Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Los caminos por Haroldo Conti



"Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt"

("Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán")


Había leído por ahí algo de la obra de Haroldo Conti, conocida figura por tener varios trabajos como obrero a la par que era Licenciado en Filosofía, docente y revolucionario. Conocido entre periodistas y escritores desaparecidos en la última dictadura por ser declarado "agente subversivo". Ayer me detuve a saber qué escribió y nos dejó. Por arriba, leí algunas líneas hasta que me encontré con un cuento que quería compartir con ustedes.

En su cuento "Los caminos", nos permite acercarnos a su legado literario. En este relato, Conti le da voz a un narrador que, a través de la escritura, trasciende la simple labor profesional para convertirse en un acto vital de conexión, un medio por el cual teje lazos simbólicos con sus amigos y las vidas que no pudo vivir, superando las distancias físicas y el aislamiento de la ciudad.

El narrador en su rol de escritor, golpea su máquina de escribir y concibe sus días como "redondos y precisos". Este adjetivo, más que descriptivo, transmite una sensación agobiante de rutina infinita. Su amigo Paco Urondo le pide que escriba para un diario de otra provincia, y esta sugerencia se convierte en una oportunidad para "atravesar las paredes" de su encierro. La acción de golpear las teclas no es por una máquina defectuosa, sino una forma de descarga frente al desasosiego de Buenos Aires, una ciudad donde todo se "reduce a simples voces, urgencias, paredes y señales". Escribir para trascender estos rumbos se presenta como una bocanada de oxígeno.

Al sentarse a golpear las teclas, su mente viaja a seiscientos kilómetros de distancia para pensar en su amigo Lirio Rocha. También vive días "redondos y precisos", pero en un sentido diferente: no está encerrado en una ciudad, sino frente al mar, cabalgando cerca de su rancho. Esta proyección de una vida ideal es tan fuerte que el narrador estima que su amigo se estará preguntando por él en el mismo atardecer, en un acto de conexión telepática que solo la escritura puede forjar.

De esta manera, el narrador utiliza la escritura como un puente. Un puente para salir del círculo que lo ata y pensar en otras vidas posibles, sobre todo las de sus amigos. Así sublima el deseo de vivir otras realidades a golpe de teclas, no por resentimiento o envidia, sino construyendo caminos hacia esos otros lugares. Es un viaje de la ciudad hacia el mar, una forma de hacer memoria de la importancia de sus amistades.

Al final, esta es la Gran Cosa de la que habla el narrador. Primero la presenta como una expresión de incertidumbre cuando le preguntan por qué escribe, pero luego reflexiona y comprende que la Gran Cosa es en realidad, escribir para juntar a sus amistades y formar caminos. Un escritor como productor.


"… escribo como vida que vivo, no como un monumento literario"


Compartir:

Un fracaso feliz por Herman Melville




Cuando terminé de leer el cuento “Un fracaso feliz” de Herman Melville, recordé que dice que las derrotas educan porque pueden ser una fuente de aprendizaje a partir de reflexionar sobre nuestros errores. En este caso, el autor de Moby Dick, nos presenta una conmovedora historia sobre cómo la derrota puede ser una lección de vida invaluable, transformando a sus protagonistas para bien. A través del relato de un viaje en bote, el autor explora el significado del éxito, la felicidad y la sabiduría.

A partir de la frase final “el fracaso me ha convertido en un buen viejo… a mí me hizo un joven más sabio”, podemos deducir que el tema principal es la felicidad y el crecimiento personal que surge a través del fracaso. El tío se vuelve “bueno” y el sobrino “sabio” gracias a la experiencia.

La trama se centra en el viaje de un anciano inventor y su sobrino. El tío, convencido de que su “Gran Aparato Hidrostático” lo hará millonario, convence a su joven familiar de remar kilómetros hasta una isla lejana. Este viaje se convierte en una metáfora de la obstinación del tío y la ceguera que a veces produce la ambición, a pesar del escepticismo del joven.

Tras un agotador recorrido, abren la caja y descubren que el “ingenioso” invento es en realidad un desastre. Es en este momento de fracaso cuando el personaje del tío evoluciona por completo. Su frustración inicial se disuelve en una aceptación serena, dándose cuenta de que lo valioso no era el invento, sino la búsqueda y la lección aprendida. El joven narrador observa esta transformación y adquiere una profunda sabiduría, entendiendo que el fracaso puede ser un catalizador para un cambio positivo.

Este cuento es una historia memorable que nos enseña que la verdadera riqueza no se encuentra en el éxito, sino en la felicidad que surgen de aceptar nuestras derrotas. El consejo del tío —nunca trates de inventar nada, salvo la felicidad— es la lección principal que el cuento le deja al lector, demostrando que un fracaso puede ser el camino más directo hacia la sabiduría y el bienestar.



Compartir:

Los caballos de Abdera por Leopoldo Lugones


 


Tenía pendiente a Leopoldo Lugones, muy mencionado por Jorge Luis Borges. Quizás porque su hijo fue pionero en la picana eléctrica en nuestro país. Asimismo, es admirado y considerado por el erudito como el máximo exponente del modernismo argentino. Empecé leyendo, de la colección “Las fuerzas extrañas”, el cuento titulado “Los caballos de Abdera” (1906), simplemente porque se menciona la ciudad griega que nos dio al célebre sofista Protágoras y al filósofo Demócrito. En el cuento, construye una parábola sobre los límites del antropocentrismo, por la crítica a la civilización que humaniza la naturaleza hasta perder el control. No encontré información fehaciente sobre si Abdera fue reconocida por el culto a los caballos y al leerlo me recordó a los Dothrakis de Game of Thrones. Sin embargo, la narración expone cómo la obsesión humana por humanizar lo animal desata el caos.

Abdera venera a sus caballos dándole nombres humanos, compartiendo mesa con ellos y hasta como exceso poético construyen templos en su honor. Como si un presidente pondría a sus perros en el bastón presidencial. Pero cuando los equinos desarrollan conciencia e inteligencia, rechazan arneses y yugos. La rebelión estalla con caballos acorazados de bronce: asaltan la ciudad, bloquean el puerto y masacran ciudadanos, reduciendo la polis a escombros. Todo es caos.

La devoción de Abdera por sus caballos (hasta enterrarlos con “pompas burguesas” exigiendo “espejos en sus pesebres”) se vuelve contra ellos: los mismos animales que adornaban salones destruyen murallas con “encarnizamiento furioso”. Esto da una sensación de cómo encarna una civilización que borra los límites entre lo humano y lo animal.

En el punto de mayor tensión, utilizando el recurso literario Deus ex machina del teatro griego clásico, aparece lo alegórico, la aparición de Hércules —en forma de criatura híbrida de león colosal y semidiós— que no salva por bondad, sino por poder ancestral. Su rugido humano restaura el orden al aniquilar a los rebeldes, recordando que la naturaleza domesticada puede revertir su rol. El héroe de la mitología griega destaca por su fuerza sobre natural y amar la humanidad. En el cuento, su llegada no es triunfo humano, todo lo contrario, es la naturaleza recordando su supremacía. Podríamos decir que Lugones critica la civilización que domestica, y muestra como la naturaleza cobra venganza. Como las consecuencias de la deforestación que se vuelve en nuestra contra.

