Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Descongelar el congelador




De grande comprendí que muchas veces discutieron mis padres por descongelar el congelador. Cuando menos nos dábamos cuenta, otra vez surgía el problema, ¿quién descongela el congelador?

    Mi viejo enojado siempre nos decía que “si alguien fuera el hielo del congelador, terminaría como tal”. No lo había entendido hasta que me tocó descongelarlo. Cuando lo desenchufé, el hielo empezó a derretirse y el congelador se desagotó por completo. Terminó en un charco de agua sobre el suelo. El hielo no solo perdió la solidez, sino también quedó excluido del congelador, su ambiente, al quitarle suministro de energía.



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Trayecto a la manzana




Trayecto a la manzana es una historia/ejercicio que realicé en junio de 2014. La escribí con la intensión de practicar la construcción de personajes y narrador. La publico en este blog después de tantos años, para que la comparemos con las narraciones que voy realizando y así saquemos nuestras propias conclusiones.

    En ese momento, como cábala, salía a caminar para inspirarme. De esta manera, titulé a la historia como “Trayecto a la manzana”, haciendo alusión a una mezcla entre el recorrido de regreso (trayecto) y la tentación de querer escribir (manzana como símbolo de la tentación de Eva, y espacio urbano).

    No es de los mejores escritos que he plasmado. Incluso la persona que me corregía los cuentos y me ayudaba a mejorar, me pidió que me olvide de la historia y escriba cosas nuevas. Sin embargo, opino que me ayudó a sentar las bases de muchos de los posteriores escritos. 


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Tío en el rubro




Cuando en aquella tarde de invierno a mi compañero de trabajo le pregunté qué tal el tío, me dijo lo siguiente: el tío es un viejo avaro que se sigue llenando de agua. Parece que se maneja en el rubro de la plomería. Él, describe el trabajo de la siguiente manera:
Imagina un caño, un segmento de metal galvanizado cilíndrico o del material que evoques, a este por dentro le fluye un caudal de agua. Como es un segmento, tiene un principio que el agua recorre hasta llegar a un final. La clave del éxito es: más agua entra, más agua sale. Así empezó todo. 
Imagina otro caño, ahora éste tiene varias perillas que al trabajar en conjunto hacen posibles el perfecto flujo de agua. Como las perillas son regulables hay que exigirlas para que el agua no solo salga por el final, sino también por las mismas perillas.
El agua no se desperdicia, lo que sale de las perillas también es para el tío.



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Todo es una mentira




Hace mucho tiempo que no dice siquiera una mentira pequeña como el palito de yerba que flota en su mate. Sin embargo, hasta suena ruidoso decir que su dicho podría ser una mentira porque quizás estaría mintiendo. ¿Qué objetivo tendría decir una mentira pequeña como el palito de yerba que flota en su mate? si al fin y al cabo, pequeña o no, sería una mentira.
El hecho de comparar una mentira pequeña, con un palito de yerba que flota en un mate, puede que haya sido la primera excusa efímera que se le ocurrió. A alguien miente: en el supuesto caso de mentir, él sólo sabe que es una mentira; quizás cuando miente, nadie se da cuenta. Sea una mentira o no, a esta altura, ¿qué es una mentira?
La última mentira que dijo, pasó desapercibida, a pesar de que mintió a todos; no se percataron en lo absoluto. Es de los tipos, que con gestos físicos de expresión, acompañan a la oratoria. Hace que no se distinga la magnitud de la mentira que está apuntalando la dialéctica. Puede exhibir una mentira tras otra sin dejar de pertenecer al podio de los que hace mucho tiempo no dicen una mentira pequeña como el palito de yerba que flota en un mate.
Miente de una manera inigualable, ¿se mentirá a él mismo? ¿Nunca cree que miente? Simplemente confía que su mentira no es tal mentira. Todos los que se encuentran en el lugar consideran lo que dice.
Él está convencido: el rouge no pintó la colilla del cigarrillo, sino que la colilla del mismo, lo arrancó de sus hermosos labios. Cualquiera lo hubiese hecho en el lugar de dicha colilla. No es una mentira pequeña como el palito…



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Después de apagar la tevé cuando veía el noticiero




Al golpear el control remoto accidentalmente sobre un vaso, provoca el derrame de la última gota que había quedado; se aleja apurado del asiento. Le tiemblan las piernas y con dificultad se dirige a cerrar la ventana que exhibe el patio. Da medio giro para regresar a la silla y de pie como una estatua comienza a dudar, el miedo lo paraliza. Vuelve a inspeccionar la ventana (la abre): se detiene varios segundos para observar más allá de su cocina. La cierra y la traba, asegurándose.

