Esta
historia comienza con la fortaleza de los padres de Hilda que junto a familias
de trabajadores portuarios y ferroviarios despedidos comenzaron a construir un
asentamiento a partir de 1930. Desde sus orígenes las ollas populares alimentaron
una serie de casas precarias que se edificaron en el barrio de Retiro, entre la
Estación y Puerto Nuevo.
Al principio
llamaron al asentamiento como “Villa Desocupación”, hasta que nuevos vecinos la
renombraron “Villa Esperanza” porque renovaron las oportunidades de adquirir un
hogar, puesto que fueron marginados como la familia de Hilda. En las afueras
del asentamiento denominaron al lugar como la “Villa de los inmigrantes”, pues se
dijeron varias aberraciones sobre los trabajadores desocupados de nacionalidades
europeas. Años más tarde, a partir de la década del 40, comenzó a adquirir la
fisonomía con la que la conocemos.
Hoy, el
pequeño asentamiento que encabezó la familia de Hilda, es conocido como la
Villa 31. El número corresponde a la cantidad de hectáreas que abarcó el
territorio al momento de identificarla.
Las brutales
políticas de ajuste en la década de los 90 aumentó la comunidad notablemente
(el doble), agregándose la “Villa 31 Bis”, alcanzando treinta y dos hectáreas,
con una población de cuarenta y tres mil habitantes que viven en un total de
diez mil viviendas. Según los censos realizados en el 2016, hay cuatro mil
cuatrocientos barrios vulnerables en todo el país, de los cuales tres millones
y medio de personas viven en asentamientos, y más de la mitad son niños y
jóvenes. Es importante que estos datos formen parte del relato.
Las familias
son numerosas, están compuestas principalmente por madres solteras con muchos
hijos e hijas que colorean la villa, polarizando con sus voces intensas los
ruidos de los disparos, frente a los montones de basuras que perfuman la zona. Algunos
periodistas establecen que el destino de estos pequeños es el inicio de una
temprana vida sexual o drogarse en las esquinas.
Nunca se
desprendió de sus raíces inmigrantes, actualmente poco más de la mitad de la
población son de países vecinos como: Paraguay, Bolivia y Perú. Pero,
inmigrantes los llaman los vecinos de otros lugares que no padecen rechazo.
Inclusive la gente del interior que se deja influenciar por los medios
hegemónicos de comunicación. En cambio, me imagino que se consideran a sí mismo
como los mejores bailarines de la cumbia, los impulsores de la coca afuera del
kiosco y únicamente los divide un arco de otro en un picadito en el que “Maradonas”
no son conocidos por el mundo.
Es demasiado
difícil alcanzar a pagar un alquiler por los altos índices de desocupación que
se agravan con las tarifas impagables. En los clasificados locales, una pieza
en la villa sale entre dos mil y cinco mil pesos mientras que en Puerto Madero
cuesta entre tres mil y ocho mil dólares. El negocio inmobiliario no contempla
la falta de trabajo, la paga en negro y los sueldos bajos en general. Las personas
ajenas a la marginalidad y la exclusión (barrios y localidades de alrededores) difícilmente
contratan a un trabajador con una dirección en el currículum tan manchada en la
sociedad. Encima, es peor para las mujeres, que no tienen la posibilidad de realizar
“changas” como los varones; su mayor logro es trabajar como esclavas domésticas
en nordelta.
La principal
característica que los diferencia del resto de la población argentina es su
facultad como constructores y albañiles. Sin embargo, la mayoría de las casas
no cuentan con los servicios básicos indispensables ya que no hay agua
corriente, tendidos eléctricos con medidores domiciliarios, ni redes cloacales,
ni mucho menos títulos de propiedad. Lo que existe es gracias a la puesta en
marcha de los vecinos organizados que se ayudan los unos a los otros.
La falta de
urbanización y construcciones de accesos (que no pueden hacer los vecinos
organizados por la falta de maquinarias como palas retroexcavadoras,
aplanadoras, martillos neumáticos, entre otras) desembocan en la dificultad de
accesos para las ambulancias. Hubo muchos casos de madres que dieron a luz
antes de llegar al hospital y almas que abandonaron sus cuerpos como
consecuencia de enfermedades crónicas. Igualmente sucede con quienes tienen
capacidades diferentes quedando en manos de la solidaridad de los vecinos.
Para los
niños y los jóvenes se expresa un crimen social del que nadie habla: no hay
escuelas, ni jardines maternales. Desde pequeños acostumbran a caminar y
trasladarse durante horas para educarse. Conviene subrayar el caso de los
adolescentes desertores del sistema educativo: las razzias, el gatillo fácil y
la brutalidad policial se convierten en letras de rap y el odio en su religión.
Pareciera
que a las personas de la Villa 31 las condena el rechazo que impulsaron a la
familia de Hilda a construir sus viviendas por sus medios. Pero también existen
casos en que la exclusión se apaga. Como por ejemplo para Rufalda, una conocida
de Hilda, que vivió en la manzana 12 y murió entre las llamas de los objetos de
su habitación. Las velas que alumbraban su hogar, cayeron en su cama mientras
descansaba con sus 90 años.
Para
terminar, hay una conclusión que subyace en esta historia: por un lado la
fortaleza de los vecinos organizados para levantar una villa con tantos
habitantes; por el otro la desigualdad que el Estado reproduce año a año.







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