Una noche larga como las anteriores
convirtiéndose en testigo de su dificultad para dormir. El silencio fue vencido
por la monótona gotera que cae en el baño, los diversos sonidos de los insectos
nocturnos que venían desde afuera y las tripas de su hijo que parecían
atravesar las paredes de una pieza a la otra. La luna reflejada en el interior
de la habitación empujaba a las sombras hasta concentrarse en la periferia.
Días anteriores calmaba su angustia
caminando lánguidamente por la casa en la búsqueda desesperada por controlar su
respiración. Pero esta vez lo intentaba observando con nostalgia desde su
almohada a los muebles y los objetos: la cómoda que heredó, el espejo que
manifiesta la pérdida de peso de su mujer, el calendario que marca a oscuras,
el reloj que rompió con la idea de olvidase de la hora y el cuadro de su
familia colgado en la pared donde escasea la humedad. El recorrido visual de
las pertenencias por un lado le provocaba insomnio y por el otro una especie de
llanto contenido. Los pensamientos lo acorralaban en un laberinto de cuestiones
que no dependen de sí mismo. Parecía encantado, sometido contra su voluntad.
Su estabilidad se desvanecía en noches sin
descanso. Cada atardecer le presentaba, como un callejón sin salida, la entrada
al infierno de cálculos y falsos razonamientos abstractos. Incluso hasta le
preocupaba saber cuántos estarían como él y cuáles serían las consecuencias. ¿Acaso
el mundo es así de cruel o es un problema individual?
El día que recordó los proyectos
familiares que anhelaba antes de casarse y educar a sus hijos, además de
sentirse desgarrado y frustrado, bebió un vaso de licor con un puñado de
pastillas que por suerte solo terminó en una intoxicación con vómitos. Momento
en que se dio cuenta que el suicidio es un problema para los que quedan.
El sol demoró una eternidad en traspasar
la ventana para despejar la oscuridad amenazante. Como era de suponer fue el
primero en huir de la cama. Luego se asomaron de a uno en la cocina: su mujer,
su hija y por último su hijo. Dejó su porción de desayuno para los pequeños, hizo
un saludo general con una sonrisa fingida y como todos los días salió a buscar
una changa.







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