George Orwell es uno de mis referentes literarios favoritos. Aún hoy sus ficciones me siguen impactando por todo lo que significan y provocan. Pero es en sus textos periodísticos —crónicas, artículos y ensayos— donde más me identifico con él. En ese terreno, lo siento parte del “género del palo”, como decimos en Argentina cuando alguien representa lo que uno piensa y siente.
Como no he escrito nada en este blog sobre él, empezaré por lo más simple y ahí quedará hasta la próxima mención: el escritor se llamaba Eric Arthur Blair y nació en la India el 25 de junio de 1903, que en ese entonces era una colonia británica. Eligió el seudónimo a sus 30 años, según tengo entendido por “George” el nombre más común para aquel entonces y “Orwell” uno de los ríos más importantes de Inglaterra. Con ese seudónimo, pasó a ser conocido en la literatura política, tal como le gustaba llamar a sus obras.
El artículo que da título a esta crónica fue leído del libro Tiempos críticos, una selección de artículos y ensayos centrada en las artes y la literatura. En dicho texto, retrata con ironía mordaz la vida de un crítico literario como un ser atormentado por su oficio. El protagonista, un hombre prematuramente envejecido a los 35 años, aparece sumido en el caos: su escritorio es un campo de batalla de papeles polvorientos, facturas sin pagar, cartas sin responder y libros enviados por editoriales que debe reseñar contra su voluntad. La llegada de un paquete con cinco volúmenes que debe reseñar "juntos" lo sume en una parálisis moral; los libros tratan temas que desconoce y su sola presencia le provoca un asco comparable a «comerse un pudin frío de harina de arroz con aceite de ricino».
A pesar del desdén, el crítico cumple mecánicamente su tarea: trabaja toda la noche hojeando libros con cinismo («¡Dios, menuda chorrada!», escrito por él) y entrega su artículo a tiempo, pero el proceso lo deja exhausto, malhumorado y con los nervios destrozados. Orwell denuncia así la hipocresía del sistema literario: los críticos elogian "basura" por obligación, inventan reacciones falsas ante libros que desprecian, y su trabajo se reduce a una fábrica de reseñas indiscriminadas (unas 100 al año). La consecuencia es la degradación humana y la imposibilidad de la crítica honesta.
Al margen de que el texto me haya interpelado profundamente por el ataque a la Cultura, Ciencia, Tecnología, docentes e Intelectuales en Argentina, quedé pensando en cómo esta cuestión se ha desvirtuado en tiempos de redes sociales. ¿Qué habría pensado George Orwell frente a la avalancha de reseñas en Instagram, TikTok o YouTube, producidas más para atraer seguidores, acumular likes y monetizar que para dialogar con la obra misma? ¿Lo imaginaríamos hoy como un crítico literario enfrentando a las nuevas formas del totalitarismo digital, corporativo y estético? Jamás lo sabremos. Pero justamente por eso, porque no está para decirnos qué pensar, la tarea es nuestra: reflexionar, incomodarnos y preguntarnos qué lugar ocupa hoy la palabra crítica en un mundo saturado de imágenes y estímulos.






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