Siguiendo un capricho, se había
empecinado en saber qué hacía su papá cuando cruzaba la calle las noches en que
su mamá laburaba de playera en la estación de servicios que estuvo muchos años
a diez cuadras. Esperaba firme detrás de la ventana largas horas hasta quedarse
dormido en el sillón. La respuesta de su papá a todas las preguntas siempre fue
la misma, “no te acerques jamás, podrían pasarte cosas horribles”. El niño sólo
espiaba pensando qué clase de vecinos enfrentados se reúnen las mayorías de las
noches, y además, si pasan cosas horribles cómo es que papá iba a esa casa.
Cuando sus padres coincidían el
horario del almuerzo, religiosamente el noticiero estaba de fondo en la mesa
familiar. Entre destacados hechos de corrupción, televisaron la crónica de dos
personas divididas por una calle que al golpearse brutalmente, como
consecuencia, uno había terminado internado. Alarmado el pequeño comenzó a
llorar hasta enrojecerse. Al intentar calmarlo con caricias, su madre se entera
de que papá tenía ciertos episodios con la vecina de enfrente.
Después de haber recordado
historias del pasado, imaginó su destino con la nueva vecina.







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