–Bueno, tengo aproximadamente
veinte minutos para comenzar a escribir la próxima edición. Justo el tiempo que
necesito para llegar a mí casa –mira su reloj Rolmelt para saber si es o no es
la hora que espera que sea. Crujen sus huesos de la espalda con un simple
movimiento corporal, al finalizar presione la tecla numeral. Perdón, al
finalizar da punto de partida trayecto a la manzana. ¿Trayecto a la manzana?
Observa
un árbol detalladamente, parece, que, sobre la corteza algo está escrito. No se
alcanza a ver bien definido porque es de noche. Igualmente como tiene la
particularidad de caminar un poco más rápido que el psicólogo que conoce, el
árbol en pocos segundos quedó atrás. Ya es historia. Es pasado de un presente
que al simple pestañar de ojos es historia.
En su
caminar distraído, se asusta. Dos perros se encuentran en la esquina, uno color
negro y manchas blancas con rulos, otro color marrón clarito con el hocico más
oscuros. Uno, apoyando las patas en el pecho del otro, mordiendo una de las
patas, el mordido trata de quitárselo de encima con sus patas traseras; juegan
a lo perro. Lo que lo asustó fue el taekwondista de Ladrillos que pasó
caminando por al ras de su cuerpo. Creo que fue de manera agresiva. ¿Por qué lo
habrá hecho? ¿Qué respondería el narrador? Es fácil: qué sé yo.
Filpo
comienza a seguirlo. Observa cada paso del taekwondista, de reojos mira
fijamente su espalda. La noche no es de las tantas frías de invierno. Igual
puede percibirse el clima. Duda en saber cómo se anima a deambular sólo por este
barrio. Con lo peligrosa que está la calle; ¡claro! es taekwondista, sabe
defensa personal. ¿Filpo qué sabe? Caminar más rápido que el psicólogo, por
suerte. Mientras lo sigue decide realizar una pequeña evaluación queriendo
captar la atención. Golpearía su puño izquierdo con la palma derecha, intimidándolo.
Solo para saber cuál sería la reacción del taekwondista. Pero, como está fuera
de estado físico, al cansarse descendió tres puntos de velocidad. Comienza a
alejarse justo cuando se halla cerca del pasamano que está después del subibaja
próximo al primer banco, Filpo, sube un pie al cordón que está tres metros antes
que todo lo anterior. La policía que raramente realiza guardia en la plaza que
diariamente cruza y nunca está, lo detiene.
–¡Flaco, sacate la capucha y vení
para’cá! –busca la linterna mientras desciende del vehículo. Además, aprovechó
para tirar algunas bolsas de papás fritas y una bolsa de yerba mate que rebalsaba
en el cajón de la puerta. Encuentra la linterna.
–¿Qué tal oficial? ¿Qué pasa? –lentamente
saca su capucha con la mano manchada con tinta previamente en la hora de
sociología. Baja el cierre de la campera hasta la mitad, con poco esfuerzo
gracias a la vela que le pasó en un momento de ocio. Se acerca meneando la
cabeza hacia ambos lados; observa el lugar. No le gusta la idea de perder tanto
tiempo.
–¡Estás siguiendo al muchacho!
Tenés pinta de sospechoso, más a esta hora de la noche vestido así –la linterna
no enciende, le da unos golpes contra la palma de su mano. El gabinete hace
ruido, seguramente se aflojo de tanto maltrato. Su compañero se acomoda el
cinturón.
–Oficial, es mi ropa de laburo,
hace un rato salí y ahora estoy yendo a mi casa.
–¿De qué trabajas? ¿Qué tenés en
la mochila? –alumbra su hombro, luego su mochila mientras gira a su alrededor;
realiza un sondeo. El compañero se queda abrazando una escopeta a dos metros de
distancia.
–Soy profesor de la Escuela
Secundaria de Ladrillos y escritor de un humilde blog. En la mochila llevo mis
instrumentos de trabajo –lo mira fijamente demostrando respeto, a su vez oculta
un poco de nervios.
–Mostrame tu identificación
personal y vaciá la mochila. Te vamos a cachear –ambos se miran. El oficial
hace unos movimientos con la cabeza, su compañero baja el arma, saca un folleto
del chaleco antibalas y una birome de su bolsillo. Por los intentos que
realizó, al parecer la birome no anda; finge escribir.
Apoya
la mochila sobre el suelo y está con su peso aplasta el pasto. Junta sus manos
y abre la mochila en dos mitades. Saca papeles rayados y lleno de garabatos,
una pluma de lechuza, un cuaderno todo rayado y más pavadas.
–¿¡Vos me estás cargando!? ¡Esta
mochila no tiene nada! –eleva la voz el oficial. Expresa catarro producido por
tanto fumar.
