Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Recuerdo inolvidable





Un recuerdo al inicio, apareció en mi momento de ocio, cuando después de haber trabajado diez horas, entré en la red social. Siete años habían pasado del día que publiqué un meme sobre mi realidad. La primera frase que evoqué al verlo fue, “cómo pasa el tiempo”, y la segunda, “nada ha cambiado en todos estos años”.

    Me recosté en el sillón mirando hacia el techo para reflexionar sobre el hecho. Varias preguntas sin respuestas me alarmaron. La historia se repite día a día preocupándome de la misma manera.

    Odio, eso es lo que siento. El mismo se comporta como un veneno que me aniquila lenta y psicológicamente. Me abruma. Me atosiga hasta convertirse en una carga física y moral que me resulta una sensación difícil de soportar. Quedo tan vulnerable y envuelto de estrés que me enfermo hasta entumecer los músculos y apretar la mandíbula de manera inigualable. Sí, odio como nunca odié en mi vida.

    La conclusión de la reflexión que surgió estando recostado en el sillón fue la de ver un video de autoayuda. Aunque la batería de mi celular estaba a punto de agotarse (como mi paciencia), necesitaba googlear para encontrar respuestas. Miré un video que me pareció bastante básico y demasiado religioso. Luego vi uno teórico y relacionado con las neurociencias. El segundo me pareció elocuente y sobre todo porque había tareas a seguir para convertir el odio en amor. Pero, no quiero sentir amor por la persona que me daña diariamente. Entonces, los videos pudieron aclarar mi postura al respecto, así que más que modificar mi personalidad para no salir dañado, busco hacer justicia para que otra persona no sea envenenada por el maligno que tanto odio.

    Entre la información que procesé en mi interior, relacioné que las heridas que pasan a ser huellas a causa del odio, son marcas que quedan en los recuerdos. Además, recordé la frase célebre “ojos por ojos, dientes por dientes”. Esta vez, estará más presente que nunca si estoy convencido de hacer justicia.

    El odio enceguece. O mejor dicho, actúa como unos anteojos que me distorsionan la realidad. Veo sangre con estos puestos. Quien me ha hecho odiar de esta manera merece lo peor. Y tengo pensada cada verbo para mi liberación.

    La venganza se llevará a cabo en la casa que hace muchos años pertenece a mi familia y que está en el pueblo aledaño. Hace tiempo que está deshabitada. Abandonaron semejante inmueble para venderlo y repartir la herencia, así que nadie la visitará cualquiera de estos próximos fines de semana. Igualmente es necesario no confiarme de la premisa anterior, por eso compraré pasadores y cerraduras nuevas para reforzar las puertas y ventanas. La seguridad es fundamental para aquellos vecinos chismosos que vean o escuchen algo desde el interior de la casa. Si bien en el pueblo las casas están alejadas una con otras, es necesario prevenir cualquier ingreso a la propiedad privada. A los vidrios de las ventanas los pintaré de color blanco, como cuando hay una obra en construcción, y por el lado de adentro colgaré cortinas gruesas para que las luces encendidas no se noten desde afuera.

    En el comedor prepararé la mesa principal como para un gran banquete. Alrededor de la misma, pondré algunas velas para que iluminen, casi como una cena romántica acompañada de música clásica: dicen que del odio al amor y del amor al odio hay un solo paso.

    En cada una de las patas de la mesa amuraré con firmeza unas cadenas, con las cuales, una vez desnuda y recostada la víctima boca arriba, ataré sus extremidades. Ese día procederé descansado, listo para hacer fuerza en acomodarlo, pero primero tendré que encontrar la forma de dormirlo para trasladarlo.

    Esperaré sentado frente a él, observándolo pacientemente de pies a cabeza hasta que despierte. Seguramente comenzará a gritar y a llorar, momento en el que miraré con una sonrisa macabra, ya que para mí serán música para mis oídos. Se dará el susto de su vida antes de que llegue la mejor parte.Por último, me acercaré lentamente para olerlo, y sentir sus aromas corporales. Allí comienza la tortura: se sentirá hostigado, oprimido; será el peor momento de su vida, querrá escapar. Pero no se imagina que la tortura es peor: le comeré un pedazo de brazo, lo masticaré hasta formar un bolo alimenticio y se lo escupiré en la cara. Seguiré comiéndole un pedazo de pierna y haré lo mismo. Entre cada mordisco le pondré sal y vinagre a la herida. Hasta no verlo desangrado y masticado por casi todo el cuerpo no dejaré de arrancarle bocados. Si él quiere dejarme huellas, yo les dejaré las mías.



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