Se acercó a la ventana. Con una
suave caricia desliza la cortina sobre su mano; el vidrio estaba húmedo y una
gota caía formando una grieta sobre lo empañado; permitió ver: un camión
fletero estaciona enfrente. Se imaginó en guerra con su nuevo vecino.
Para arrojar al suelo con suma
decisión, la duda que en cualquier momento sola caería como en el vidrio la
acumulación de humedad con forma de gota, abrió la puerta y comenzó a caminar
con intensión de saludarlo. Cruzó la calle sin ver, pensando que por fin todo
estaba saliendo tan bien que imaginaba un futuro próximo junto a ese otro que
recién se está mudando.
A pocos pasos del camión, desde
la vereda, empezaba a palpitar el posible saludo. Observaba hacia adentro
mientras avanzaba, como a nadie veía cambió su mirada hacia la ventana. El
vecino nuevo, que apurado estaba por ingresar sus cosas a la casa, trotaba con
prisas en dirección al camión. Ambos chocaron tanto sus cabezas, que el fletero
asustado al oír, pensó que algo se había roto y corrió a averiguarlo. Cuando
llegó, lo único que vio, fue vecinos enfrentados.







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