Blog de Fabricio Rodríguez de la ciudad del Villazo, Santa Fe, Argentina.

Sinapsis





Imagino un perímetro inocente, una ronda de niños que agarrados provocan algo parecido a un círculo, girando paso a paso con impulso, ya que lo tienen incorporado y lo hacen natural. A veces, giran sin cesar, a veces, de derecha a izquierda, a veces, solo se quedan mirando y vuelven a girar. Esperan el propósito, le dan un sentido porque lo perciben por los sentidos. Hacen una ronda pertinente.

    Aprecio de ellos esa fuente de energía, que se refleja cuando se concentran en una meta, tomados de las manos, exponiendo sus rostros y mancomunados en la tarea de hacer una simple ronda de niños. Para qué tensionarse, para qué angustiarse; incumbencia: saber leer el rostro del otro y descargar los impulsos en la tarea de girar.

    Imagino en sus cabecitas señales en serie, una especie de organización de información, datos, registros, transmitiéndose por las manos, sin vuelta atrás, hacia un rumbo o sentido, conexionándose una mano a la otra, de esa otra a la otra, y así. Imagino neuronas movilizándose para unirse y provocar esos choques eléctricos que logran redes de información. Como si jugar a la ronda fuera lo mismo que hacen las neuronas.



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Camino meritocrático




Sobre el fiel camino meritocrático de los empalagosos sabores que ha probado, produciendo baba lo encontraron. ¡Cuánta baba chorrea! Despojado de humanidad, se trasluce impune por un camino que al parecer es un castigo para los demás. Su deber es perseguir el éxito. Con una mirada despreciable se hace temer. Un cuño en su inconsciente hace que la acción ante los ojos de los demás se manifieste según su propia voluntad.

    Rápidamente, pensando en su actuación, acortó su recorrido frente al próximo, que estaba delante de él con las mismas expectativas codiciosas. El protagonista envuelto en torpeza, rozó con su cuerpo, a los demás personajes, mientras depositaba pasos cargados de atrevimiento, produciendo más y más baba.

    -¡Se quedan atrás! –revela la idea. La realidad es dar pasos con convicciones para lograr el objetivo, sin separarse del esfuerzo fundado con pertinencia… y posando por sobre la otredad.
***

Se expresaron luces tenues. Música lenta se escuchaba de fondo; en primer plano quedaron algunos pisotones sobre el escenario. La obra está picante. ¡Vale el costo de su entrada! ¿Vale el costo de su entrada? Quizás el asiento del espectador no es el mejor del teatro, pero permite descansar en la idea de que se pueden encontrar peores posiciones. Poca importancia se demuestra al compararla con la destacada escena del espectáculo. Entre columnas y cabezas, se alcanza a ver lo suficiente para comprenderla.
***

–Por acá, paso yo –y su brazo abanicó el ambiente con osadía, evasivamente, despejando de su camino a uno, a dos, a muchos; a los que se interpusieron (no actúan miles). Levantó la vista y el éxito apareció allí, al frente (las luces del escenario se expresaron como flashes). Reflejó un rostro iracundo que hizo evocar noches de insomnios con ánimos de absoluto estrés. Mostró un terrible semblante arruinado por la ambición de pasar actores por arriba.

    Aparecieron otros personajes, discretamente los tantea, apoya la mano derecha sobre el hombro de uno de ellos: palmadas, como las de la función anterior, que parecían nunca acabarse. Se cruzó con otro e hizo exactamente lo mismo. Después, le pisó la rodilla a uno, colocó el otro pie sobre la pantorrilla de otro, mientras se agarró de los hombros de un tercero forzando escalar, se ríe sin apercibir.

    El goce se mezclaba con la ilusión de lograr lo absoluto para elevarse; consolidar el poder le creaba una satisfacción.
***

Los espectadores lo vieron pisando hombros, varias espaldas y distintas partes de cuerpos ajenos, con la intensión de llegar a un destino que en la obra se renovaba creando un bucle. Si el entorno estuvo en manos de los actores, ¿cómo es posible que la escena sea siempre la misma, un tipo trepando de los demás?

    –¡No puede ser! Sigue, y sigue –pensó el espectador; lo vio continuar.



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Basta de Temer




Solo basta cruzar la frontera para encontrar a ciudadanos reunidos en las calles con alarmantes puños en altos, banderas y cantos. –¡Fuera! –dice el eco de miles de voces con ímpetu. Detrás de la misma palabra alentaron unir los reclamos.

