Hice un recorrido por noticias y comentarios, y encontré que hay distintas conversaciones sobre el Premio Planeta que ganó Isabel Allende. Ya se dijo mucho sobre las corporaciones en cuestión (Penguin Random House y Grupo Planeta). Ya se conspiró sobre el seudónimo y la estrategia para mostrar el anonimato como un dispositivo de marketing (Los que faltan, de Luz Ventura). En este caso, no voy a opinar sobre la entrega del premio por parte de los Reyes de España que se combina con la memoria política del genocidio chileno. Y ni siquiera quiero referirme a si es escritora masiva o escribidora.
Me quedó resonando la confesión que hizo, sobre que nunca se había presentado a un concurso: “para evitar la humillación de quedar en la cola”. Esta manifestación encubre que no ganar revela una concepción elitista y mercantil del arte literario, donde el prestigio se mide únicamente por el podio. Sin embargo, para los escritores que construyen su oficio desde los márgenes, los certámenes son herramientas de formación, estímulo y autogestión, no pruebas de valor absoluto. Perder no es una afrenta, sino parte de un engranaje donde intervienen la subjetividad de los jurados y la naturaleza coyuntural de las obras concurrentes. De hecho, la historia universal de la literatura está repleta de autores consagrados cuyos manuscritos fueron inicialmente rechazados antes de encontrar su lugar.
Reducir la escritura a una lógica de ganadores y perdedores invisibiliza la verdadera chispa de la literatura: la comunidad, el intercambio con colegas y el pulso vivo de los lectores. Participar en un concurso debe entenderse como un ejercicio de escritura y un espacio para fijar metas, despojándose del miedo al fracaso institucional. La literatura no florece en la seguridad de los premios millonarios, sino en la perseverancia del trabajo cotidiano y en el riesgo de someter la propia voz al contraste de la intemperie.






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