    Una vez reposado en su asiento recuerda que la ventana del frente también está abierta. La desliza hasta su tope luego de cerrar la persiana. Evoca algo que le puede servir.

    Minutos más tarde, encuentra su vieja cadena reforzada con candado que guardaba en el ropero. La utiliza posteriormente en la acción de atar la reja sin cerradura que cerca su casa a pocos metros de la calle. Rápidamente, entra a la casa. Para cerrar la puerta principal, primero desliza el pasador de la misma. Retira la llave del bolsillo izquierdo, con solo dos vueltas, da función a la cerradura: se siente hermético.

    Sobre la mesa dejó el celular con el número de emergencias marcado.



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Vecinos Enfrentados #09




“¡Seguimos con más show nocturno en radio Poroto, no te canses del insomnio, nosotros hacemos posibles tus sueños!”, apaga la radio de su auto luego de haber llegado de una importante cena. Mientras acomoda un poco el interior del mismo para poder descansar tranquilo, encuentra un escarbadientes en el rincón más oculto de la guantera, lo aloja en su oreja y guarda el auto en el garaje.

    Al cerrar la puerta tiene deseos de realizar una maldad, siente que no puede ir a dormir hasta terminar con semejante sensación; se detiene a ver la casa de su vecino.

    Agarra el escarbadientes después de tocar su oreja y apunta el destino. Comienza a correr hasta cruzar la calle. Se detiene dos minutos atrás de la puerta intentando sacar una conclusión de los movimientos procedentes del interior. “Parece que todos duermen”. Con una mano mantiene apretado el pulsador del timbre y con la otra entierra el palillo oriundo de la picada. Deja el timbre trabado de su vecino de enfrente y corre a descansar.



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Vecinos Enfrentados #08




Allí está, haciendo zapping en su tevé. Todos los programas que le ofrece el único servicio de su ciudad lo aburren demasiado. Corre la silla hacia atrás, gira hacia su izquierda y camina en dirección a la ventana. Observa algunos segundos y parece estar convencido de algo; da media vuelta, en los próximos pasos arroja el control sobre la mesa y se desenvuelve a paso erguido.

    -¿Dónde estará? Siempre que busco algo importante no lo encuentro –revisó la mesita de luz. En el piso no solo están los calzados que normalmente tiene tirado, sino también, sin ningún temor, con mucha prisa, los objetos del cajón desparramados. Entre tantas opciones para distinguir a simple vista sobre el dormitorio, ya que hay sectores del mismo ocupado por sus cosas, lo encuentra. Sale corriendo muy apurado nuevamente hacia la ventana principal.

    La intención de fastidiar se desmoronó en unos simples minutos, el puntero laser invade todo el living pero, la novela ha terminado y su vecino de enfrente ya no se encuentra en tal habitación.



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Vecinos Enfrentados #07




Por novena vez actualizó la página principal que contiene las novedades de la red social en la que participa. Motivos no sobran, sólo buscó enriquecer el poco tiempo de ocio para descansar las piernas de tanto trabajar.

    Entonces otra vez, una melodía particular interrumpe el momento; suena el teléfono, lo contempla hasta el próximo “rin”, y atiende.

    -Escuchame una cosita salame, soy yo. No me simpatizás para nada, pichón. ¡¿Por qué no nos vemos en la calle y charlamos como vecinos enfrentados que somos?! –golpea el teléfono sobre el escritorio, mira hacia el techo y sacude la cabeza mordiendo con mucha presión a puños cerrados. De nervios, luego de salir corriendo hasta chocarse el televisor que casi cae, llega a la puerta de ingreso. Después, con un brusco manotazo sacó el picaporte al escapar de su hogar, se chocó con tres preciosas muchachas de no menos de sesenta años, testigos de Jehová, sonrientes y muchas ganas de platicar largas horas. De fondo su vecino de enfrente señalando con una sonrisa que se aprecia a ancho de calle, lo saluda y se mete en su casa.



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Vecinos Enfrentados #06




Hay cuatro cosas que le gusta hacer en tardes de sol. Una de ella es tomar mates en la vereda ya que le gusta la poca brisa sin prisa que corre por las calles.