    En el noticiero lo denominaron Rufián. Este personaje mediático, de pie en su cocina reflexionó sobre el precio de los productos comprados. Luego, vio por la ventana una multitud marchar. Abolló el recibo de compra para llenar el bolsillo con el mismo. Rufián, salió por tevé por participar en la protesta.

    Cuando se sumó, otros también lo hicieron. Así, comenzaron a multiplicarse para luchar contra el que mira desde arriba: como dicen las pancartas y banderas que escribieron los mismos puños en altos. Las paredes temblaron al anochecer al ritmo de los pasos; canciones brillaron por el sol oculto.

    El presidente vestido de traje color hipocresía los esperó desde su balcón; desde lejos los colores de sus ropas se mezclaron con los de los yutas que lo custodian. Tan cínicos, y como estatuas sonrientes, ignoran desde arriba al pueblo resistiendo sus políticas de ajustes.

    Rufián y los demás, escucharon que el presidente dijo: no me pienso bajar.



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Estudiantes en apoyo




Un mensaje de texto lo hizo salir de su casa. Una causa justa lo estaba esperando. Con cada paso, una sonrisa señaló su ansiedad por llegar, dejando algo atrás, como por ejemplo su comodidad.

    En el transcurso del recorrido, un desconocido lo miró directo a los ojos haciéndolo poner nervioso, o tal vez imaginó demasiado una situación casual; siguió caminando ahogando la congoja del tiempo.

    Fueron menos de veinte cuadras las que recorrió para llegar a la concentración. Al final, desde su comienzo creyó que sería en vano apurarse, pero no, comprendió la idea de haberse ligado a la participación.

    Al llegar al lugar citado, encontró a varios de pie en la vereda, a otros sentados sobre el pequeño tapial, a algunos apoyados sobre las rejas, y le dolió la ausencia de otros convocados.

    Entre los murmullos de los presentes un muchacho se dirigió al medio de la calle, levantó un brazo como pidiendo la palabra y vociferó a los demás, “¡marchemos!”. Se miraron para organizar quienes serían los que encabezarían, sin embargo rompió el hielo el último en llagar agarrando un pasacalle: lo siguieron cinco compañeras y formaron una fila desplazando el mensaje de cordón a cordón. Marcharon a paso lento a medida que se iban acomodando.

    Cada dos segundos los del frente se daban vuelta para ver a los demás y aprovecharon a leer las frases de los carteles más grandes. Hicieron palmas e inventaron canciones populares. Las voces golpearon contra las casas provocando que los vecinos se asomen y miren con cara rara. Algunos conductores tocaron bocina alentando, otros, para que se hagan a un lado.

    Finalizaron la movilización en la plaza principal de la ciudad con los puños en alto, se dieron un fuerte aplauso y hasta ser escuchados gritaron, “¡VIVA LA LUCHA DOCENTE!”.



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Moldenses




Cientos de usuarios quedaron varados; dos cuadras de filas de Moldenses (ciudadanos de Molde) como estatuas sin respuestas, esperaban que se asome, el tren que nunca pasó por la estación. Día perdido para quienes debían transportarse.

    Algún que otro Moldense, filmaba fervorosamente la situación; captaba rostros desconformes y mientras más, mejor. Con el apoyo de una voz de fondo vestía a la imagen de drama: -¡Moldenses! piensen en los cientos varados. Esto es insólito-. Quienes vieron la filmación, se perfilaron detrás de la voz.

    Como en un reality show terminó el episodio de la estación.



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Sobre el Sabio




Imaginar a un sabio, antes le parecía un sinónimo de anciano: tal vez barbudo, calvo o pelado. Pensaba que a las personas de antes les llevaba interminables años llegar a la sabiduría, por eso distingue a los sabios en esa franja etaria. Es que, para informarse las personas de antes, tenían que recorrer pueblo a pueblo, hurgando leyenda por leyenda.

    Pensar en el sabio de hoy, es pensar en un joven o viejo, ya que abunda información.



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Espacios conquistados




Caminamos rápidamente hasta una esquina; él la llamó intersección. Nos quedamos parados en la ochava. Me enfrentó extrañamente, me miró directo a los ojos unos segundos y dio media vuelta ofuscado. “Mirá”, me dijo con su voz temblando e hizo una seña comparando dos lugares con su mano.

    En el primero, había una plaza vacía, sin jóvenes, sin ninguna persona. En sus esquinas, para no decir rodeada, parejas de milicos custodiando el espacio.

    Del otro lado, un negocio, con personas dentro de la propiedad  privada.



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Cicloinicios




Salen corriendo tenazmente, ¿será la segunda vez en el día?, ¿realmente tuvo otra oportunidad?

Está prohibido hablar de un final, ya que él empezó a correr, y tal vez, de eso se trata, de un inicio.

