Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Trayecto a la manzana # 6





–Bueno, tengo aproximadamente veinte minutos para comenzar a escribir la próxima edición. Justo el tiempo que necesito para llegar a mí casa –mira su reloj Rolmelt para saber si es o no es la hora que espera que sea. Crujen sus huesos de la espalda con un simple movimiento corporal, al finalizar presione la tecla numeral. Perdón, al finalizar da punto de partida trayecto a la manzana. ¿Trayecto a la manzana?

    Observa un árbol detalladamente, parece, que, sobre la corteza algo está escrito. No se alcanza a ver bien definido porque es de noche. Igualmente como tiene la particularidad de caminar un poco más rápido que el psicólogo que conoce, el árbol en pocos segundos quedó atrás. Ya es historia. Es pasado de un presente que al simple pestañar de ojos es historia.

    En su caminar distraído, se asusta. Dos perros se encuentran en la esquina, uno color negro y manchas blancas con rulos, otro color marrón clarito con el hocico más oscuros. Uno, apoyando las patas en el pecho del otro, mordiendo una de las patas, el mordido trata de quitárselo de encima con sus patas traseras; juegan a lo perro. Lo que lo asustó fue el taekwondista de Ladrillos que pasó caminando por al ras de su cuerpo. Creo que fue de manera agresiva. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Qué respondería el narrador? Es fácil: qué sé yo.

    Filpo comienza a seguirlo. Observa cada paso del taekwondista, de reojos mira fijamente su espalda. La noche no es de las tantas frías de invierno. Igual puede percibirse el clima. Duda en saber cómo se anima a deambular sólo por este barrio. Con lo peligrosa que está la calle; ¡claro! es taekwondista, sabe defensa personal. ¿Filpo qué sabe? Caminar más rápido que el psicólogo, por suerte. Mientras lo sigue decide realizar una pequeña evaluación queriendo captar la atención. Golpearía su puño izquierdo con la palma derecha, intimidándolo. Solo para saber cuál sería la reacción del taekwondista. Pero, como está fuera de estado físico, al cansarse descendió tres puntos de velocidad. Comienza a alejarse justo cuando se halla cerca del pasamano que está después del subibaja próximo al primer banco, Filpo, sube un pie al cordón que está tres metros antes que todo lo anterior. La policía que raramente realiza guardia en la plaza que diariamente cruza y nunca está, lo detiene.

    –¡Flaco, sacate la capucha y vení para’cá! –busca la linterna mientras desciende del vehículo. Además, aprovechó para tirar algunas bolsas de papás fritas y una bolsa de yerba mate que rebalsaba en el cajón de la puerta. Encuentra la linterna.

    –¿Qué tal oficial? ¿Qué pasa? –lentamente saca su capucha con la mano manchada con tinta previamente en la hora de sociología. Baja el cierre de la campera hasta la mitad, con poco esfuerzo gracias a la vela que le pasó en un momento de ocio. Se acerca meneando la cabeza hacia ambos lados; observa el lugar. No le gusta la idea de perder tanto tiempo.

    –¡Estás siguiendo al muchacho! Tenés pinta de sospechoso, más a esta hora de la noche vestido así –la linterna no enciende, le da unos golpes contra la palma de su mano. El gabinete hace ruido, seguramente se aflojo de tanto maltrato. Su compañero se acomoda el cinturón.

    –Oficial, es mi ropa de laburo, hace un rato salí y ahora estoy yendo a mi casa.

    –¿De qué trabajas? ¿Qué tenés en la mochila? –alumbra su hombro, luego su mochila mientras gira a su alrededor; realiza un sondeo. El compañero se queda abrazando una escopeta a dos metros de distancia.

    –Soy profesor de la Escuela Secundaria de Ladrillos y escritor de un humilde blog. En la mochila llevo mis instrumentos de trabajo –lo mira fijamente demostrando respeto, a su vez oculta un poco de nervios.

    –Mostrame tu identificación personal y vaciá la mochila. Te vamos a cachear –ambos se miran. El oficial hace unos movimientos con la cabeza, su compañero baja el arma, saca un folleto del chaleco antibalas y una birome de su bolsillo. Por los intentos que realizó, al parecer la birome no anda; finge escribir.

    Apoya la mochila sobre el suelo y está con su peso aplasta el pasto. Junta sus manos y abre la mochila en dos mitades. Saca papeles rayados y lleno de garabatos, una pluma de lechuza, un cuaderno todo rayado y más pavadas.

    –¿¡Vos me estás cargando!? ¡Esta mochila no tiene nada! –eleva la voz el oficial. Expresa catarro producido por tanto fumar.