    Agarra el mate y casi se le cae el yerbero que presiona entre sus costillas y antebrazo; claro, su otro brazo está ocupado con esa reposera playera que compró muy contento gracias a la inusual oferta del supermercado chino. Apoya suavemente las cosas sobre el suelo, despliega la reposera y se echa para atrás, relajado, estirando sus pies con mucha tranquilidad.

    -¡Viejo de mierda! Cuántas veces te habré dicho que en otoño el arbolito que te da sombra llena de hojas el barrio –refunfuñe fastidioso por la cantidad de hojas secas que hay en su vereda. Cruza la calle y golpea las manos de tal manera que sale la chica de al lado. De repente corre hacia su casa y a los pocos minutos regresa.

    Lo más raro que vio la chica de al lado, no fue la intensidad del vecino de enfrente golpear las manos, sino que fue ver la caía del árbol que acababa de cortar por la mitad.



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Vecinos Enfrentados #05




Mientras eleva e inclina suavemente la pava para cebar el mate de todas las tardes, recuerda que tiene algunas bolsas de basura acumuladas en el lavadero. Desde que los recolectores de residuos fijaron dos días claves para que los ciudadanos se despojen de los desperdicios, no se puede alojar ni amontonar en el canasto que está en la vereda porque enseguida te hacen una multa a raíz de su nueva gestión. ¡No saben lo limpia que están las calles! Además siquiera hay olor despreciable.

    Dejó el mate sobre la mesa. Con impulso e inercia al alejarse de la mesa para levantarse, golpea la pared con la silla. De pie, confiando en sus convicciones, se dirige al lavadero. A los pocos segundos sale de su casa mirando hacia ambos lados, cruza la calle, y deposita en el canasto. Realizó dos veces tal acción.

    Al siguiente mes, sin previo aviso recibe una multa junto a los impuestos. En el momento se preocupó por desconocer el por qué. En el pie de página una citación para ver el video que presentó su vecino de enfrente que grabó con sus cámaras de seguridad.



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Vecinos Enfrentados #04




A pesar de que sus codos están cansados de tanto someterlos  en un rígido apoyo sobre la mesa, aún le queda una última esperanza de cenar en los próximos minutos. Su compañera, quién le anticipó una noche de mucho diálogo, está por llegar a su casa. Es por eso que con mucho amor, no solo la espera, sino también preparó una gran velada. Entonces escucha, penetra por sus paredes de treinta centímetros de ladrillos, cemento y revestimiento de madera, música que apenas permite concentrar sus pensamientos. Un poco enojado sale a gritar “al aire” densas indirectas hacia su vecino de enfrente. Como no funcionó, saca el parlante más potente de su casa apuntando al enemigo, reproduciendo un género extremadamente opuesto e ingresa a esperar.

    Momentos más tarde, llega su mujer enfadada por el disturbio. Defendiéndose explica el por qué en vano, el vecino de enfrente no pudo contra el parlante y apagó la música.

    Situados fuera de su hogar charlando sobre el suceso, ven llegar un auto con el tráiler cargado con dos parlantes enormes y un centro musical.



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Vecinos Enfrentados #03




Comenzó a descargar las bolsas de mercadería del auto. Abrió la puerta de su casa una vez dejada las mismas en el suelo. Cuando ingresa a su hogar, su mujer le llama la atención. Está marcando huellas de suerte sobre el piso recién lustrado. Limpió el jardín de montones por doquier. Al día siguiente vuelve a encontrar y otra vez, a pisar. Su rostro refleja irritación.

    A los pocos días, instala una cámara de seguridad oculta, con grabación absoluta de movimientos. Nadie se escaparía de una situación sospechosa.

    El despertador suena sin cesar, un nuevo día ha comenzado. Se despertó muy feliz ya que está dispuesto a monitorear las acciones nocturnas que lo mantienen preocupado.

    Un sujeto plantado en el jardín, inerte. Simplemente mira a su alrededor, nada hace. Quedó justo frente de la cámara sin darse cuenta; es su vecino de enfrente.

    -¡Vamos, viejo loco! Imaginé que eras vos –se pone de pie fastidioso, rezonga.

    Allí yace, en plena noche. Llamó a su mascota. Parece ser que tal, está entrenada para llenar de suerte el jardín del vecino de enfrente.

    Esta historia continuará.



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Vecinos Enfrentados #02




Parado frente a la góndola, con los cordones desatados. Piensa, discierne según su necesidad de satisfacción qué yerba mate llevará. Parece ser que ninguna lo convence, todas rebalsan de polvillo. Observa a su alrededor, busca algo que él ni siquiera sabe.

