Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

El alter ego en el cuento “El hombre «no cultural»”



El cuento “El hombre «no cultural»” de Juan José Saer expone la complejidad de la herencia y la identidad a través de la figura del alter ego. Mediante la carta que el narrador, Tomatis, envía a su amigo el Matemático, se articula una profunda identificación con su tío Carlos. El tío no solo le legó una fortuna, sino que Tomatis adoptó un alter ego psicológicamente similar, compartiendo su comportamiento y su particular filosofía de vida. Este recurso literario es utilizado por Saer, según mi análisis, para desarrollar la idea central de que las herencias no son únicamente materiales, sino que también se manifiestan como un traspaso de identidad.

La carta es un medio de comunicación escrita, un mensaje transmitido por una persona o un conjunto de personas. Este formato existe desde la antigüedad con el propósito de enviar información, noticias, saludos, e intercambiar ideas o polémicas. Dada su riqueza histórica, es considerada con el tiempo una forma de arte y un género literario. En este caso, nos centraremos en la que le escribe a su amigo, el Matemático, quien vive en Estocolmo. Esta se da luego de que los militares asesinaran a su esposa y lo buscaran a él con el mismo fin durante la época de la dictadura, obligándolo a irse del país.

El protagonista comienza su carta planteando que, desde hace varios años, pudo dejar el diario y vivir sin trabajar. Esto es gracias a la herencia de su tío Carlos, el único hermano de su madre, quien era viudo y no tenía hijos. Carlos, un farmacéutico que había amasado una pequeña fortuna, le dejó casas y dólares. Antes de jubilarse, su farmacia era atendida por empleadas, mientras su esposa, Amalia, se encargaba de la caja y los negocios. Por lo tanto, el tío Carlos ya había pasado sus últimos años viviendo sin trabajar, tal como Tomatis nos introduce al inicio. Sin embargo, el narrador revela rápidamente que la herencia más significativa son “ciertas rarezas de comportamiento”, incluyendo el hecho de que se llama igual que su tío y que ambos comparten el hábito de leer en el fondo del patio.

El núcleo de esta identidad compartida reside en el proyecto filosófico inconcluso del tío Carlos: «la exploración interna en busca del hombre no cultural». Tomatis, el único que lo tomaba en serio, describe la actividad como un trabajo de arqueólogo o geólogo, comparando al hombre con el planeta tierra constituido por cuatro niveles, siendo una ocurrente metáfora del inconsciente, que para él, puede revelarse mediante el estudio de una “sismología” interna. La búsqueda práctica de este eslabón perdido se ejecutaba a través de un método: el tío Carlos se sentaba inmóvil en una “perezosa de madera blanca” en el fondo del patio, olvidándose de su “envoltura mortal” para “pasear a un doble infinitamente pequeño de sí mismo por las cavernas interiores” (otra forma en la que se expresa el alter ego).

Es fundamental entender la definición de alter ego, cuya etimología del latín significa «otro yo»: un yo alternativo que puede distinguirse de la personalidad original. Aunque, también se refiere a un personaje que, mediante sutiles similitudes psicológicas, se percibe como la representación intencional del propio autor.

En el caso de Tomatis, estos aspectos se hacen evidentes, y no solo por llamarse igual que su tío. Por un lado, se convierte en el redactor del “Manual de espeleología interna”, usando la carta como el medio para ese opúsculo que Carlos nunca llegó a escribir. Por otro lado, ambos comparten formas de comportamiento que él mismo define como rarezas, como leer en el fondo del patio, sus temas recurrentes filosóficos, el único que puede entenderlo, y la comodidad de vivir sin trabajar. Por último, un detalle que para mí es importante, es la marcada similitud en cuanto a la indiferencia. Ante los problemas profundos que atraviesa el Matemático que tuvo que exiliarse, le cuenta que vive de una herencia y, al igual que su tío, “ni opinaba, ni aconsejaba”. Solo “se limitaba a proferir, como para sí mismo, la explicación de cada hecho y la solución de cada problema y, desinteresándose por completo de lo que podía pensar su interlocutor”. Y esto, lo hace sobre sus propios temas, que era de lo que verdaderamente le interesaba.

Esta fuerte conexión solidifica al tío Carlos como el alter ego Tomatis, perpetuando su filosofía de vida y su peculiar distancia con el mundo.

