Suena el timbre. Con mucha
algarabía todos se retiran rápidamente por los pasillos húmedos de la Escuela
Primaria de Ladrillos. Entre todos los que descienden escalón por escalón de la
escalera del portón principal. Paquito se despide de su día escolar.
Se lo
nota preocupado, su rostro lo expresa. Saluda a algunos chicos, estos no
responden. Comienza a caminar hacia su casa.
Pateando
piedras, piedritas, mufa, pateando. Caminando con las piedras. Mirándolas rebotar
sobre el suelo sin alguna dirección, tratando de que la patada no sea fuerte, así
evitaría golpear a algún peatón que se encuentre en la misma vereda. Mucho
menos que la piedra impacte contra el vidrio de una casa o un auto.
Lamentablemente tarde se dio cuenta. Una señora le dio un tirón de orejas por
haberla golpeado con una piedra su canilla. Ahora Paquito no solo caminaba
preocupado, sino también con dolor en su pequeña oreja.
No
demoró mucho tiempo en llegar. La caminata no lo cansó, pero si el exagerado
peso que tenía su mochila. ¿Cuántas cosas puede llevar un chico de solo cinco
años? Qué sé yo.
Abre
la puerta y encuentra a Filpo rodeado de papeles, concentrado, con centenas de
letras escritas en su pizarrón. Sonríe y abandona sus cosas cuando lo ve.
–¡Hola,
Paquito! ¿Qué onda? ¿Por qué esa cara? No me vas a decir que otra vez la
señorita dijo que no le preguntes tantas cosas. Si sabés que a las seños le
molestan los chicos preguntones. No seas hincha pelota –se acerca a recibirlo.
Paquito, teme decirlo.
Su
padre lo fastidió con el monólogo. Con nervios, llorando y moqueando comenta
que tiene un listado de materiales para un trabajo de la materia actividades
prácticas. La semana siguiente comenzarían a hacer un regalo para quien
corresponda entregar el día del amigo. Filpo se asombra del suceso. Se
arrodilla junto a él, trata de calmarlo con una palmada en el brazo.
–¿Qué
pasa Paquito? ¿Cuál es el problema? En algún momento vamos juntos y compramos
los materiales. Aún nos queda una semana.
–Papá,
el problema es que no tengo amigos. Ningún compañero quiere jugar conmigo.
Quiero que me compres un celular. Los chicos de la escuela, tienen esos tipos
de amigos.
–Paquito,
solo tenés cinco años. El celular lo vas a tener cuando seas grande y sobre
todo, responsable. Vamos a hacer una cosa. Googleemos cómo hacer amigos y nos
informamos mejor.
Se
sientan frente a la computadora padre e hijo. Con mucha paciencia explica cada
paso, enseñando, cómo buscar en internet. Paquito se burló de él, diciéndole
que maneja mejor la computadora.
De
varios sitios web compilaron los mejores datos unánimemente. Paquito se
entusiasma, imagina tildar cada casillero del listado que escribe.
Una vez
finalizado, dobla el papelito con las instrucciones para hacer amigos, lo
introdujo en su bolsillo caminando a su habitación. Intenta no molestar a
Inquieta que seguro está durmiendo cerca de su cama.
En la mañana siguiente en su auto
viejo se dirige a la ferretería. Escuchando música a volumen medio y fumando un
pucho, tira la ceniza por la ventanilla. Marcha aburrido observando la ciudad
Ladrillos, más que al tremendo tráfico que acecha. Generalmente, es un poco
distraído al volante.
–¿Qué
está pasando en la ferretería? Justo cuando tengo que comprar algo, están todos
los periodistas. Iré a ver qué paso –balbucea entre labios. –¿Qué pasó, señor?
–Golpearon
brutalmente a un inmigrante con un martillo. La prensa acaba de llegar para
realizar un reportaje sobre los tipos de martillos y su utilidad –señala el
ventanal de la ferretería.
–¿Y…
tantos periodistas y tantas cámaras para eso?
–No
lo sé pibe, soy inspector de colectivos.
Espera
unos minutos, cuando se retiran, entra a la ferretería. Pide cuatro ganchitos
para colgar llaves. Solo le falta conseguir veinte centímetros de cualquier
tipo de madera para cumplir con tal lista de materiales para la clase de
actividades prácticas. Camina hacia su auto viejo buscando en sus bolsillos la
llave del mismo.