–Se lo dije oficial, son solo cosas
mías… de trabajo.
–¿Tus cosas de trabajo? Estas son
todas porquerías –enojado de tantas vueltas su paciencia parece acabarse. El
compañero mira sus uñas.
Filpo
contesta cada pregunta realizada, con algo de temor, intentando respetar al
oficial. Sin embargo el señor palpeador, todo lo contrario, agresivo, con la
idea fija de que es de noche y Filpo actúa de manera sospechosa. ¿Por qué
deposita tanta desconfianza en alguien que camina encapuchado a horas de la
noche por una plaza? Qué sé yo.
El
tiempo lentamente se pierde, desde hace varios minutos se encuentran inmersos
en la situación, sin llegar a un acuerdo concreto, sin saber qué buscan de él
para dejarlo ir. Entonces, el clima se rompe al escuchar el radio que se
encuentra en el auto. Necesitan refuerzos de carácter urgente en el Puerto de
Ladrillos. Al parecer un remolcador se hundió en el río afectando a nueve
tripulantes de los cuales ocho están siendo salvados por un pescador y uno aún
sigue sin aparecer. Corren directo al auto dejando libre a Filpo; continúa su
camino.
Llega
a su casa, encuentra a Paquito mirando APV TevéShow. Está sentado tranquilo,
tocando con sus pies que no llegan al suelo a Inquieta que yace desparramada
hasta escuchar el ingreso de Filpo. APV TevéShow no es para niños, como todos
noticieros. El canal actualmente se encuentra cada día innovando, tratando de
atrapar a todo tipo de público. Los nuevos personajes que aparecen disfrazados
parecen entretener a su pequeño hijo. Además, ¿le importaría a un niño de tan
solo cinco años saber que inauguraron un nuevo depósito para vehículos
incautados sin buscar una manera de concientizar a la gente sobre seguridad
vial? Filpo decide cambiar de canal.
Luego
de contar detalladamente su día, compartiéndolo y expresando ciertas emociones
por haber conseguido el repuesto de su auto viejo, se hace el primer aperitivo
borracho y se dirige a la computadora.
Dicen los
viejos que hay que desayunar como reyes, almorzar como príncipes y cenar como
un mendigo. Bueno… salvo hoy que está de moda el nutricionista, de no ir
estarías comiendo inadecuadamente. Sin embargo, padre e hijo, todavía intentan
vivir de las viejas costumbres para que sigan perdurando. Como Filpo comienza a
escribir su nueva edición y a los tres renglones el apetito acecha con aspecto
feroz, prefirió preparar una picada.
Se
sienta junto a Paquito mientras toma otro aperitivo borracho. Paquito toma jugo
natural exprimido. Los chicos menores de dieciocho años, en la ciudad de
Ladrillos, no toman bebidas alcohólicas. Como en todo el mundo. ¿No es cierto?
Imagina
qué diría Juguete al ver la tremenda picada que está sobre su mesa. Gracias a
un boludo de escritorio, que se sentó a tipear líneas y líneas de un espléndido
proyecto, como trayecto a la manzana, hoy disponemos de envíos de fotos por
celular. En ningún momento dudó en sacarse una fotografía junto a la tremenda picada
para que muera de envidia su gran amigo al recibirla. Total, desde que tiene
tendinitis en el dedo de tanto usar su celular, qué problema habría en usarlo
una vez más.
Recordó
que la aplicación en la cuál realiza la transferencia tiene que actualizarse. A
raíz de no haber comprado el paquete de datos por esperar la publicidad de
descuento, decide utilizar la red inalámbrica. Desde la cocina no tiene señal,
así que se acercó al modem. Como éste no emite señal, después de diecisiete
golpes y trece azotes, lo reinicia. Sigue sin funcionar. Carente de felicidad
por no enviar la foto, fue al patio a utilizar la red inalámbrica de la vecina…
“Envío realizado con éxito”. Regresó a la cocina.
Termina
de comer y corre dirección a su escritorio. Se rompe el dedo chiquito del pie
con la pata de la mesa y automáticamente evoca una compañera torpe. Llega
rengueando con brillo de lágrimas en sus ojos, se sienta y comienza a escribir.
Realiza
una breve lectura para entrar en sintonía. Las últimas líneas cuentan que un
trabajador de la ciudad de Ladrillos, fallese en la laguna ecológica de la
contaminante planta industrial. Al terminar de leerlo, en lugar de seguir
escribiendo, comparte tonterías a través de su teléfono celular. Si bien dejó
plasmada la noticia en su blog, al fin y al cabo, en menos de un mes todos lo olvidarán,
menos su familia.
Paquito
sigue mirando tevé.







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