Sus vidas consisten en encadenarse para ser parte de una cadena de inicios. Es tan confuso que hasta puede que la cadena equivalga a un ciclo.

Una palabra tras otra se decían al toparse y esperaban la devolución de otras. Las palabras mostraban la dirección hacia dónde correr sin un posible final.

Corren tenazmente.

Al darse vuelta estos sujetos imparables, ven a uno quedarse parado precisamente a la derecha. Quedó estancado. ¿Tendrá los cordones de las zapatillas atados a la baldosa que pisa?, ¿no se percata que está embobado con lo efímero? ¿Por qué no correrá con los demás para aportar sus palabras y juntos muestren nuevos caminos hacia prontos inicios?

En una situación constante, cuesta demasiado mirar hacía atrás, ya que al correr tanto peligra la distancia.

Siguen corriendo tenazmente. Corren para compartir palabras e iniciar la apertura de otro nuevo inicio.



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Vecinos Enfrentados #16




Siguiendo un capricho, se había empecinado en saber qué hacía su papá cuando cruzaba la calle las noches en que su mamá laburaba de playera en la estación de servicios que estuvo muchos años a diez cuadras. Esperaba firme detrás de la ventana largas horas hasta quedarse dormido en el sillón. La respuesta de su papá a todas las preguntas siempre fue la misma, “no te acerques jamás, podrían pasarte cosas horribles”. El niño sólo espiaba pensando qué clase de vecinos enfrentados se reúnen las mayorías de las noches, y además, si pasan cosas horribles cómo es que papá iba a esa casa.

    Cuando sus padres coincidían el horario del almuerzo, religiosamente el noticiero estaba de fondo en la mesa familiar. Entre destacados hechos de corrupción, televisaron la crónica de dos personas divididas por una calle que al golpearse brutalmente, como consecuencia, uno había terminado internado. Alarmado el pequeño comenzó a llorar hasta enrojecerse. Al intentar calmarlo con caricias, su madre se entera de que papá tenía ciertos episodios con la vecina de enfrente.

    Después de haber recordado historias del pasado, imaginó su destino con la nueva vecina.



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Enceguecido




Una imagen espantosa golpeaba las manos contra el suelo levantando polvillo y meneaba con movimientos oblicuos la cadera; tenebrosos sonidos salían de sus vertebras al estrujar el cuerpo mientras se ponía de pie. Un sujeto, no se percataba que lentamente, como flotando en el aire, lo rodeaba la imagen. Ésta se burlaba de él cuando se dirigía plácidamente a un camino repleto de obstáculos, que parecían estorbos que solo veía cuando los chocaba asegurándose que allí estaban. La imagen al rodearlo lo enceguecía captando de su atención de manera audaz. Seguía estrujando el cuerpo y movía sus manos asediándolo; la danza establecía el horizonte. La imagen que para él no existía era quien marcaba la dirección.



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Vecinos Enfrentados #15




Se esforzaba por tachar la imagen de la compañera del vecino de enfrente. En un instante sus neuronas saltaban recordando si otra mujer lo había mirado así. ¿Su imaginación jugaba con él? ¿Deseaba a la mujer de su prójimo, siendo este su nuevo enemigo? ¿El enemigo es el prójimo? Dudas empapeladas con misterio lo hacían confundir.

    Apoyado sobre la pared no perdía de vista su plan en acción. La vez que conoció un joven actor que vive de pequeños papeles que consigue, sabía que lo contrataría en un futuro. El actor, vestido de traje con una planilla en manos, realizó algunas preguntas sobre los derechos de los animales; para no sembrar sospechas recorrió cuatro cuadras a la redonda. Observando a la compañera de su vecino, dedujo que no se negaría a revelar sus datos en la encuesta; ella utiliza pullovers con animales bordados.

    Esa misma noche, mientras hacía zapping en la tevé, ingresó con entusiasmo a las redes sociales para buscar virtualmente a la chica de enfrente. De los datos que recolectó el joven, solo uno era importante: simplemente su usuario.

    Por la tarde, el actor recibió su paga y se fue pensando cómo pueden existir vecinos enfrentados.



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Vecinos Enfrentados #14




Estaba apoyado sobre la pared de su casa, justo al lado de la puerta principal, que hace poco había pintado. Desde ese lugar podía ver perfectamente todos los movimientos de su nuevo vecino de enfrente. Para poner en práctica una estrategia y atacarlo, cree conveniente analizar detalladamente la situación.

