Días atrás, sin noción,
algo poco común pasaba con una mano. Allí estaba, solamente consolada por ella
misma. No había reflejo alguno que al menos le haga un poco de compañía; sin
siquiera conocer que existiría tal reflejo u otra mano. No es casual que detrás
de lo holístico de su presencia, haya un ambiente amplio: hace presión sobre su
soledad, completa el vacío que inertemente está. Tal vez así, de postura singular, vino
vagamente al mundo, aunque no lo recuerda, era muy pequeña, una simple mano
sola como hasta entonces.
A la sazón, cuando nada pasaba, otra
mano vino a rescatarla de la soledad, cubría el espacio que la dominaba. No
estaba sola, ahora tenía una compañía entre sus dedos: ambas se apretaban con
sensación de seguridad. Juntas estaban en libertad, sentían fortalezas, de ese
modo combatían a la soledad que antes la manipulaba.
Al correr los días, sin noción,
hacia el hoy, las manos se cansaron de estar juntas; comenzaron a pelearse: parecían
estar seguras, pero esta vez, en la creencia de que cada una decía la verdad;
cada una apuntaba a ocupar una mejor posición en el pedestal mientras la otra sublimemente
debía admirar su rol. Al menos, coincidían en la ideología de querer oprimir a
la otra.







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