Lugones se pregunta, ¿hasta dónde puede la civilización alterar lo natural?. El cuento que tiene más de cien años perdura como advertencia: cuando el dominador olvida su lugar, lo dominado se convierte en verdugo. Da para pensar la ecología entre otras tantas temáticas. Es una obra excelente que fusiona un mito griego con horror.




Compartir:

Confesiones de un crítico literario por George Orwell




George Orwell es uno de mis referentes literarios favoritos. Aún hoy sus ficciones me siguen impactando por todo lo que significan y provocan. Pero es en sus textos periodísticos —crónicas, artículos y ensayos— donde más me identifico con él. En ese terreno, lo siento parte del “género del palo”, como decimos en Argentina cuando alguien representa lo que uno piensa y siente.


Como no he escrito nada en este blog sobre él, empezaré por lo más simple y ahí quedará hasta la próxima mención: el escritor se llamaba Eric Arthur Blair y nació en la India el 25 de junio de 1903, que en ese entonces era una colonia británica. Eligió el seudónimo a sus 30 años, según tengo entendido por “George” el nombre más común para aquel entonces y “Orwell” uno de los ríos más importantes de Inglaterra. Con ese seudónimo, pasó a ser conocido en la literatura política, tal como le gustaba llamar a sus obras.


El artículo que da título a esta crónica fue leído del libro Tiempos críticos, una selección de artículos y ensayos centrada en las artes y la literatura. En dicho texto, retrata con ironía mordaz la vida de un crítico literario como un ser atormentado por su oficio. El protagonista, un hombre prematuramente envejecido a los 35 años, aparece sumido en el caos: su escritorio es un campo de batalla de papeles polvorientos, facturas sin pagar, cartas sin responder y libros enviados por editoriales que debe reseñar contra su voluntad. La llegada de un paquete con cinco volúmenes que debe reseñar "juntos" lo sume en una parálisis moral; los libros tratan temas que desconoce y su sola presencia le provoca un asco comparable a «comerse un pudin frío de harina de arroz con aceite de ricino».


A pesar del desdén, el crítico cumple mecánicamente su tarea: trabaja toda la noche hojeando libros con cinismo («¡Dios, menuda chorrada!», escrito por él) y entrega su artículo a tiempo, pero el proceso lo deja exhausto, malhumorado y con los nervios destrozados. Orwell denuncia así la hipocresía del sistema literario: los críticos elogian "basura" por obligación, inventan reacciones falsas ante libros que desprecian, y su trabajo se reduce a una fábrica de reseñas indiscriminadas (unas 100 al año). La consecuencia es la degradación humana y la imposibilidad de la crítica honesta.


Al margen de que el texto me haya interpelado profundamente por el ataque a la Cultura, Ciencia, Tecnología, docentes e Intelectuales en Argentina, quedé pensando en cómo esta cuestión se ha desvirtuado en tiempos de redes sociales. ¿Qué habría pensado George Orwell frente a la avalancha de reseñas en Instagram, TikTok o YouTube, producidas más para atraer seguidores, acumular likes y monetizar que para dialogar con la obra misma? ¿Lo imaginaríamos hoy como un crítico literario enfrentando a las nuevas formas del totalitarismo digital, corporativo y estético? Jamás lo sabremos. Pero justamente por eso, porque no está para decirnos qué pensar, la tarea es nuestra: reflexionar, incomodarnos y preguntarnos qué lugar ocupa hoy la palabra crítica en un mundo saturado de imágenes y estímulos.




Compartir:

La Caída del Ángel por Carlos Félix Pérez de Villarreal




Reseña*

LA CAÍDA DEL ÁNGEL, de Carlos Pérez de Villarreal

Miramar: Editorial MB, 2019, 147 pp.

ISBN: 978-987-8365-44-2

Por Fabricio Rodríguez


La Caída del Ángel es una novela del género thriller fantástico, escrita por Carlos Félix Pérez de Villarreal. Esta obra, que se relanzó en su segunda edición en 2023, fue originalmente editada en 2019 y galardonada con la “Faja de Honor” de la SADE en el período 2020/2021.


Carlos Félix Pérez de Villarreal es escritor y periodista. Es Diplomado en Teoría y Producción Literaria (SADE-UNVM) y se especializó en Cuento y Novela (ILCH). Además de impartir clases en diplomaturas y seminarios, es Presidente de SADE Atlántica Mar del Plata y colabora con diversas instituciones literarias y culturales. Su experiencia periodística, que se extiende por más de cuarenta años como redactor, jefe de redacción y columnista, es un pilar fundamental en su narrativa. Previamente, editó otros libros de relatos como La aventura de narrar (2015), Narrar… sigue siendo una aventura (2017) y Narraciones aventureras (2022).


La novela que da título a esta reseña, propone una reinterpretación radical del mito del ángel caído, en especial la figura de Luzbel/Lucifer, no como personificación del mal, sino como un ser que elige la desobediencia por amor a la humanidad y su libertad. El eje del conflicto es la lucha por la verdad en un mundo manipulado por estructuras de poder y dogmas religiosos, sumado a la reflexión sobre la condición humana, el libre albedrío, y la naturaleza del mal. De este modo, articula una crítica a los sistemas de poder, especialmente la Iglesia, los medios de comunicación y el aparato del Estado. Expone cómo la “verdad revelada” puede haber sido construida a partir de errores, manipulaciones o intereses. A la vez, invita a repensar la fe, no como dogma, sino como búsqueda genuina de sentido.


Una cita de Cesare Pavese sobre la escritura como forma de desnudarse ante el mundo abre la novela. Desde allí, la historia se despliega en una doble trama: por un lado, la investigación del periodista Eduardo Bazán, y por otro, el misterioso peregrinaje de dos niños, Melisa y Nicolás, hacia una luz enigmática y simbólica.


En sus primeros capítulos, La Caída del Ángel introduce a Bazán como un experimentado periodista, maduro y desencantado, que recibe de un desconocido un manuscrito que reinterpreta el mito de Lucifer. Este disparador lo arrastra a una conspiración místico-política protagonizada por la organización secreta “Imaginarios”, cuyos miembros sostienen que la figura del ángel caído fue distorsionada por intereses religiosos, y que en verdad representa una fuerza de esperanza, rebelión y protección hacia la humanidad.


La trama se transforma pronto en un thriller cargado de tensión: persecuciones, intentos de asesinato, desapariciones, y una red de inteligencia que pone en riesgo la vida de los protagonistas. A medida que el periodista se compromete con la causa, se vincula profundamente con Ariana Robles, una mujer fuerte y enigmática que luego se revela como hija de Federico Lorca, líder del grupo.


Paralelamente, la novela recupera a intervalos el recorrido de los niños, cuyas apariciones marcan puntos clave de la narración. En el clímax de la historia, la novela trasciende la dimensión terrenal para presentar un diálogo metafísico entre Luzbel y Mikael, donde se redefine la caída como un acto de desobediencia amorosa, destinado a redimir a la humanidad.