    De reojos, ve a alguien a través de la vidriera. El vecino de enfrente camina en dirección al maxikiosco con su bolso de mandados. Su corazón empieza a latir, una nueva oportunidad está a punto de hacerse presente.

    -Hola, dame un paquete de yerba mate… emmm… también, el diario de hoy… fotocópialo diez veces, puedo esperar –balbucea, trata de sonar lo menos sospechoso posible. El vecino se encuentra a solo pasos del ingreso. El plan reside en demorar al vecino para que tal no logre su objetivo; quiere fastidiarlo. Imagina una situación de atención hacia él. Entretiene a la kiosquera, desea dejarlo clavado y que se aburra de tanto permanecer en el lugar para que luego se vaya.

    -¡Vamos viejo loco! ¡Cuándo pensás entrar! –discurre; la kiosquera saca fotocopias. Mientras tanto el vecino de enfrente sigue de largo.



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Vecinos Enfrentados #01




Se despierta en plena madrugada con una gran idea. Al levantarse de su cama camina lentamente en dirección a la ventana que da a la calle. Observa algunos segundos. Nadie se encuentra en la casa de enfrente. Corre a su cochera, abre el portón, enciende su auto y sale marcha atrás velozmente. Estaciona en la orilla del cordón a pesar de estar cometiendo una infracción: la casa tiene un cartel de prohibido estacionar. Vuelve a su casa corriendo, cierra el portón y se termina de desvelar husmeando por su ventana la reacción del vecino.

    -¡Vamos viejo loco! ¿A qué hora pensás ir a trabajar? –pasa una hora. Aún no hay señales de su vecino de enfrente. Comienza a desesperarse. Quiere que su vecino se tope con la problemática de no poder sacar el auto del garaje por tener uno previamente estacionado.

    De tanto esperar se queda dormido en el sillón que había arrastrado hasta la ventana para mayor comodidad. Cuando despierta, al mediodía, ve por la ventana un cartel pegado en su auto que dice: Querido vecino, hoy estoy franco.



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¿Qué ha pasado con el tiempo?




Cuando se dio cuenta, el reloj de arena que alguna vez recibió de obsequio de sus padres cayó al suelo. El tiempo no se detuvo, ya que es el centro de atención; la lupa se enfocó en algo que no se puede reparar, pues el reloj yace en el suelo.

Parece perturbado, irradiando un humor inestable, proveniente de un entorno inhóspito, como si el recorrido de la misma cuerda que nunca termina lo mantuviera atado.

El reloj de arena permanece allí, inerte, esperando preguntarle a quién lo mantenía aislado: "¿Qué pasa? ¿Estás ahí?" Parece estar roto; a menos que funcione con la arena esparcida por el suelo, sin noción de su flujo, con sus cavidades de vidrio dañadas por su fragilidad, y su estructura que teóricamente lo sostiene, quebrada.

Aun así, camina de un lado a otro, a veces rodeando la mesa en la que solía reposar frente al espejo antes de la ruptura. Tal vez se encuentra tenso, con una expresión efímera de nerviosismo; además, no reacciona. El reloj sigue allí, inerte, esperando a que alguien lo reconstruya para que pueda aprovechar el tiempo que se está perdiendo.
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Intimidad tejida en susurros




Fue en ese momento, al soltar ese profundo suspiro, que me di cuenta de que no solo uno de mis brazos rodeaba su espalda, sino que también se entrelazaban. Desde la base de su extremidad, mi cuello se acercaba al suyo, y mi rostro buscaba rozar suavemente la barba que reposaba en su apacible mentón. Era un claro indicio de que mis labios anhelaban el deseo de explorar su rostro, comenzando por cerrar los ojos y capturar el primer aroma que emanaba de la delicada piel debajo de su oreja.
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Trayecto a la manzana # 7





Todos están en su mundo. La pareja de la izquierda saca diversas fotos, y varias por lo que se ve. En la más elegida por ellos puede apreciarse un árbol. Ambos sonrieron después de fotografiarse ya que sacaron con flash en plena tarde de sol.

