Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Terapias alternativas por Sofía de la Vega




En el cuento Terapias alternativas de Sofía de la Vega, la kinesiología excede por completo la dimensión del cuerpo visto como reparación, tratamiento de dolores traumatológicas, rehabilitación, etc. La relación que se teje entre Luisa (una anciana de noventa años con una vida cargada de pérdidas y marcas rurales) y Daniel (un kinesiólogo joven marcado por el duelo familiar) pone sobre la mesa que el cuerpo va más allá de simplemente la carne. El contacto terapéutico —ese espacio donde las manos de Daniel presionan, estiran y movilizan las piernas y la espalda de Luisa— se convierte en un escenario íntimo donde se escenifican la memoria y el afecto.

Para Luisa, el cuerpo no es solo una estructura biológica que duele a causa de los años o de una infancia atravesada por la caída del techo de una escuela rural; es el terreno donde reside la historia de sus duelos. Los masajes de Daniel no buscan únicamente aliviar, sino que operan como un disparador de sensaciones y recuerdos.

En este vínculo, el tacto terapéutico moviliza la memoria. Como señala el propio relato, las manos de Daniel —cuidadas, frías al principio y luego templadas— se transforman en una presencia. A través del cuerpo, Luisa no solo recuerda sus fracturas, los sufrimientos de la gente de antes y la muerte temprana de su propia madre, sino que logra suspender temporalmente el peso de la vejez: “para eso viene Daniel, para que el cuerpo no me recuerde que tengo noventa”. El cuerpo sufriente es, al mismo tiempo, el soporte material de la resistencia en una búsqueda de esperanza.

El afecto que circula en la sesión no es solo médico. Es un puente entre dos soledades. Daniel carga con su propio duelo, la muerte de su padre en la tienda Amanecer, el vaciamiento y venta del negocio familiar, el exilio de su madre y sus hermanas, y el recuerdo de Nicolás, su primer amor. En las largas sobremesas de té, entre masajes y palabras en hebreo que le enseña a Luisa, se produce un intercambio entre los vacíos, los duelos no cerrados y la necesidad de habitar el deseo propio.

Luisa reconoce en Daniel sus propias pérdidas y lo adopta casi como a un nieto simbólico —un rol que luego se extiende y tensiona con la aparición de Catalina, su nieta real—. A su vez, Daniel encuentra en la escucha de Luisa un espacio donde depositar aquello que no puede hablar con su madre, atrapada en su propio duelo y en su nueva vida a once mil kilómetros de distancia.

El contacto terapéutico demuestra que la carne guarda secretos. Las manos de Daniel sobre el cuerpo de Luisa no aplican un protocolo clínico neutral; traducen en alivio físico los temores a la muerte, la culpa por los afectos no transitados y la persistencia de la ternura en la vejez. El cuerpo es como un mediador simbólico, un espacio para comunicar, los dolores del pasado se resignifican y la memoria individual se mezcle con el afecto.



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