
mientras logra increíbles avances, desarrollos, acopios de recursos, y es feliz
jugando. Cuando su pueblo se adelanta de las demás civilizaciones de la
partida, deja morir a sus aldeanos, aprovecha los recursos adquiridos para
fundar la verdadera nación; crear una gran milicia y conquista a los
subdesarrollados. ¡Una excelente partida peleando por la hegemonía!
¡Simplemente lo ves sentado
frente a la tevé! Sus auriculares lo aíslan del ruido de la habitación. Presenta
ojeras de niño. Sorprende como maneja el joystick. Está embobado, jugando solo,
tranquilo (no molesta), provoca y gana batallas, amolda su cabeza.
Foto de la Viñeta: Rodrigo Burgos







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