    En el lugar en el que están, se encuentran con el famoso taekwondista. Como todos los fines de semanas, practica tranquilamente la rutina con un compañero. Su compañero sostiene las palmetas y él golpea ferozmente. ¡Qué macana! En pocos minutos se apareció un loquito que golpeó al taekwondista y además a su compañero: se roba las palmetas. Menos mal qué ese día Filpo se quedó en su casa a reparar el auto viejo. ¿Mirá si el del mal momento era él? Qué sé yo.

    Sin embargo, no es el único que está de fiesta. También lo está Cala, junto a Paquito. Ambos disfrutan de la “Great celebration of Children's Day” organizada por el municipio de Ladrillos. La misma auspicia APV TevéShow. ¿De qué disfrutan? De saber que obtuvieron un número para el sorteo de la única bicicleta que se regala. Quizás, entre los trece mil chicos que asistieron al evento, podrían ser los ganadores. En fin, después de haber estado boludeando por allí, a Paquito le agarró ganas de hacer pis. Obligadamente tuvieron que alejarse de la fiesta para consumir en un bar y poder utilizar un baño ya que en la fiesta no había.

    Dentro de Alpaso, el bar de la avenida principal de Ladrillos, tres viejos toman café, y uno no tan viejo y corajudo, un vaso de whisky con un hielo. El cuarteto está sumergido en el fondo de una conversación acerca del contenido de una de las primeras páginas del diario Portal de los Chusmas. Una familia y un asesinato. Qué fuerte escuchar algo así a esta hora de la siesta. La culpa es de Paquito, ya que lo está escuchando todo. Qué tremendo el pibe.


¡Fuera! ¡Fuera! ¡La puta madre! Salí de acá, perro. Yo no sé porqué la vieja chusma Videla no cuida a sus perros. Tengo que andar renegando con este tornillo de mierda y esta herramienta que seguro no fue inventada para lo que estoy haciendo. Este perro de mierda es el culpable de mi mala onda –gruñe Filpo, fastidioso. Espanta con su pie izquierdo al perro de Videla, mientras está acostado boca arriba reparando el egreso de nafta del tanque del auto viejo. ¿Acaso Videla o tu vecina más cercana tiene esa cualidad de saber iniciar su profesión de vieja chusma? Qué sé yo.

    Parece ser, después de todo el murmuro, que a Filpo no le falta mucho para terminar. Solo tiene que aflojar una abrazadera con un destornillador para poder retirar la manguera que conecta al tanque de nafta. La idea es remplazarla por una nueva.


Paquito, mirá la cantidad de gente que hay en el bar. Voy a aprovechar a repartir los bonos de descuento. Además les voy a realizar una pregunta, quién la conteste bien tiene un regalo de mi negocio –acomoda su peinado con la mano izquierda, con la derecha guarda las gafas en el bolsillo. Busca en los bolsillos de su campera los bonos. Paquito lo mira entendiéndolo poco. Cree que su tío está loco por vender.

    ¡Buenas tarde gente! Mi nombre es Cala. Hoy es un día increíble, no solo por la Great celebration of Children's Day, sino también porque estoy agradecido que todos nosotros compartamos este espacio. Estoy a gusto con la tranquilidad que reina en el lugar, hay un clima agradable y es gracias a ustedes. Quiero dejarle estos bonos, no sólo son para encontrarme si me necesitan, con dicho podrán tener descuentos personalizados en mi negocio. Desde siempre algunas cosas mías podrían ayudarlos. ¡Ups! ¡Cierto que hoy es el día del niño! Tengo un bono especial de regalo a quién me diga la dirección del negocio –alza el bono hacia lo alto. Observándolo fija y cálidamente, sus ojos brillan como el mismísimo papel. Alpaso rebosaba de alegría ya que todos están enloquecidos por tal discursos. El hijo de un “rata” que no tiene internet en su casa y consume un mini café para aprovechar la red inalámbrica, rompe un diario y tira papeles de la emoción.

    ¡En el centro de la ciudad de Ladrillos! ¡En el centro de la ciudad de Ladrillos! -exclaman cinco sujetos. Cala pide disculpa por haber utilizado de sus tiempos.

    Contento y orgulloso por su oficio, al darse vuelta para ver a su sobrino, el mismo no está. ¿Qué pasó con Paquito?