    –Se lo dije oficial, son solo cosas mías… de trabajo.

    –¿Tus cosas de trabajo? Estas son todas porquerías –enojado de tantas vueltas su paciencia parece acabarse. El compañero mira sus uñas.

    Filpo contesta cada pregunta realizada, con algo de temor, intentando respetar al oficial. Sin embargo el señor palpeador, todo lo contrario, agresivo, con la idea fija de que es de noche y Filpo actúa de manera sospechosa. ¿Por qué deposita tanta desconfianza en alguien que camina encapuchado a horas de la noche por una plaza? Qué sé yo.

    El tiempo lentamente se pierde, desde hace varios minutos se encuentran inmersos en la situación, sin llegar a un acuerdo concreto, sin saber qué buscan de él para dejarlo ir. Entonces, el clima se rompe al escuchar el radio que se encuentra en el auto. Necesitan refuerzos de carácter urgente en el Puerto de Ladrillos. Al parecer un remolcador se hundió en el río afectando a nueve tripulantes de los cuales ocho están siendo salvados por un pescador y uno aún sigue sin aparecer. Corren directo al auto dejando libre a Filpo; continúa su camino.


Llega a su casa, encuentra a Paquito mirando APV TevéShow. Está sentado tranquilo, tocando con sus pies que no llegan al suelo a Inquieta que yace desparramada hasta escuchar el ingreso de Filpo. APV TevéShow no es para niños, como todos noticieros. El canal actualmente se encuentra cada día innovando, tratando de atrapar a todo tipo de público. Los nuevos personajes que aparecen disfrazados parecen entretener a su pequeño hijo. Además, ¿le importaría a un niño de tan solo cinco años saber que inauguraron un nuevo depósito para vehículos incautados sin buscar una manera de concientizar a la gente sobre seguridad vial? Filpo decide cambiar de canal.

    Luego de contar detalladamente su día, compartiéndolo y expresando ciertas emociones por haber conseguido el repuesto de su auto viejo, se hace el primer aperitivo borracho y se dirige a la computadora.

    Dicen los viejos que hay que desayunar como reyes, almorzar como príncipes y cenar como un mendigo. Bueno… salvo hoy que está de moda el nutricionista, de no ir estarías comiendo inadecuadamente. Sin embargo, padre e hijo, todavía intentan vivir de las viejas costumbres para que sigan perdurando. Como Filpo comienza a escribir su nueva edición y a los tres renglones el apetito acecha con aspecto feroz, prefirió preparar una picada.

    Se sienta junto a Paquito mientras toma otro aperitivo borracho. Paquito toma jugo natural exprimido. Los chicos menores de dieciocho años, en la ciudad de Ladrillos, no toman bebidas alcohólicas. Como en todo el mundo. ¿No es cierto?

    Imagina qué diría Juguete al ver la tremenda picada que está sobre su mesa. Gracias a un boludo de escritorio, que se sentó a tipear líneas y líneas de un espléndido proyecto, como trayecto a la manzana, hoy disponemos de envíos de fotos por celular. En ningún momento dudó en sacarse una fotografía junto a la tremenda picada para que muera de envidia su gran amigo al recibirla. Total, desde que tiene tendinitis en el dedo de tanto usar su celular, qué problema habría en usarlo una vez más.

    Recordó que la aplicación en la cuál realiza la transferencia tiene que actualizarse. A raíz de no haber comprado el paquete de datos por esperar la publicidad de descuento, decide utilizar la red inalámbrica. Desde la cocina no tiene señal, así que se acercó al modem. Como éste no emite señal, después de diecisiete golpes y trece azotes, lo reinicia. Sigue sin funcionar. Carente de felicidad por no enviar la foto, fue al patio a utilizar la red inalámbrica de la vecina… “Envío realizado con éxito”. Regresó a la cocina.

    Termina de comer y corre dirección a su escritorio. Se rompe el dedo chiquito del pie con la pata de la mesa y automáticamente evoca una compañera torpe. Llega rengueando con brillo de lágrimas en sus ojos, se sienta y comienza a escribir.

    Realiza una breve lectura para entrar en sintonía. Las últimas líneas cuentan que un trabajador de la ciudad de Ladrillos, fallese en la laguna ecológica de la contaminante planta industrial. Al terminar de leerlo, en lugar de seguir escribiendo, comparte tonterías a través de su teléfono celular. Si bien dejó plasmada la noticia en su blog, al fin y al cabo, en menos de un mes todos lo olvidarán, menos su familia.

    Paquito sigue mirando tevé.



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