En los últimos capítulos, la acción culmina en una secuencia de enfrentamientos y revelaciones, donde la muerte, el sacrificio y el silencio se cruzan con la posibilidad de redención. Bazán finaliza su novela al mismo tiempo que el mundo parece transformarse, fundiendo realidad y ficción. Los niños reaparecen como guías, y una luz cegadora marca el cierre de una experiencia que puso en jaque toda certeza.


El epílogo, en forma de nota de autor, contextualiza la obra en una reflexión histórica y simbólica sobre el mito del ángel caído, sugiriendo que tal vez, durante siglos, la humanidad creyó una historia al revés. La novela propone así una inquietante y poética relectura de la espiritualidad, la verdad y el acto de narrar como posibilidad de salvación.


Esta novela está narrada en primera persona, a través de los ojos de Eduardo Bazán, lo que permite al lector adentrarse en sus pensamientos, miedos y emociones a medida que su vida da un giro radical. El lector experimenta los eventos junto con él, lo que genera tensión y empatía. La obra intercala citas de autores reconocidos al inicio de cada capítulo, lo que enriquece la reflexión sobre los temas que se exploran.


El estilo narrativo del periodista evoluciona a lo largo de la historia. Comienza con un tono más reflexivo y periodístico, propio de su oficio. A medida que se ve envuelto en la trama de los “Imaginarios” y los peligros que enfrentan, su tono se vuelve más tenso, ansioso y, finalmente, resolutivo. Pasa de ser un observador a un participante activo, lo que se refleja en su voz narrativa. El autor mismo señala la transformación de Eduardo en alguien que se ha “ensuciado con sangre ajena” y luchado por su vida y la de los demás.


Los temas centrales giran en torno a la delgada línea entre la realidad y la ficción, la búsqueda de la verdad, la fe (o la falta de ella), el libre albedrío, la dualidad entre el bien y el mal, y la supervivencia. A través de la experiencia del protagonista, la novela explora cómo la “realidad supera a la ficción” y cómo el acto de escribir se convierte en una vía de escape y procesamiento de las tensiones de la vida real. El narrador se transforma, “ya no es el mismo”, y esta experiencia personal se entrelaza con la trama de la novela que está escribiendo, creando un metarelato fascinante.


La novela incorpora elementos de investigación periodística con sucesos que parecen sacados de una obra de ciencia ficción o fantasía. Bazán mismo está escribiendo una novela a medida que los acontecimientos se desarrollan, incorporando sus vivencias reales en su ficción, lo que borra los límites entre ambos. La Nota de Autor refuerza esta idea, indicando que el autor quiso contar una historia surgida de un sueño, investigando el significado del “ángel caído” y fusionando hechos verdaderos con elementos ficticios para crear una fantasía.


En la mencionada anteriormente, Nota de Autor, Pérez de Villarreal comparte su inspiración para la novela, que surgió de un sueño sobre dos niños, y su deseo de “contar algo”. Reflexiona sobre el placer y la “agonía” de escribir, y cómo la investigación del “ángel caído” lo llevó a un tema apasionante. El autor detalla el origen del mito de Lucifer, su ausencia en las Biblias modernas y el “error de traducción” de San Jerónimo en la Vulgata que dio origen a la leyenda. Concluye que el “ángel caído” es posiblemente “una de las ficciones que viene sobrellevando el ser humano desde hace más de 1.600 años”, y propone una “mera aproximación a una fantasía” donde la rebelión de Luzbel podría haber sido un acto de protección hacia la humanidad.


La novela no solo entretiene con su ritmo de thriller y misterio, sino que invita a la reflexión profunda sobre la identidad, el destino y la naturaleza humana, presentándonos una historia donde los límites entre lo divino y lo humano, la verdad y el mito, se desdibujan constantemente. Pero además, es una novela de ideas, profundamente simbólica, que explora las zonas oscuras del poder, la historia religiosa y el alma humana. A través de una estructura compleja y un estilo que combina el vértigo narrativo con la meditación filosófica, plantea una pregunta esencial: ¿qué pasa si todo lo que creímos del bien y del mal fue contado al revés?


(*) Trabajo Práctico entregado y corregido en la Diplomatura Teoría y Producción Literaria de la Sociedad Argentina de Escritores y la Universidad Nacional de Villa María. Directora Lic. Bertha Bilbao Richter. Corregido por el propio autor de la novela: el escritor y periodista Carlos Félix Pérez de Villarreal.

Compartir:

Análisis del personaje Luis en La Hora de Emil García Cabot

 




Esta actividad tiene como objetivo realizar una mirada sobre el personaje Luis, de La Hora, novela polifónica del escritor Emil García Cabot (Editorial Metáfora, 2014), que retrata las dinámicas de un pueblo minero atravesado por tensiones sociales y secretos colectivos. En el marco de esta narrativa coral —donde múltiples voces construyen una verdad fragmentada—, Luis destaca como arquetipo del trabajador minero cuya trayectoria personal sintetiza los conflictos estructurales de la comunidad: la explotación laboral bajo un sistema feudal modernizado, la degradación física causada por la minería y el deterioro de los vínculos familiares. A lo largo de la novela, su historia sigue un arco descendente que va desde la conciencia crítica de su condición hasta la resignación ante un sistema que, como la mina misma, lo consume desde adentro. Este seguimiento analítico se enfoca en tres ejes: 1) su relación conflictiva con el espacio laboral y doméstico, 2) las proyecciones psicológicas que determinan sus interacciones sociales (especialmente con su esposa Marta y el vecino Artemio), y 3) su transformación en símbolo de la paradoja fundacional del pueblo: la mina como fuente de prosperidad y autodestrucción simultánea. A través de Luis, García Cabot explora cómo el extractivismo no solo modela economías, sino también subjetividades, cuerpos y silencios.

Luis emerge como figura central en un relato que explora las dinámicas de opresión laboral y fractura social en una comunidad minera. Su historia, desarrollada a lo largo de cinco apartados (capítulos), construye un retrato objetivo sobre los efectos físicos y psicológicos del trabajo extractivista bajo condiciones de explotación. El personaje se define inicialmente por su relación conflictiva con el espacio minero, donde desempeña labores que él mismo describe como “tan sucio e insalubre” (Pág. 64), al “extraerle el metal a la roca” en jornadas extenuantes que hacen “añicos todo el tiempo” (Pág. 64). La exposición permanente al amonio —que en el texto “corre por las galerías sin pedir permiso” (Pág. 64)— y al polvo de roca genera en Luis una tos crónica que trasciende lo sintomático para convertirse en metáfora corporal de la degradación sistémica, manifestándose como “el precio que debo pagar por ser minero” (Pág. 150). Este deterioro físico opera en paralelo con su alienación familiar, particularmente en la relación con su esposa Marta, quien manifiesta incomprensión ante su agotamiento existencial —“no termina de entenderlo, y para mí eso es parte de lo que me pasa” (Pág. 64)—, estableciéndose así una brecha comunicativa que refleja la dicotomía entre espacio laboral y doméstico, evidente cuando Luis se para “en la puerta de la calle como un centinela, ávido de ver espacios, de ver campo abierto…” (Pág. 149).