Filpo termina después de haber renegado dos horas, demorado por causas naturales, se arrastra poco a poco tratando de salir de debajo del auto viejo. El perro de Videla le olfatea la pierna mientras lo hace. Siente calor en su rostro, unas pequeñas gotas de sudor lentamente se asoman en su frente. La ira por hacer desaparecer el perro de Videla o directamente ir a putear a la dueña o hacerla desaparecer con el perro, estalla en su interior y la reprime. Le recuerda al acto de vandalismo en una granja de ayuda, al que patearon a los animalitos con mucha violencia. No se encuentra del todo conforme, aunque pudo lograr salir de allí abajo. Mira de Videla, y ella está allí, rodeadas de cortinas. Se sienta en baúl a descansar y tranquilizarse.


Cala se acerca al mostrador para entablar una breve conversación con la chica de atención al público: necesita saber dónde está su sobrino. Primero empezó por la góndola, encontró unos chocolates excelentes que le recuerdan las noches de películas a lo gordo. Evoca las explosiones de chips, de almendras, rellenos, en sí, todos los chocolates llaman de su atención. Sobre todo los bomboncitos que están debajo de los chicles, en el estante del medio, lado izquierdo, esos redonditos que tienen licor. Lo peor es que siempre prefiere invertir en sus negocios. Entonces, agarró el chocolatín más barato. Mientras está pagando escucha voces que vienen desde la cocina. Una es parecida a Paquito, pensó. “¡Claro, Paquito!”, hasta que recordó que él lo está buscando. Pide permiso para ingresar. Le deja un bono de descuento a la chica.

    –¿Qué haces Paquito? La gente está trabajando no molestes. Nos tenemos que ir –lo toma de sus pequeños hombros, se agacha hasta llegar a su cabeza.

    –¿Es su hijo? ¿El mocoso maleducado es su hijo? –de mala manera mirando fijamente sobre Cala se manifiesta una cocinera.

    –Es mi sobrino, nos estamos yendo. Gracias por todo, no se olviden de visitar este lugar –deja un bono sobre la mesa.

    –¡Tu sobrino dice que la cocina está sucia! ¡Que no podemos cocinar en estas condiciones! Es antihigiénico –deja los utensilios sobre la mesa, coloca sus manos en la cintura. Feo aspecto brota en su imagen.

    –Disculpe señora no volverá a ocurrir. Me encargaré de retarlo –la situación comienza a incomodarse. Su celular está sonando.

    –¡Porque no te quedas a limpiar, tío! Así lo conformas a tu sobrinito.

    Cala atiende el celular, Filpo está en problemas. Se retira de la cocina sin importar de lo que la cocinera le dice. Solo bastó con dar media vuelta y empezar a caminar junto a Paquito. La conversación telefónica es increíble. Filpo relata que prendió fuego al perro de Videla y está escapando de la ciudad. En los próximos días tendrá que hacerse cargo de Paquito.


–¡Hola Juguete! Acabo de cortar con mi hermano. ¿Sabés por qué te llamo? Estaba fumando un pucho sentado en el baúl del auto viejo y cuando tiro el cigarrillo, el perro de Videla ardió en llamas. No me vas a creer, el perro chusma, igual que la dueña, se ve que se revolcó en la nafta que perdió el auto viejo mientras lo arreglaba. Del susto el perro corrió a su casa y encendió la cortina de la puerta. Ante la duda rajé. Necesito que me mantengan al tanto.

    Filpo se queda sin batería en el celular. Ni siquiera han pasado cinco minutos de su escape. No sabe dónde irá a parar, tampoco imagina porque está haciendo tanto escándalo, podría haber ido a disculparse o ayudar en el incendio. ¿Acaso quería que se incendiara todo? Qué sé yo.

    Al doblar a la izquierda nota que la luz de giro tiene problemas, estaciona. Camina hacia la parte trasera del auto, le dio un par de golpes a la óptica; no encendió. Decide seguir sin el guiño. Conduce lentamente, mientras se va chista a una chica hermosa que suele ver.

    –Bueno, qué decirte. Estamos escapando porque son más de trescientas casas incendiadas en Ladrillos en lo que va del año –habla a sus escritos que están en el asiento de al lado–. Al menos te estoy sacando a pasear, lo hago con Juguete algunas veces. Cómo es tu primera vez podríamos hacer un tour. Ya que nos queda recorrido tenemos que aprovecharlo. ¿Empezamos? Bueno… cuando vas trayecto a la manzana…



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Trayecto a la manzana # 6





–Bueno, tengo aproximadamente veinte minutos para comenzar a escribir la próxima edición. Justo el tiempo que necesito para llegar a mí casa –mira su reloj Rolmelt para saber si es o no es la hora que espera que sea. Crujen sus huesos de la espalda con un simple movimiento corporal, al finalizar presione la tecla numeral. Perdón, al finalizar da punto de partida trayecto a la manzana. ¿Trayecto a la manzana?

