El título “La fiesta ajena” adelanta el cuento y hacia dónde se dirige el texto. Introduce una fiesta que no está destinada ni para el narrador ni para los personajes. Es ajena. Y en los primeros versos nos adentra sus razones: “es una fiesta de ricos”, según Herminia.
La mujer es la sirvienta de la casa de Luciana, la cumpleañera. Su hija Rosaura quiere ir porque se considera amiga. Hacen la tarea juntas, dice.
Liliana Heker, por allá en 1982, durante la dictadura, dialoga con esta situación: una sirvienta y dos clases antagonistas. Vuelve a publicarse en un libro de cuentos en 1991. Podríamos volver a publicarlo porque no envejeció.
La inocencia e ingenuidad de Rosaura chocará con una realidad cruel: la premisa marxista de que la burguesía transforma la realidad para su propio beneficio, empleando y explotando al proletariado. Los ricos podrán ir al cielo, como dice ella, y bienaventurado los pobres que para ellos también es el reino, pero antes, pasarán por la tierra con el afán desmedido de la soberbia y avaricia. Porque justamente en este sistema capitalista se creen dueños de nuestras vidas, de vidas como la de Herminia y Rosaura.
La niña manifestó su aspiración, ofuscándose con su mamá por la visión que tenía de la familia de Luciana. Ella quería ser rica, también, que como niña es difícil comprender la situación, sino más bien es un deseo. Sin embargo, como “más sabe el zorro por viejo que por zorro”, la cuestión es que, para Herminia, como para cualquier madre, es difícil plantear que no tiene nada que ver con esas personas, y que la van a usar. Herminia aportó a esa “amistad” como consecuencia de llevarla a su trabajo, seguramente porque no tenía con quién dejarla, y sobre todo, con quién dejarla para hacer la tarea. Caso contrario la vida de Luciana, que Herminia cuidaba, ayudaba con los deberes y le preparaba la merienda.
De todos modos, “la sirvienta”, hizo que Rosaura sea parte de la fiesta, que se vea hermosa y mostró su esmero en la preparación para su asistencia, a la fiesta donde las amigas de Luciana se preocuparon por pertenecer a una clase, mientras que ella ganó en la carrera de embolsados, en la mancha agachada y jugó con los varones al delegado. Procuró divertirse, mostrando allí, en el juego, dónde se vieron las claras diferencias en la educación clasista.
Rosaura, engañada bajo una máscara de juego y cooperación, no tomó consciencia que Inés, la madre de Luciana, la puso a trabajar durante el cumpleaños. Hizo falta un símbolo para percatarse: no recibió lo mismo en forma de suvenir como todos los chicos y las chicas del cumpleaños, sino, recibió una paga como su mamá, que es la sirvienta. Un golpe muy duro para una niña, y cualquier niño. Este cuento muestra de manera sencilla como la crueldad puede operar en silencio.