La estructura de poder que rige la mina, según Luis, presenta características feudales, evidenciadas en su observación de que don Hidalgo “[está] de viaje o encerrado en su feudo, esa colina que, aunque de mala muerte, lo hace sentirse todopoderoso, porque desde allí vichea todo el pueblo” (Pág. 159). Este sistema de autoridad distante se manifiesta cuando el capataz obedece “órdenes, por su puesto, del amo y señor don Hidalgo” (Pág. 159), implementando decisiones laborales como suspensiones y recortes de derechos que, según el discurso oficial, buscan reducir “hasta tal punto nuestros derechos, que ya casi no nos queda nada de la asistencia médica con que contábamos” (Pág. 159) en la creencia de que “son puros privilegios” (Pág. 163). En este contexto de opresión burocratizada, la búsqueda del hipotético medallón de piedra —ese objeto que “puede sacarnos del pantano si se refiere a lo que nosotros sospechamos” (Pág. 163)— funciona como dispositivo narrativo que evidencia las falsas promesas de movilidad social para los mineros. La frustración colectiva se intensifica cuando, tras encontrar la roseta, “no logramos entender los mineros qué es lo que verdaderamente representa” (Pág. 163), confirmando como este objeto no identificado adquiere dimensiones míticas al permanecer indescifrable, reflejando lo que Luis denuncia como “la permanente insatisfacción ambiciosa” (Pág. 163) del poder.

Las interacciones sociales de Luis revelan patrones de conducta evasivos y proyectivos. Su hábito de “salir con el mate a la puerta, es para no perderle pisada al de enfrente [Artemio]” (Pág. 64) manifiesta tanto la envidia por la movilidad geográfica que este representa —pues el vecino “ya veremos si este vino por trabajo o porque anda escapando de alguien…” (Pág. 121)— como el deseo de trascender su condición estática. Esta dinámica se intensifica con don Hidalgo, quien “[está] de viaje o encerrado en su feudo” ejerce el poder que Luis anhela, creando una paradoja donde “los mineros están en sus casas” mientras [él] se va. La proyección psicológica alcanza su clímax en los celos hacia Marta: mientras él especula que “a Marta se le van los ojos por más que lo niegue” (Pág. 164), confiesa en sus pensamientos sobre “la de enfrente atravesada en mi cabeza” (Pág. 164), revelando así la contradicción entre su moral declarada y el deseo reprimido. El Forastero a caballo completa este cuadro como figura de proyección colectiva, donde Luis especula que Camilo, “tampoco sabe nada del vecino nuevo” (Pág. 120) o un “soplón o un curioso” (Pág. 151), demostrando cómo el misterio opera como espejo de sus propios secretos inconfesables.

El deterioro progresivo de Luis alcanza su clímax narrativo cuando “la mina se cierra” (Pág. 159) bajo el argumento oficial de que “el metal se vende poco y nada” (Pág. 159), dejando a los trabajadores en un limbo económico donde “los pagos [van] acumulándose de nuevo” (Pág. 159) mientras don Hidalgo abandona simbólicamente el pueblo según su experiencia. Este momento revela la paradoja fundamental que el texto construye mediante imágenes contrastantes: la misma mina que permitió “de un pobre campamento” pasar “a ser un pueblo” (Pág. 164) es la que ahora destruye a sus habitantes mediante lo que el protagonista denuncia como “la permanente insatisfacción ambiciosa” (Pág. 163) del poder. Los símbolos recurrentes —la roseta indescifrable, el medallón de piedra que “puede sacarlos del pantano” (Pág. 163) pero nunca aparece, y la tos que envenena “sangre” y “pulmones” (Pág. 65)— cristalizan esta contradicción entre progreso colectivo y destrucción individual. Como arquetipo del proletariado en economías de enclave, Luis encarna lo que Marx denominaría enajenación del producto de su trabajo, evidenciado cuando reflexiona amargamente que “los pensamientos no se me hagan polvo en la cabeza” (Pág. 150) —imagen que metaforiza tanto el deterioro cognitivo por condiciones laborales como la apropiación capitalista del pensamiento. La narrativa demuestra así cómo el poder controla los medios de producción (“las regalías del gobierno” mencionadas en la Pág. 159) por sobre los mineros: Luis convertido en territorio de lucha, muestra cómo “estas piedras son malditas, de sobra se sabe, me están minando los pulmones” (Pág. 65), transformando su organismo en documento vivo de la explotación.

La progresión temporal del relato muestra una curva descendente en la condición del protagonista, desde la conciencia inicial de su explotación hasta la resignación final frente al sistema. Este recorrido se ve matizado por eventos climáticos como la tormenta que interrumpe una excavación clandestina, sugiriendo que la naturaleza opera como factor impredecible que ocasionalmente protege a los mineros de sí mismos. El examen de Luis como construcción literaria proporciona insights valiosos sobre las representaciones culturales de la clase trabajadora, particularmente en su capacidad para encarnar tensiones entre progreso material y destrucción humana. Su historia trasciende lo individual para convertirse en diagnóstico social de comunidades enteras sometidas a lógicas extractivistas, donde la búsqueda de recursos finitos conduce invariablemente al agotamiento tanto de la tierra como de quienes la trabajan.



(*) La Hora. Buenos Aires; Metáfora, 2014. Faja de Honor de la SADE, género novela, 2015. Prólogo de Laura Massolo y palabras de contratapa de Bertha Bilbao Richter.
(**) Trabajo Práctico entregado y corregido en la Diplomatura Teoría y Producción Literaria de la Sociedad Argentina de Escritores y la Universidad Nacional de Villa María. Directoras Lic. Bertha Bilbao Richter, Dra. María de la Paz Perez Calvo.

Compartir:

Los escritores, la genialidad y el mercado en el arte





Aquellos que escribimos solemos preguntamos para qué lo hacemos. Un aspecto del psicoanálisis, sugiere que la escritura es un proceso de creación artística en el que volcamos efectos psicológicos, y que el placer estético (agrego: y político) pertenece a la subjetividad del autor. Demás está decir que esos efectos son parte de la relación con los procesos sociales y culturales. Entre las posibles respuestas, bajo este sistema en el que vivimos —donde las letras y la literatura no alcanzan al conjunto de la población— muchos escritores y escritoras damos vuelta sobre la inquietud si es posible generar ganancias escribiendo.

Agregando a lo anterior, recuerdo haber escuchado en el podcast de Javier Peña, Grandes Infelices, que Roberto Bolaño destacó alguna vez la diferencia entre “escritor” y “escribiente”. Para el autor chileno, un escritor “es alguien que comprende la complejidad y la fragilidad del trabajo, mientras que el escribiente podría ser alguien que simplemente escribe sin la profundidad de su labor”. Al margen de la arrogancia y pedantería que expresa Bolaño —quizás por la frustración de no alcanzar la fama en vida— es una concepción que sirve para pensar nuestro tema.

César Aira, en su ensayo Dalí del libro Evasión y otros ensayos, se pregunta: ¿cómo es posible decir en autoproclamación “soy un genio”? Desarrolla esta idea de manera filosófica y laberíntica, en un texto que me dejó pensando. Habla de la genialidad como estrategia artística, explorando la tensión entre pensar y decir “soy un genio”, donde Dalí “privatiza el consenso” autootorgándose la consagración como artista genio. Da gusto leerlo.