    Observa un árbol detalladamente, parece, que, sobre la corteza algo está escrito. No se alcanza a ver bien definido porque es de noche. Igualmente como tiene la particularidad de caminar un poco más rápido que el psicólogo que conoce, el árbol en pocos segundos quedó atrás. Ya es historia. Es pasado de un presente que al simple pestañar de ojos es historia.

    En su caminar distraído, se asusta. Dos perros se encuentran en la esquina, uno color negro y manchas blancas con rulos, otro color marrón clarito con el hocico más oscuros. Uno, apoyando las patas en el pecho del otro, mordiendo una de las patas, el mordido trata de quitárselo de encima con sus patas traseras; juegan a lo perro. Lo que lo asustó fue el taekwondista de Ladrillos que pasó caminando por al ras de su cuerpo. Creo que fue de manera agresiva. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Qué respondería el narrador? Es fácil: qué sé yo.

    Filpo comienza a seguirlo. Observa cada paso del taekwondista, de reojos mira fijamente su espalda. La noche no es de las tantas frías de invierno. Igual puede percibirse el clima. Duda en saber cómo se anima a deambular sólo por este barrio. Con lo peligrosa que está la calle; ¡claro! es taekwondista, sabe defensa personal. ¿Filpo qué sabe? Caminar más rápido que el psicólogo, por suerte. Mientras lo sigue decide realizar una pequeña evaluación queriendo captar la atención. Golpearía su puño izquierdo con la palma derecha, intimidándolo. Solo para saber cuál sería la reacción del taekwondista. Pero, como está fuera de estado físico, al cansarse descendió tres puntos de velocidad. Comienza a alejarse justo cuando se halla cerca del pasamano que está después del subibaja próximo al primer banco, Filpo, sube un pie al cordón que está tres metros antes que todo lo anterior. La policía que raramente realiza guardia en la plaza que diariamente cruza y nunca está, lo detiene.

    –¡Flaco, sacate la capucha y vení para’cá! –busca la linterna mientras desciende del vehículo. Además, aprovechó para tirar algunas bolsas de papás fritas y una bolsa de yerba mate que rebalsaba en el cajón de la puerta. Encuentra la linterna.

    –¿Qué tal oficial? ¿Qué pasa? –lentamente saca su capucha con la mano manchada con tinta previamente en la hora de sociología. Baja el cierre de la campera hasta la mitad, con poco esfuerzo gracias a la vela que le pasó en un momento de ocio. Se acerca meneando la cabeza hacia ambos lados; observa el lugar. No le gusta la idea de perder tanto tiempo.

    –¡Estás siguiendo al muchacho! Tenés pinta de sospechoso, más a esta hora de la noche vestido así –la linterna no enciende, le da unos golpes contra la palma de su mano. El gabinete hace ruido, seguramente se aflojo de tanto maltrato. Su compañero se acomoda el cinturón.

    –Oficial, es mi ropa de laburo, hace un rato salí y ahora estoy yendo a mi casa.

    –¿De qué trabajas? ¿Qué tenés en la mochila? –alumbra su hombro, luego su mochila mientras gira a su alrededor; realiza un sondeo. El compañero se queda abrazando una escopeta a dos metros de distancia.

    –Soy profesor de la Escuela Secundaria de Ladrillos y escritor de un humilde blog. En la mochila llevo mis instrumentos de trabajo –lo mira fijamente demostrando respeto, a su vez oculta un poco de nervios.

    –Mostrame tu identificación personal y vaciá la mochila. Te vamos a cachear –ambos se miran. El oficial hace unos movimientos con la cabeza, su compañero baja el arma, saca un folleto del chaleco antibalas y una birome de su bolsillo. Por los intentos que realizó, al parecer la birome no anda; finge escribir.

    Apoya la mochila sobre el suelo y está con su peso aplasta el pasto. Junta sus manos y abre la mochila en dos mitades. Saca papeles rayados y lleno de garabatos, una pluma de lechuza, un cuaderno todo rayado y más pavadas.

    –¿¡Vos me estás cargando!? ¡Esta mochila no tiene nada! –eleva la voz el oficial. Expresa catarro producido por tanto fumar.

    –Se lo dije oficial, son solo cosas mías… de trabajo.

