Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Saluda a los patos en el cielo. Purirú de Mariano Quirós

 




En el Club de Lectura Conversaciones en el Buen Libro de San Nicolás, tuvimos la oportunidad de charlar con Mariano Quirós. Reescribí y armé un apunte breve sobre la primera parte, Saluda a los patos en el cielo, pensando en algunas definiciones que él comentó sobre el río. Pero antes, ¿conocen la teoría del iceberg de Ernest Hemingway? Es una técnica que sostiene que el significado profundo de una historia no debe aparecer explícitamente en la superficie del texto, sino que debe quedar implícito en lo que se omite. Para Mariano, el río funciona de la misma manera, pero relacionado con los miedos que nos genera no saber qué hay en su interior: desde basura y aceites chorreados por multinacionales, hasta cuerpos que dejaron los narcos, entre otras cosas.


Mariano Quirós nos muestra que la zona del litoral no es solo el lugar donde pasan las cosas, sino algo que demanda y termina haciendo daño sin hacer ruido. La naturaleza es dura y decide qué les pasa a las personas y a los animales. Todo empieza cuando pasa una bandada de doce patos volando hacia el río y, aunque le sirve para la trama, es una trampa disfrazada. Para el perrito Indio, esos patos son algo que no vale la pena perseguir y que nunca va a alcanzar, como una ilusión que lo lleva a un lugar que no es para él. El río Paraná es como si tuviera vida propia y decidiera qué pasa con los perros. Sus aguas son muy frías y tienen como una sustancia aceitosa que se te queda pegada al cuerpo sin ninguna piedad. Los remolinos son muy fuertes y están formados de tal forma que no hay nada que hacer contra ellos. Para sobrevivir tenés que dejarte llevar hacia el fondo, pero el Indio se da cuenta de eso demasiado tarde. Su muerte no se cuenta como algo heroico ni grande, sino como si se fuera entregando: el agua le quema el pecho, le llena los pulmones hasta que deja de ser él, su cuerpo se pone sucio y se hincha hasta quedar irreconocible.

Toda la historia tiene un ritmo medio lento, como si uno estuviera medio dormido o aturdido, y eso viene de la sustancia que le da nombre al libro, el Purirú. Por eso la narración va y viene todo el tiempo: por un lado, está Mateo remando con desesperación, con las manos llenas de ampollas y al mismo tiempo su mente se va hacia el pasado a la casita donde vivían. Así pasamos de la urgencia de tratar de salvar a Indio a ver cómo era la vida en aquel entonces, con su mamá alcohólica que estaba siempre mal y las situaciones tensas que vivía su hermana Lucre. También cambia entre momentos tranquilos, como cuando Mercedes está tirado en cualquier lado, borracho y sin hacer nada y otros donde aparece la violencia de golpe, como cuando se acuerdan de que él mató a Pepeu a puñaladas. Todo esto hace que se sienta como si hubiera algo oscuro que lo cubre todo, donde lo malo y esa sensación de estar aturdido van juntos.

También importan mucho los sonidos, que van cambiando hasta llegar a la muerte. Al principio se oye el graznido de los patos, después se escuchan cosas de todos los días: Mercedes cantando o tarareando cumbia o reggaetón, el ruido de la escalera cuando alguien la usa, o los pájaros haciendo ruido sin sentido. Y lo más fuerte y triste pasa cuando el Indio se está ahogando: en ese momento, los ruidos que antes le daban miedo se transforman en algo suave, como una música que se va moviendo. Para él, el final no es quedarse en silencio, sino sentir esa calma, como si el río lo estuviera abrazando y dejándolo descansar, como si fuese el gran protagonista de esta historia. Con todo esto, Mariano nos muestra que la belleza de ese lugar, con sus aguas de color oscuro y esa sensación de pesadez, va siempre de la mano con lo peligroso que puede ser, y que no se puede separar una cosa de la otra.


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