Dalí no conoció las redes sociales. Dalí no conoció el actual desarrollo del marketing y la publicidad. Por lo tanto, en reflexión con el texto de Aira, podríamos considerarlo un pionero entre el arte, la influencia y el saber venderse.

Se dice que el artista tiene que saber venderse, especialmente si pretende vivir de su trabajo creativo. Esta situación está ligada al sistema capitalista que nos empuja a competir, a invertir, y en el caso de muchos escritores y escritoras, a llegar a las grandes corporaciones editoriales para poder destacar entre esa porción de público mencionada antes. Muchos quedan excluidos, primero por falta de recursos, y segundo, por falta de talento.

Aira duda que el método de Dalí pueda atribuirse a arrogancia, egolatría o búsqueda de reconocimiento. Más bien plantea que “soy un genio” es el eje que estructura su obra, lo que hizo y dejó. Fundamenta que hay una diferencia entre pensarlo y decirlo, ya que al enunciarlo se desprende un valor y un significado particular. Lo desarrolla analizando tanto la frase en sí como la posición del emisor que la pronuncia.

Esta frase, explica, se pone en discusión por parte del interlocutor, quien podría refutar si alguien es o no es un genio. Se abren así lógicas discursivas, razones, estatus de acción, etc. Porque la declaración encierra una contradicción en el peso entre los conceptos de yo y genio: “Si soy yo no puedo ser un genio, y si es un genio, no puedo ser yo”.

Ahora bien… ¿Quién decide quién es genio? Para Aira, en el campo popular se abren dos extremos: por un lado, el genio como talento supremo que forma parte de una elite (como lo entendía Dalí); y por otro, la doxa popular que acepta la genialidad aunque no conozcamos sus fundamentos (como cuando coincidimos en que Einstein es genio). En este segundo extremo es donde Dalí realiza su operación: se instala entre medios de comunicación y rumores, apropiándose —privatizando— un concepto que es social.

El ensayo desmenuza profundamente la estructura de esta declaración daliniana. Lejos de centrarse en su arrogancia, plantea un texto filosófico para reflexionar sobre el arte, el oficio y la exposición pública. Al explorar la construcción del genio como figura social, "el paso de la primera a la tercera persona", y la condición de genio (como la de criminal u otras “anormalías”), muestra cómo todos estos conceptos terminan atados a la tercera persona y a un consenso social. Es decir, es político y se conforman por la opinión de un sector de la población.

Dalí fue un gran promotor de su arte, de sus trabajos, y participó activamente en discusiones de vanguardias artísticas y políticas de su tiempo. Sí toda la articulación lingüística y discursiva que le da César Aira a una frase, nos invita a reflexionar sobre la talla del genio en la estructuración de sus propios trabajos, nos falta definir el para qué. Es por eso que creo que falta escribir más sobre el desarrollo del mercado del arte en su trayectoria que no es parte del ensayo pero está ligado. En la reivindicación de su marca artesanal, Dalí se propone como un ser aparte, lo que Aira describe como “el ventrílocuo autor”, y puedo llegar a la conclusión que es para venderse. Este aspecto, para mí, habría que explorarlo. ¿Saben por qué? Porque la pregunta que me quedó picando es: ¿el arte hoy apremia el talento o la capacidad de hacerse visible? El narcisismo de Dalí tiene una respuesta para darnos.



Compartir:

Cómo se narra: el problema de Funes y la solución de Menard por Beatriz Sarlo

 




A propósito del fallecimiento de Beatriz Sarlo, me tomé el atrevimiento de leer algunas de sus críticas literarias, y qué mejor, difundir algunas reflexiones de dos cuentos escritos por Jorge Luis Borges.


Este texto, trata de sintetizar un ensayo literario incluido en el libro “Borges, un escritor en las orillas”, del Capítulo III-La libertad de los orilleros. Beatriz Sarlo de una manera fantástica reflexiona sobre estos relatos del maestro: Funes, el memorioso y Pierre Menard, autor del Quijote. En ese orden. Los ubica así para contraponerlos y concluir que el ingenio del erudito, da lugar a la literatura Argentina, surgida en las orillas del Río de la Plata, con la premisa de que la “literatura se compone de versiones”.


Funes posee una memoria esclavizada por experiencias directas, es decir, no hay categorías sino percepción. Puede recordar infinitamente pero es incapaz de pensar, más bien cada pensamiento que construía en su mente ya no podía borrarse. Ignora los procesos de construcción de la realidad, no hay matices, términos medios, no hay elipses, ni saltos de tiempo y espacio. El tiempo es lineal, mecánico. Hechos que se suceden.


A esto le sigue que la memoria le permite trabajar los conceptos, creando incluso un sistema numérico con representaciones: como cuando decimos quince imaginamos la niña bonita. Cuestión que para Sarlo divide irónicamente en dos grupos: la lotería clandestina y los números de los sueños. Este concepto que incluye la memoria, para Funes al recordar los números, puede permitir una predicción mecánica del futuro e incluso un mensaje del más allá. Sin embargo, para la autora, este sistema revela los problemas que hay en la traducción, porque el narrador en tercera persona de ese mismo relato, paradógicamente piensa exactamente que al traducir, se traspapela la información. Por esto, concluye que es un cuento de posibilidades (Funes) y de obstáculos (narrador), planteando que es un cuento filosófico sobre la teoría literaria, ya que el personaje Funes lleva hasta el límite los problemas de la representación del recuerdo en el discurso. Sintetizo esto último para aclarar: recuerda solo lo que dicta la memoria.


Para Sarlo, Borges planteó el problema de cómo narrar y cómo narrar en Argentina. Este problema de Funes, lo resuelve en Pierre Menard, un relato que critica el “conocimiento” que se produce en esta representación literaria. Menard, luego de traducir y trabajar en el Quijote, se encarga de escribirlo minuciosamente reflexionando sobre cada palabra. Esto lleva a afirmar a Borges que es infinitamente más rico, y al mismo tiempo idéntico. Porque de lo que trata Menard es de enriquecerlo, haciendo que los capítulos sean menos previsibles y originales. Es decir, destruye la idea de un texto fijo, inamovible y dictado por la memoria.


Esta conclusión que nos invita a realizar Menard es la premisa principal. El autor del Quijote, muestra que los textos, son reescritura de otros textos. Influencias y sentidos. En que la historia es la madre de la verdad: la historia no es lo que sucedió (como en Funes) sino que es lo que juzgamos que sucedió. Agrego que algo así planteaba Nietzsche, “la realidad no son hechos, sino solo interpretaciones”.


El sentido que le damos a la literatura es un efecto frágil que emerge de leer y escribir. Tal como concluye Beatriz Sarlo, la literatura se compone de versiones. Es por eso, que quería dejarles mi versión de este ensayo, pero a orillas del Río Paraná.




