Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

“Cada ser, un enigma”, por Hugo Esterházy





Poco a poco pude notar,

que en la vida hay más de una realidad,

cada casa es un mundo, cada mente un planeta,

donde tus ideas

forman tu personalidad.

PITY ÁLVAREZ


En la novela Arderá el viento de Guillermo Saccomanno, la figura de Esterházy aparece como un personaje que, entre ironía y borrachera, despliega reflexiones que desbordan lo anecdótico. El fragmento que analizaré para este texto, es el número 14 de la obra, y se sitúa en una escena de bar, donde su discurso se convierte en un “sermón” sobre la condición humana y el enigma interior de cada ser.

Esterházy, inspirado por la ginebra, afirma: “Cada ser, un enigma”. A partir de allí desarrolla una visión sobre lo invisible (el inconsciente) que habita en cada sujeto y en las familias, un “adentro” que no puede ser descifrado ni por médicos ni por observadores externos. Su monólogo se expande hasta abarcar la humanidad entera, describiendo cómo los enigmas individuales se fusionan en un “abominable enigma” colectivo.

El capítulo funciona como una metáfora del lado B de la identidad. El “adentro” que menciona Hugo Esterházy no es fisiológico, sino existencial: deseos, pasiones y pulsiones que escapan a la lógica del bien y del mal. La escena en el bar, con los oyentes fingiendo comprensión, refuerza la idea de que el discurso filosófico se mezcla con lo cotidiano, generando un contraste entre lo trascendente y lo banal.

Aunque el fragmento parece un desvarío de borracho, su contenido se enlaza con uno de los ejes de la obra: la imposibilidad de conocer plenamente al otro y la fragilidad de las relaciones. La figura de este personaje, con su mezcla de lucidez y ridículo, encarna esa tensión entre revelación y farsa.

Elegí el fragmento porque me gustó mucho y muestra cómo la novela utiliza voces como la de este personaje para desplegar una reflexión: la vida en común está atravesada por enigmas indescifrables que, al juntarse, pueden convertirse en fuerzas destructivas. El sermón, entre la risa y el desánimo, nos recuerda que la literatura puede transformar una escena mínima en una interpelación sobre la condición humana.


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