    –¿Tus cosas de trabajo? Estas son todas porquerías –enojado de tantas vueltas su paciencia parece acabarse. El compañero mira sus uñas.

    Filpo contesta cada pregunta realizada, con algo de temor, intentando respetar al oficial. Sin embargo el señor palpeador, todo lo contrario, agresivo, con la idea fija de que es de noche y Filpo actúa de manera sospechosa. ¿Por qué deposita tanta desconfianza en alguien que camina encapuchado a horas de la noche por una plaza? Qué sé yo.

    El tiempo lentamente se pierde, desde hace varios minutos se encuentran inmersos en la situación, sin llegar a un acuerdo concreto, sin saber qué buscan de él para dejarlo ir. Entonces, el clima se rompe al escuchar el radio que se encuentra en el auto. Necesitan refuerzos de carácter urgente en el Puerto de Ladrillos. Al parecer un remolcador se hundió en el río afectando a nueve tripulantes de los cuales ocho están siendo salvados por un pescador y uno aún sigue sin aparecer. Corren directo al auto dejando libre a Filpo; continúa su camino.


Llega a su casa, encuentra a Paquito mirando APV TevéShow. Está sentado tranquilo, tocando con sus pies que no llegan al suelo a Inquieta que yace desparramada hasta escuchar el ingreso de Filpo. APV TevéShow no es para niños, como todos noticieros. El canal actualmente se encuentra cada día innovando, tratando de atrapar a todo tipo de público. Los nuevos personajes que aparecen disfrazados parecen entretener a su pequeño hijo. Además, ¿le importaría a un niño de tan solo cinco años saber que inauguraron un nuevo depósito para vehículos incautados sin buscar una manera de concientizar a la gente sobre seguridad vial? Filpo decide cambiar de canal.

    Luego de contar detalladamente su día, compartiéndolo y expresando ciertas emociones por haber conseguido el repuesto de su auto viejo, se hace el primer aperitivo borracho y se dirige a la computadora.

    Dicen los viejos que hay que desayunar como reyes, almorzar como príncipes y cenar como un mendigo. Bueno… salvo hoy que está de moda el nutricionista, de no ir estarías comiendo inadecuadamente. Sin embargo, padre e hijo, todavía intentan vivir de las viejas costumbres para que sigan perdurando. Como Filpo comienza a escribir su nueva edición y a los tres renglones el apetito acecha con aspecto feroz, prefirió preparar una picada.

    Se sienta junto a Paquito mientras toma otro aperitivo borracho. Paquito toma jugo natural exprimido. Los chicos menores de dieciocho años, en la ciudad de Ladrillos, no toman bebidas alcohólicas. Como en todo el mundo. ¿No es cierto?

    Imagina qué diría Juguete al ver la tremenda picada que está sobre su mesa. Gracias a un boludo de escritorio, que se sentó a tipear líneas y líneas de un espléndido proyecto, como trayecto a la manzana, hoy disponemos de envíos de fotos por celular. En ningún momento dudó en sacarse una fotografía junto a la tremenda picada para que muera de envidia su gran amigo al recibirla. Total, desde que tiene tendinitis en el dedo de tanto usar su celular, qué problema habría en usarlo una vez más.

    Recordó que la aplicación en la cuál realiza la transferencia tiene que actualizarse. A raíz de no haber comprado el paquete de datos por esperar la publicidad de descuento, decide utilizar la red inalámbrica. Desde la cocina no tiene señal, así que se acercó al modem. Como éste no emite señal, después de diecisiete golpes y trece azotes, lo reinicia. Sigue sin funcionar. Carente de felicidad por no enviar la foto, fue al patio a utilizar la red inalámbrica de la vecina… “Envío realizado con éxito”. Regresó a la cocina.

    Termina de comer y corre dirección a su escritorio. Se rompe el dedo chiquito del pie con la pata de la mesa y automáticamente evoca una compañera torpe. Llega rengueando con brillo de lágrimas en sus ojos, se sienta y comienza a escribir.

    Realiza una breve lectura para entrar en sintonía. Las últimas líneas cuentan que un trabajador de la ciudad de Ladrillos, fallese en la laguna ecológica de la contaminante planta industrial. Al terminar de leerlo, en lugar de seguir escribiendo, comparte tonterías a través de su teléfono celular. Si bien dejó plasmada la noticia en su blog, al fin y al cabo, en menos de un mes todos lo olvidarán, menos su familia.

    Paquito sigue mirando tevé.



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