Compartir:

Dieciocho meses de soledad




Gabo se encontraba en una época económicamente misérrima. Apenas le alcanzaba el dinero para comer y debía la cuota de alquiler y los impuestos, carecía de un empleo pago pero trabajaba en una obra literaria, la más importante de su vida según su criterio. La billetera estaba tan vacía que al abrirla ni siquiera encontraba su documentación. Por lo que escuché en una entrevista que le hicieron, con su compañera habían llegado a un acuerdo: ella se haría responsable de la supervivencia familiar, mientras él terminaba de escribir su obra. No podían dejar pasar la oportunidad en la que él venía escribiendo como un tren, el trasfondo de varias conversaciones dictaba que debían aprovechar ese impulso.

Mezclar veintiocho letras del alfabeto con dos de sus dedos sobre una computadora es lo que hizo durante los dieciocho meses que estuvo encerrado en su habitación personal. Desde ese momento, cientos de oraciones fueron escritas bajo diferentes circunstancias, menos cuando hacía frío.

El día en que se encontraba escribiendo sobre Rebeca, la hija adoptiva que llegaba al pueblo cargando con los huesos de sus padres, su compañera interrumpió la creatividad, aludiendo haber tocado fondo con las responsabilidades. Después de tanto tiempo, el escritor salía de la habitación, porque la economía de la familia se venía a pique. Como tenían en el garaje un auto en desuso, lo llevaron para vender a un pueblo cercano, creyendo que el dinero les alcanzaría para vivir diez años, pero solo les alcanzó para tres míseros meses.

Él siguió escribiendo, no se detuvo. Plasmaba la historia de los diecisiete hijos que el coronel concibió con diferentes mujeres de encuentros casuales en la época de las guerras. Esta pareja tenía la certeza de que la obra literaria que Gabo escribía encerrado en su habitación, pronto estaría terminada.

Llegando a la sexta generación familiar narrada en el libro, un llamado muy importante había vuelto a interrumpir su creatividad. Ella atendió y misteriosamente tapó el tubo del teléfono. En su semblante podían adivinarse los nervios y con una voz baja pero clara a la vez, le dice:

–¡Es el dueño de la casa! Nos exige el pago de la deuda de tres meses porque corremos el riesgo de quedar en la calle. ¡Tenemos que pagarle pronto! –y confiando en el criterio del escritor, le pregunta: –¿Cuánto te falta para terminar el libro?

–Alrededor de seis meses –responde muy seguro–, decile que le doy mi palabra de honor que en siete meses le saldamos la deuda completa.

Ella le respondió al dueño de la casa que no solo van a seguir debiendo esos tres meses sino que le van a deber seis meses más.

Una vez terminado el libro, fueron a una empresa de correo cercana para enviarlo a la editorial. Cuando pesaron las páginas en la balanza del lugar, quedaron sorprendidos por el inesperado precio del envío: el paquete valía ochenta y tres pesos y solo disponían de cuarenta y pico. Decidieron enviar la primera mitad pero por error enviaron la segunda. ¡Todo mal! A los pocos días, empeñaron el calentador de la habitación (era todo para él ya que le costaba escribir con frío) el secador de pelos de la familia y, aprovechando que sus hijos estaban grandes, también empeñaron la licuadora que usaban para hacerles jugos de frutas. Con la plata que juntaron fueron nuevamente al correo para enviar el resto de la obra. El empleado pesó el nuevo paquete señalando un valor de cuarenta y ocho pesos, ambos se miraron y salieron del correo con dos pesos de vuelto. Ella se puso verde y exclamó:

–¡Espero que la novela no sea mala!



*Originalmente publicado en 2017 en el Volumen 8 - Le'Croupier, Obras Colectivas, editado por Ediciones Croupier.


Compartir:

Círculo de los sueños por Manuel Rueda

 




Manuel Rueda, en su microcuento "Círculo de los Sueños", aborda la temática de la "pérdida" de un ser querido con una crudeza y sensibilidad excepcionales, condensadas en un formato breve. Como se ha dicho, y como la vida misma lo confirma, las palabras a veces no alcanzan para expresar la profundidad del dolor ante la pérdida. Es por eso que escritores de talla mundial han recurrido a la literatura para canalizar esas emociones.


Sin embargo, el concepto de "pérdida" abarca un espectro amplio: desde la pérdida de la inocencia, como en "La metamorfosis" de Franz Kafka o "Demian" de Hermann Hesse, hasta la pérdida de la identidad, como en "La casa de los espíritus" de Isabel Allende. También encontramos pérdidas históricas, como en "1984" de George Orwell o "Los miserables" de Víctor Hugo, y la pérdida de la ilusión, como en "El Aleph" de Jorge Luis Borges. La literatura ofrece un sinfín de formas de retratar la misma.


En este microcuento, la "pérdida" no se presenta como una representación simbólica de la ausencia de algo o alguien en la vida de un personaje, sino como "arrebato". En mi interpretación, el mensaje que Rueda busca transmitir es el dolor y la violencia del genocidio perpetrado durante la dictadura de Trujillo, una época marcada por la crueldad, las torturas y la muerte.


El título "Círculo de los Sueños" nos introduce a una estructura circular, donde la trama comienza y termina en el mismo punto. Esta repetición busca crear una sensación de continuidad, pero también de encierro. La palabra "sueño" juega con el lector, invitándolo a cuestionar la naturaleza de la pérdida y la realidad misma. ¿Se trata de un sueño o el protagonista está condenado a revivir el dolor de esa pérdida? ¿Los sueños, sueños son?




Compartir:

Al abrigo por Juan José Saer




"Al Abrigo" es un cuento de Juan José Saer narrado en tercera persona que cuenta la historia de un comerciante mueblero que encuentra un diario íntimo dentro de un sillón, el cual, al leerlo, lo invita a la reflexión. El autor presenta una narración sencilla, y la idea central está articulada en pocas líneas. Para lograrlo va proporcionando detalles del lugar en el que se encuentra el protagonista y las emociones que va viviendo.


Aunque el texto carece de información sobre el contexto histórico y cultural en el que se desarrolla la obra, dado el letrero luminoso que destaca en la fachada del comercio del protagonista y el uso de fotografías pornográficas de su hijo, podría sospecharse que la historia se sitúa alrededor de la década del 70.


El mensaje del cuento, más allá de la metáfora que se desprende del concepto de "abrigo", puede variar según el lector, convirtiéndose en una narración flexible. El tema fundamental tiende a ser universal, algo que las personas experimentan en su subjetividad; hacer consciente lo inconsciente. Sin embargo, depende de factores subjetivos, como pensar en lo propio, en las experiencias, en los secretos y en la identidad, pero también en la búsqueda de entender que otras personas también tienen su propia subjetividad y secretos.


Existen varios momentos clave para el desarrollo de la trama: la compra del sillón por parte del comerciante y el descubrimiento del diario íntimo –lo cual también se añade a la metáfora del abrigo siendo que el diario íntimo está oculto dentro del sillón–, la lectura del mismo y la propia relación del comerciante con sus secretos, la búsqueda de un objeto en el dormitorio de su hijo y el hecho de encontrarse con los secretos de su hijo, y la imaginación acerca de los secretos de su esposa para darle el carácter de universalidad.