Saer utiliza la figura para el narrador de la carta. La herencia material proporciona el ocio necesario, pero la herencia de identidad, “la búsqueda del hombre no cultural, sus variados temas filosóficos, sus hábitos de lectura, la adopción de una postura distante”, es el verdadero legado. De este modo, “El hombre «no cultural»” demuestra que el doble, más que una extensión o proyección, es una forma de vida; un hallazgo que mi lectura me da a entender sobre el camino que el narrador está dispuesto seguir, para dar continuidad a la identidad de su antecesor familiar.


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El matrimonio de los peces rojos, por Guadalupe Nettel




Después de varios años de su publicación, llegué a uno de los cuentos de Guadalupe Nettel, a quien conocí a través de su novela “Después del Invierno”. Su sensibilidad y su forma de reflejar la vida cotidiana fueron lo que más me gustó. El cuento es una exploración íntima y simbólica del deterioro conyugal, utilizando la vida en cautiverio de una pareja de peces como espejo de las dinámicas emocionales y comportamentales de la pareja humana, compuesta por la narradora y su marido, Vincent.


La narradora y Vincent reciben inicialmente a los peces rojos —macho y hembra— como un obsequio alegre y un amuleto para paliar la incertidumbre del embarazo. Sin embargo, la posterior identificación de los peces como Betta splendens, o “luchadores de Siam”, originarios de aguas estancadas que se caracterizan para su dificultad para la convivencia, establece el marco para la tensión matrimonial.


Tras pedir la licencia de maternidad, la narradora se encuentra con un exceso de tiempo libre, mientras que Vincent incrementa sus horas de trabajo, sintiéndose ella distante y fuera de sus preocupaciones laborales. En este contexto de confinamiento (una suerte de “cárcel domiciliaria”, la narradora se dedica a observar a la pareja de peces que, al compartir un hábitat pequeño sin escondites, se veían inevitablemente el uno al otro.


La crisis se hace evidente cuando Vincent se niega rotundamente a comprar naranjas, un antojo del embarazo. El reclamo, era más profundo, señalando que ella ya no podía “despilfarrar el dinero como había hecho siempre”. La narradora reacciona con una rebelión silenciosa, comprando jugos de naranja y una novela con la tarjeta común, buscando una nostalgia por su pasado sin preocupaciones.


La narradora llega a comparar a la pareja de peces con su propio matrimonio; es una proyección. Observa al macho con el opérculo desplegado, en una actitud que le parece arrogante, mientras la hembra nada con las aletas gachas. Cuando la hembra desarrolla rayas horizontales pardas, la narradora lo interpreta como un cambio físico, mientras Vincent lo minimiza o lo ignora. Más tarde, descubre en la biblioteca que estas rayas son un signo de estrés o peligro en los Betta. La narradora misma ve una línea marrón en su vientre que es “como la del pez”, simbolizando cómo el estrés compartido la afecta físicamente.


La frustración de Vincent por sus propias inseguridades como padre lo lleva a ponerse a la defensiva y a proyectar errores en la narradora. Sus comentarios humorísticos sobre la hembra (“¿Está en contra de la reproducción?”) son interpretados por la narradora como una sutil violencia machista. Esta tensión culmina en el portazo de Vincent y, más tarde, en el acto de la narradora de destruir platos tras el momento de máxima angustia, cuando Vincent la abandona en casa con la niña enferma para ir a un after.


En un intento por pacificar la convivencia, la pareja decide comprar en un acuario más grande, con capacidad para diez litros y una cueva para la hembra. La narradora sentía una necesidad imperiosa de que las cosas estuvieran en orden en casa, a pesar del caos en su matrimonio.


Sin embargo, el espacio no resuelve el problema. Cuando la narradora y Lila (su hija recién nacida) regresan de un descanso por separado en Burdeos (el cual temporalmente ayudó a la pareja), Vincent confiesa que separó a los peces porque se habían peleado y estaban lastimados. Vincent reflexiona que el problema no es de espacio, sino de naturaleza, argumentando que los Betta siempre verán estrecha la pecera más amplia y se sentirán amenazados, incluso por su pareja. A pesar de la certeza de la narradora de que los peces “se aman, aunque no puedan vivir juntos”, la hembra aparece muerta con las aletas rotas.


El texto cierra con la separación definitiva de la pareja humana. La narradora se da cuenta de que la ruptura era una catástrofe esperada, y que la infelicidad no se debía a fuerzas externas (“ninguna mano desconocida nos sacó de nuestro acuario familiar”) sino a su propia naturaleza y falta de voluntad para cambiar. La vida de Oblomov, el último pez solitario que termina muriendo “flotando como un pétalo de amapola”, marca el final de este ciclo de conflicto y putrefacción.


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