Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Medir, leer, consumir

 




 

Cuando se nos presenta la escritura bajo el modelo de Stephen King, con metas diarias, contabilidad de palabras y una producción constante que se mide como si fuera una fábrica, se nos instala la lógica capitalista en el terreno más íntimo de la creación: se valora la obra no por su profundidad ni su impacto, sino por la velocidad y el volumen de producción. Esta forma de medir convierte la escritura en una empresa productiva donde el tiempo es dinero, la constancia es la virtud suprema y cualquier pausa o demora se lee como fracaso o vagancia. Sin embargo, esta vara ignora que la creatividad no responde a horarios ni cuotas: lo que para la economía sería ineficiente, la espera, el bloqueo, la lentitud de alguien como James Joyce, puede ser en realidad la materia de la que nacen las obras más perdurables. Medir a todo escritor por la misma métrica de rendimiento es reducir el arte a una mercancía y olvidar que las ideas necesitan madurar, a veces en silencio, antes de publicarse.

Resulta paradójico, entonces, que dediquemos tiempo a leer y valorar artículos como este, que reivindican precisamente la lentitud, la procrastinación y las formas no productivas de ser escritor. Leer con calma estas historias, como la de Martin atrapado entre expectativas, la de Adams riéndose de las fechas límite, la de Joyce contando dos líneas como una victoria, es un acto que contradice la prisa que el propio mercado nos impone. Nos detenemos a reconocer la validez de los ritmos lentos, a comprender que el sufrimiento y la pausa también forman parte de la creación, y lo hacemos renunciando, al menos por un rato, a la lógica de la inmediatez. Esa lectura pausada se convierte así en un pequeño acto de rebeldía, dedicamos tiempo a reconocer que el tiempo también es parte de la obra, y que no todo lo que vale se puede medir en palabras por minuto.

Pero hay un problema más sutil cuando el mercado incorpora esta misma curiosidad por las dificultades, los bloqueos y las rarezas de los escritores. Lo que antes era vivido como pelea silenciosa o sufrimiento interior se convierte en un producto más que se consume. La fascinación por la vida de los escritores, sus miedos, sus trucos, sus manías, deja de ser un acercamiento a la creación para transformarse en contenido que se vende, se comparte y se consume con la misma rapidez con la que se exigen entregas inmediatas. El interés por cómo escriben deja de servir para comprender la complejidad del proceso y pasa a ser una herramienta de marketing: se nos venden las dificultades como parte del atractivo, como si el dolor creativo fuera un sello de calidad que eleva el precio de la obra, mientras se sigue exigiendo a los autores que produzcan sin descanso. Así el sistema no solo ignora las lecciones de paciencia que nos ofrecen estos escritores, sino que las convierte en otro artículo de consumo, cerrando el círculo donde incluso la rebelión contra la productividad se vuelve productiva.

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