El hecho de que el protagonista haya atravesado cada uno de estos momentos hace que su reflexión vaya creciendo a lo largo del cuento, reflexión acerca de los secretos que guardamos y protegemos como "abrigo". El conflicto en el que entra el protagonista es precisamente darse cuenta de que todas las personas tenemos secretos ocultos.


El narrador utiliza como personaje fundamental al protagonista e involucra a la autora del diario íntimo, a su esposa e hijo. Sin embargo, la vida que tienen estos personajes secundarios está atravesada por la subjetividad del mueblero, es decir, el narrador no les da voz propia. El tema central que se aborda en la obra es la identidad, la búsqueda de las cosas que ocultamos en nuestro interior y que de repente se ponen de relieve. Juan José Saer nos presenta este cuento con una narración sincera en la que va describiendo objetos, sensaciones y acciones que se desarrollan a lo largo del cuento de la mano del protagonista.


“Al abrigo” está enriquecido por una cuidadosa descripción de la atmósfera que rodea al protagonista. A través de un narrador involucrado, somos testigos de la reflexión profunda del comerciante mueblero mientras descubre un diario íntimo en un sillón que acaba de comprar. Incluido él mismo, todos tienen secretos ocultos bajo su “abrigo” emocional. El cuento nos recuerda que, en última instancia, somos la suma de nuestras experiencias y recuerdos, y que cada uno de nosotros guarda una historia única bajo esa superficie. Saer nos muestra cómo una narración puede ser profundamente reflexiva y ofrece una visión enriquecedora de la condición humana.

Compartir:

La casa de Asterión por Jorge Luis Borges





En "La casa de Asterión", cuento de Jorge Luis Borges, la cita inicial del historiador Apolodoro ya nos introduce a la misteriosa atmósfera que rodea la obra. El título y el epígrafe forman una puerta de ingreso a una narrativa que reinventa el mito del Minotauro y le otorga protagonismo, profundizando sobre sus sentimientos y emociones. Borges construye un relato donde la casa y su solitario habitante adquieren un peso significativo.


A través de la voz del propio Asterión, Borges altera el mito clásico y permite al Minotauro contar su propia historia. Asterión se presenta como un ser solitario y único, pero también marcado por su diferencia. A pesar de tener las puertas de su casa abiertas, el protagonista prefiere ocupar el rol de prisionero, un acto que desafía las expectativas.


Asterión sabe que es grande, hijo de una reina. Y arranca planteando que es consciente de que se le acusa de ciertos defectos que alejan a la gente. Esto nos desconcierta en la narrativa porque en su opinión personal, no es así. Sin embargo, tiene las puertas abiertas de su casa de par en par, para que puedan ingresar cuando quieran. Aquellos que entren, según la mirada del minotauro, solo encontrarán soledad. Las veces que salió de su casa, sintió temor por las respuestas de las personas que lo vieron. Al reconocerse como hijo de una reina, quizás atribuya eso a su conocimiento del exterior. Pero además, recordemos que en el mito, es la condena de una pasión.


El protagonista se siente único, por lo tanto, diferente. Esto hace que no pueda conversar con nadie. A pesar de esto, no le interesa que los demás puedan comunicarse entre sí; sin embargo, le gustaría al menos aprender a leer para combatir la soledad. ¿Cómo aprender a leer sin ayuda? La lectura es parte de un sistema, del lenguaje; para que haya lenguaje, tiene que haber una sociedad en la que se comuniquen. Esto lo lleva a tener que soportar vivir con sus meros recuerdos.


También ocupa su tiempo en el ocio. Para poder distraerse, tiene un método que consiste en correr por las galerías hasta marearse. Se esconde de las sombras y juega a que estas lo buscan. Hay una parte sádica en la que juega a dejarse caer, terminando muy golpeado y ensangrentado; elige sentir dolor. El juego más atractivo es encontrarse con otro Asterión, donde puede sonreír junto a él.


Considera que la casa tiene el tamaño del mundo. Aunque también opina que es el mundo debido al propio conocimiento de su existencia y a la incapacidad de explorar otros lugares. Además, su ignorancia le permite contar hasta catorce, que para él es infinito.


En el mito, el castigo no solo es para Asterión, sino también para los jóvenes de Minos: catorce individuos, siete hombres y siete mujeres, eran conducidos al laberinto como ofrenda para enfrentar al minotauro. Aquellos que entran a su casa terminan muertos. Para él, es una forma de distinguir una galería de otra, ya que los muertos le proporcionan otro paisaje. Y mueren sin que él se ensucie las manos. Un día, uno de los que ingresó, antes de morir le dio esperanzas de que llegará su redentor para liberarlo de la soledad. Desde ese momento, no dejó de pensar en cómo será tal redención y si conocerá otro lugar diferente a su casa. De esta forma, fomenta el juego de dialogar con otro Asterión y vivir de sus recuerdos.


Termina preguntándose cómo será físicamente el redentor: podría ser alguna de sus mitades, o alguna variante de cómo es él, o simplemente alguien como él. Hasta que un día, reconoce a su redentor y apenas se defiende, dejándose liberar del castigo.


El relato explora la soledad, la identidad y la búsqueda de conexión. Asterión se considera a sí mismo como único y diferente, lo que lo impulsa a buscar comprensión en medio de la incomunicación. La incapacidad de leer y comunicarse lo sumerge en una existencia marcada por sus propios recuerdos, una metáfora del aislamiento humano. La figura del redentor, mencionada por un intruso, despierta en él la esperanza de escape de su soledad autoimpuesta.


El estilo de Borges es reconocible en su economía de palabras y su habilidad para crear atmósferas ricas en significado. El autor juega con la subjetividad del protagonista, sumergiendo al lector en la mente del Minotauro y su perspectiva distorsionada. Mediante el uso de simbolismo y metáforas, Borges explora la idea de que la casa de Asterión puede representar tanto un laberinto físico como emocional.


"La casa de Asterión" se presenta como una exploración profunda de la soledad humana y la construcción de identidad en medio del aislamiento. Borges utiliza la figura del Minotauro para cuestionar la conexión entre la individualidad y la comunidad. La resignificación del mito a través de la voz del protagonista subraya la subjetividad de la verdad y la importancia de cuestionar las narrativas establecidas.

Compartir:

El Libro por Sylvia Iparraguirre




¿Nuestro destino está escrito? Esto se expresa en la narrativa breve que podríamos englobar como cuento de misterio o de suspenso llamado “El Libro” de Sylvia Iparraguirre, donde se refleja una situación particular que vive un hombre.


La obra trata sobre un hombre solitario que está esperando un tren desde el café de un sanatorio y encuentra un libro que, al hojearlo, lo deja perplejo.


Es un cuento en el que se encontrará suspenso debido al misterio que provoca la autora al dar detalles. Algunos están ocultos, quizás porque le corresponde al lector llenar esos vacíos con su imaginación. Esto crea un juego entre los momentos en los que se desplaza el protagonista en el contexto de la obra, por ejemplo, en las señales que se dan como pistas en el lugar donde se encuentra y espera el tren, y las acciones que van tejiendo la premisa de la trama.