–Hola
hijo, ¿cómo te fue en la escuela? Tengo los ganchitos para el colgador de
llaves que le vas a hacer a tú amigo. La madera te la trae el tío Cala, a la
tarde. ¿Pusiste en práctica la lista? ¿¡Qué te pasó en el ojo!?
Paquito
se acerca a la cocina donde su papá está cocinando. Olor a milanesas a la
napolitana rodea el lugar. La mesa está lista, solo falta el toque final,
colocar los platos, los cubiertos, la bebida y la comida, sobre ella. Corre una
silla y se sienta mirándolo.
–Papá,
no funcionó nada de lo que escribimos en el papelito. En la hora de la señorita
Griscelda, invité a sentarse conmigo a un compañero y me pegó una piña creyendo
que gusto de él. Quise integrarme en el recreo en un grupo y me echaron por
charlatán. Busqué coincidencias observando a cada uno de los nenes y nenas, no
encontré a nadie con mis gustos. A nadie le intereso. ¡Quiero un celular para
poder boludear como todos los chicos sin vida social!
–Bueno,
Paquito, no hagas caso. Son solo chicos. Vení, jugá un ratito en la computadora
qué papá termina de cocinar. Hoy cuando vaya a trabajar, viene el tío Cala a
traerte el recorte de madera para hacer el colgador de llaves. Él seguro sabe
cómo hacer amigos; es re vendedor –como Paquito se expresaba de manera alborotada,
lo toma de los hombros, camina cuatro pasos lentamente junto a él, corre la
silla y lo hace sentar bien arrimado a la mesa. Luego le da la computadora que
estaba sobre la mesada. Le mete el dedo en la oreja de forma molesta y se
retira. Una vez que retoma la cocina se da cuenta de que apagó la hornalla
mientras charlaban.
Automáticamente
al encenderse la laptop, se conecta en la red social para conseguir algún
amigo. Excelente idea se le había ocurrido. Navegó en cientos de páginas, la
red social manifestó sugerencias, recomendando gente según sus gustos. Además
tiene disponible varias solicitudes de amistad a partir de su residencia.
Encontrándose así, de esta manera, rodeado de posibilidades para tener su
amigo. Él solo debe escoger a la persona indicada; cómo saberlo.
La mañana del viernes finalizó el
tan esperado colgador de llaves. El mismo sería entregado a Lejitos, su amigo
de la red social. Esta vez descendió la escalera del portón principal de la
Escuela Primaria de Ladrillos, con una sonrisa en la cara y un colgador de
llaves como regalo del día del amigo. Camina pateando piedras, de felicidad.
–Papá,
el domingo es el día del amigo, mirá el regalo que le voy a dar a Lejitos
–estira sus brazos mostrando el colgador de llaves, como los alemanes levantando
la copa del mundo. Lo muestra a su padre muy emocionado.
–Buenísimo
Paquito, mañana se lo llevamos. ¿Cómo lo conociste a tu amigo Lejitos, sabés
dónde vive? –borra el pizarrón, mira de reojo.
–Vive
en la Quiaca, papá, lo conocí a través de la red social, es un chico muy bueno.
–¡Pero
hijo! ¿En la red social, tenés una y no me dijiste nada? Bueno, te felicito. El
problema es que la Quiaca queda al norte de la Argentina, muy lejos de aquí.
Tardaría días en llegar el regalo y sería muy costoso.
Todas
las ilusiones se desbordan como el Paraná borrando las orillas y logrando
acabar con todo lo que rodea. Se inunda en un río de lágrimas sintiendo fallar
a su único amigo. A simple causa, nuevamente trataría de comenzar. Restaurar lo
poco que queda, a solo fuerzas de voluntad. Trabajando firmemente haciendo
hincapié en finalizar en poco tiempo para poder dormir tranquilo a la noche.
Después
de tanto buscar la manera de agasajar a su amigo, ya que no pudo enviar el útil
colgador de llaves que hizo en la Escuela Primaria de Ladrillos. Se encerró en
su dormitorio. Sobre el suelo trabajó duro en un excelente collage que preparó
pegando imágenes de los mutuo gustos. Una vez seco el collage escribió “Feliz
Día Amigo” y pidió a su papá que lo escaneara para subirlo a la red social.
A pesar de la distancia que separa a
Paquito de Lejitos, ambos disfrutaron el día. Además, no hizo falta regalarle
el útil colgador de llaves que hizo en la escuela.







0 Comentarios:
Publicar un comentario