En la esquina del bar que discriminó
públicamente por las redes sociales a los jóvenes que llamó “wachiturros”, un
patrullero de la VI se detuvo a 45 grados en la ochava. Dos milicos se bajaron
dejando el motor encendido para rodear a dos púber que por sus apariencias,
tenían una edad aproximada entre 11 y 13 años.
En el profesorado de la ciudad una charla fuera
de lo común convocó a unos cuantos estudiantes. Se trató sobre la “educación en
contextos de encierros”. Un docente que trabaja en la cárcel de San Nicolás,
habló que el 85% de los presos no tienen una condena que cumplir; de cómo la
sociedad rechaza a los encarcelados; criticó el sistema penal en su conjunto,
el accionar de la policía y el negocio corrupto de la institución en general
que incluye a los políticos, jueces y abogados. Escribir sobre la charla en sí,
conllevaría más de un texto.
Conversó más de una hora con mucho énfasis
sobre pedagogía, didáctica y cultura carcelaria. También sobre cuáles son los
mecanismos para que perpetúe la institución policial. Al final, intervino una
maestra de educación inicial, comentando que en su salita tiene pequeños que
son hijos de detenidos. Dice que tanto la escuela primaria como la secundaria
están militarizadas y rodeadas de milicos y patrulleros. Diariamente los
docentes presencian el hostigamiento y la persecución a los jóvenes. Los discriminan.
Los cachean. Luego, afirma que directamente la zona norte de la ciudad está
militarizada y que los barrios de allí están condenados socialmente por el
resto de la sociedad nicoleña.
El docente alarmado por el relato de la
educadora le da la razón. La zona norte es un sector que además de sufrir necesidades
básicas, no hay un día que no vuelen tiros como si nada. Los pibes, las esposas
y familiares del lugar están hartos de la situación de inseguridad que se vive
con la policía. Explica que cuando una persona sale de la cárcel, es porque
cumplió su condena. Es decir, si les dan 3 años por robar un kiosco y cumple consecuentemente
con la condena que dictamina el juez, ya está, se terminó, y nada más los
vincula. Sin embargo, el problema es, que al estar las personas de los barrios
condenadas socialmente y estigmatizadas, en la primera denuncia que se realice,
como primera medida los superiores cercan de patrulleros la casa de “tal” ex recluso
por el simple hecho de tener antecedentes. Entonces los milicos van, allanan y desvalija
la casa, una y otra vez. Incluso llevan la problemática a los medios sin una
respuesta concreta del fiscal. Las personas que cumplieron su condena están
cansadas de que no les dan laburo, de la sociedad que los segrega y muchas,
cargadas de bronca, vuelven a robar y a ser encarcelados.







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