En un escenario reducido, el hombre que espera el tren se ve desbordado y desconcertado por lo que encuentra como contenido en el libro. En principio, lo confunde verse reflejado en cada página. Entonces, al leer tal cual su reflejo en el libro, se desata un conflicto en el que se esfuerza por comprender qué es lo que está pasando, qué clase de hechizo tiene el libro que conoce los movimientos de su vida cotidiana. El protagonista entra en shock al leer sus propias acciones en el libro, ya que en cada capítulo lee la propia historia de su existencia.


La preocupación, el estrés y la obnubilación que le provoca leer exactamente qué es lo que se encuentra haciendo hasta ese momento contribuyen a desarrollar al personaje y sus acciones, y como resultado, a la propia trama. A pesar de la poca utilización de recursos de la autora, el relato impacta.


Uno de los temas centrales es lo rápido que el estrés en una persona actúa ante las situaciones imprevistas que le estimulan un desafío en un terreno totalmente desconocido. Otro de los temas centrales es el que construye el lector con las pistas que dejó la autora. ¿Es posible que nuestro destino esté escrito en un libro?


Esta pregunta se nos presenta con el protagonista leyendo los nombres de los integrantes de su familia junto con la acción exacta que cada uno realiza. Es probable que la autora quiera desviarnos de una posible precuela del cuento. Es decir, eligió un recorte de la realidad en la que no sabemos si el protagonista delira, al no haber testigos que vean que en el libro está escrita la propia vida del hombre. 


¿Por qué el desvío y en qué se relaciona la idea de una precuela? Se menciona un café que parece ser la extensión o parte del bufete de un sanatorio y su ansiedad por cronometrar el tiempo que falta para que sea la partida de su tren. La referencia a cronometrar el tiempo aparece más de una vez. Da la sensación de que el protagonista está atravesando un mal momento previo a encontrar el libro. Quizás la autora nos engaña con el delirio del protagonista y nos plantea que reflexionemos si el destino está escrito o está en nuestras manos, con la facultad de poder cambiar el futuro con nuestras acciones en el presente.


Con una escritura rápida construida por oraciones cortas, Sylvia empuja una trama hacia adelante siendo descriptiva y directa en lo que propone. Es un recurso interesante hacer este tipo de escritura para crear una atmósfera misteriosa donde todo va pasando velozmente, como el protagonista cargado de ansiedades y estrés. Con un lenguaje sencillo, describe con las propias acciones las emociones, es decir, podemos saber que está cargado de estrés por los meros movimientos.

Compartir:

Grietas del Tiempo




Esta historia relata aquel día en el que Cipriano inició su último año de actividad práctica. Las tareas realizadas con sus compañeros se convertirían en recuerdos inolvidables, con anécdotas excelentes, pero también con una serie de "malas" experiencias y trágicos sucesos que nunca faltaban.

 

Cipriano era incapaz de estar quieto en algún momento, ni siquiera pensaba en descansar mientras cumplía con su jornada. Su voluntad siempre se medía en términos de responsabilidad ante ciertas necesidades, o tal vez los ruidos de las máquinas en funcionamiento no le permitían concentrarse en otra cosa que no fuera su tarea. Por su experiencia, parecía haber pasado años ocupado en prácticas e intercambiando su tiempo por dinero. Las herramientas que utilizaba para desempeñar su función estaban cubiertas de partículas residuales, al igual que su bastón, que parecía desbordar mugre y grasa mezclada con organismos vivos.

 

Quienes conocían a fondo las relaciones en el taller afirmaban que no habría otro como él, que nunca habían conocido a alguien tan dispuesto. Parecía que todos habían llegado a un acuerdo para describirlo. Era una votación unánime. No había necesidad de seguir hablando del asunto, ya que gozaba de un reconocimiento social importante.

 

Cuando no se apoyaba en su bastón, su cadera descansaba firmemente en el borde de la mesa, y algunos llegaban a imaginar que en un futuro no muy lejano tendría que gatear, lo que claramente dificultaría su trabajo. Cipriano exprimía hasta el último minuto con solo leves suspiros, y cuando se quejaba, era por sus condiciones y nada más. Incluso trabajaba sin remuneración después de que sonara la señal de finalización, aunque las cámaras lo capturaran entrando y saliendo y su tarjeta lo certificara.

 

"Necesito mostrarte algo", le dijo a su compañero, quien llevaba junto a él más de 15 años. Alarmado por la situación o por algún otro motivo, su compañero se veía paranoico y le respondió despacio, frunciendo el ceño como si todo estuviera mal. Incluso miró a su alrededor, escudriñando el rincón más oscuro del taller y se esforzó por no ser escuchado por nadie más.

 

Inmediatamente, su compañero observó y depositó su confianza en él con un pequeño gesto que Cipriano reconoció al instante. A su vez, corroboró que él fue el único en comprender la situación y mantener esa sencillez que los caracterizaba como compañeros, un viejo truco que solían hacer antes de realizar alguna broma. Con solo un gesto, trató de calmarlo, y la seguridad que le ofreció se transformó rápidamente en solidaridad. Él respaldó la voz de Cipriano, quien deseaba ser escuchado. A lo largo de su trayectoria laboral, estos dos habían construido una excelente relación basada en su compromiso con las tareas diarias, lo cual los llevaba a reflexionar en equipo. Esto se debía a su disposición conjunta y a los sentimientos afectivos y cercanos que compartían, tanto en el ámbito laboral como personal.

 

Entonces, sintiéndose cómodo, Cipriano dejó caer sus ropas al suelo, quedando desnudo. Orgullosamente, arrojó su pudor al suelo, ya que para qué serviría ocultarse ahora que viviría desapercibido e inútil.

 

"Se acabó mi momento de actividad práctica, estoy lleno de grietas", dijo bajando la mirada, sintiéndose avergonzado, y extendió sus brazos olvidándose del bastón. Luego apretó los puños, lamentándose y castigándose por algo orgánico que lo acompañaba y que también le sucedería a su compañero en algún momento. El tiempo lo había agrietado, ya no quedaba nada de su cuerpo liso, completo, práctico y tenaz. Cayó de rodillas buscando consuelo. Con timidez, vio de reojo a su compañero, quien le ofreció su mano, transmitiendo esperanza y tratando de calmarlo.

 

"No quiero quedarme fuera de práctica de ninguna manera. Me veo obligado a intercambiar hasta mi último aliento por necesidades, ya que el dinero será escaso a partir de ahora. ¿Cómo puedo dar los siguientes pasos con menos? Sin miedo, pero reconociendo que pronto las tendrás... Mira mis grietas. Con grietas no servimos para nada. Soy una carga para las instituciones. ¿Quién puede cubrir necesidades sin intercambiar tiempo? ¿Cómo lidiaré con las necesidades que superan las migajas que ahora recibiré por estar agrietado, y que otras personas aportan mientras están en práctica? Las grietas revelan el tiempo transcurrido. No puedo escapar de las ofensas de las generaciones venideras, si es legítimo que nos excluyan. Nos han puesto en contra, harán que te olvides de mí y me dejarán abandonado en algún lugar para los agrietados.



Compartir:

Visitas

Entrada destacada

Reunir los papeles rotos

  En algún rincón olvidado, donde el polvo se posa sobre estantes de la biblioteca, alguna vez dejé hojas impresas abrochadas y arrugadas. P...