En el
cuento Terapias alternativas de Sofía de la Vega, la kinesiología excede
por completo la dimensión del cuerpo visto como reparación, tratamiento de dolores
traumatológicas, rehabilitación, etc. La relación que se teje entre Luisa (una
anciana de noventa años con una vida cargada de pérdidas y marcas rurales) y
Daniel (un kinesiólogo joven marcado por el duelo familiar) pone sobre la mesa
que el cuerpo va más allá de simplemente la carne. El contacto
terapéutico —ese espacio donde las manos de Daniel presionan, estiran y
movilizan las piernas y la espalda de Luisa— se convierte en un escenario
íntimo donde se escenifican la memoria y el afecto.
Para Luisa,
el cuerpo no es solo una estructura biológica que duele a causa de los años o
de una infancia atravesada por la caída del techo de una escuela rural; es el terreno
donde reside la historia de sus duelos. Los masajes de Daniel no buscan
únicamente aliviar, sino que operan como un disparador de sensaciones y
recuerdos.
En este
vínculo, el tacto terapéutico moviliza la memoria. Como señala el propio
relato, las manos de Daniel —cuidadas, frías al principio y luego templadas— se
transforman en una presencia. A través del cuerpo, Luisa no solo recuerda sus
fracturas, los sufrimientos de la gente de antes y la muerte temprana de su
propia madre, sino que logra suspender temporalmente el peso de la vejez: “para
eso viene Daniel, para que el cuerpo no me recuerde que tengo noventa”. El
cuerpo sufriente es, al mismo tiempo, el soporte material de la resistencia en una
búsqueda de esperanza.
El afecto
que circula en la sesión no es solo médico. Es un puente entre dos soledades.
Daniel carga con su propio duelo, la muerte de su padre en la tienda Amanecer,
el vaciamiento y venta del negocio familiar, el exilio de su madre y sus
hermanas, y el recuerdo de Nicolás, su primer amor. En las largas sobremesas de
té, entre masajes y palabras en hebreo que le enseña a Luisa, se produce un
intercambio entre los vacíos, los duelos no cerrados y la necesidad de habitar
el deseo propio.
Luisa
reconoce en Daniel sus propias pérdidas y lo adopta casi como a un nieto
simbólico —un rol que luego se extiende y tensiona con la aparición de
Catalina, su nieta real—. A su vez, Daniel encuentra en la escucha de Luisa un
espacio donde depositar aquello que no puede hablar con su madre, atrapada en
su propio duelo y en su nueva vida a once mil kilómetros de distancia.
El contacto terapéutico demuestra que la carne guarda secretos. Las manos de Daniel sobre el cuerpo de Luisa no aplican un protocolo clínico neutral; traducen en alivio físico los temores a la muerte, la culpa por los afectos no transitados y la persistencia de la ternura en la vejez. El cuerpo es como un mediador simbólico, un espacio para comunicar, los dolores del pasado se resignifican y la memoria individual se mezcle con el afecto.






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