    Hasta el momento, tiene noción de que sólo conoce los puños del vecino. ¿La estrategia sería dirigirse a la puerta y sorpresivamente responder de la misma manera? Piensa que quien pega primero pega dos veces, ¿si anteriormente empezó su vecino, esta vez volvería a pegarle? Todavía está dudando en aplicar una estrategia.

    Su coraje estaba por las nubes; con los puños apretados y las piernas ligeras, livianas, casi como las de un boxeador, cruza la calle, mirando fijamente la puerta que parece que también hace poco que la pintaron, se dirige hacia la misma. Ansioso y nervioso toca timbre de la peor manera, con su dedo pegado al botón. En la anhelada espera de golpearlo, lo atiende una mujer.



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Vecinos Enfrentados #13




Luego de la intensa pelea, limpiando su rostro con agua en el baño de su casa, no podía creer que su vecino de enfrente quiera comenzar una guerra. Jamás había pretendido golpear al recién llegado; su intensión fue saludarlo e iniciar una común relación.

    Una grieta naciente en su ceja –tremendo dolor surgía de la herida-, fue la chispa que encendió la voluntad de querer ir a prenderle fuego la casa y bailar alrededor. Su plan radica en destruirlo y/o convencer con violencia a una nueva mudanza lejos de su vida.

    Mientras veía su rostro en el espejo, sus lágrimas empezaron a caer; largó un llanto que podría haber sido escuchado en otras habitaciones. ¿Cómo es posible que le sucedan este tipo de cosas?  ¿Se encerraría dejando el problema de lado para no enfrentarlo?

    Al final, en plena reflexión, aceptó el desafío, el único camino que brindaba el azar. Ahora sus pasos tienen un propósito, sabe que tiene que acabar esta guerra de vecinos enfrentados.



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Vecinos Enfrentados #12





Se acercó a la ventana. Con una suave caricia desliza la cortina sobre su mano; el vidrio estaba húmedo y una gota caía formando una grieta sobre lo empañado; permitió ver: un camión fletero estaciona enfrente. Se imaginó en guerra con su nuevo vecino.

    Para arrojar al suelo con suma decisión, la duda que en cualquier momento sola caería como en el vidrio la acumulación de humedad con forma de gota, abrió la puerta y comenzó a caminar con intensión de saludarlo. Cruzó la calle sin ver, pensando que por fin todo estaba saliendo tan bien que imaginaba un futuro próximo junto a ese otro que recién se está mudando.

    A pocos pasos del camión, desde la vereda, empezaba a palpitar el posible saludo. Observaba hacia adentro mientras avanzaba, como a nadie veía cambió su mirada hacia la ventana. El vecino nuevo, que apurado estaba por ingresar sus cosas a la casa, trotaba con prisas en dirección al camión. Ambos chocaron tanto sus cabezas, que el fletero asustado al oír, pensó que algo se había roto y corrió a averiguarlo. Cuando llegó, lo único que vio, fue vecinos enfrentados.



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Todos son iguales frente al telón





Diseñadas para que cuando quieran escapar se bloqueen chocando contra el tope de sus bisagras, las puertas gigantescas de roble macizo, comenzaron a abrirse hacia adentro a la hora del ingreso. Marchaban a paso lento casi arrastrando sus pies; veían fijo el telón, sus rostros no habían cambiado desde la última visita, las arrugas seguían aparentando asuntos prohibidos.
Quienes llegaron minutos más temprano, desde sus asientos miraban con expresión de “estamos demorados por ustedes”. Un bebé no dejaba de llorar y su madre de zamarrearlo, un niño no entendía nada y le tiraba la remera a su mamá que asiste para que su marido deje de pegarle, un codicioso deseaba a la mujer de su prójimo, y en el fondo, junto al telón, sonidos monótonos.
La oscuridad combatía contra las llamas de las velas, que cuelgan de candelabros de oro y cristal, ubicados en el centro del templo y en sus columnas. Apenas se oían los murmullos de los presentes, es en las periferias donde dicen que resuenan los ecos; nadie quería hacer público su chimento. Gente desconocida entraba.
            Todos se pusieron de pie, ¿en señal de respeto? Entre los incómodos bancos de madera, mientras pisaba una costosa alfombra, “el oyente de su llamado” entraba al templo con una vestimenta preciosa con alhajas de oro colgadas. Ciertos fanáticos se ponían el dedo índice siguiendo la línea de la nariz y exigían silencio hacia todas las direcciones. Ansiosos, cerraban los ojos esperando que algo los conduzca hacia la perfección interior. Cada uno juntaba debajo del mentón las manos entrelazadas por los dedos. El oyente llegó al telón y se arrodilló enfrentándolo. Al ponerse de pie, dio media vuelta sintiéndose el representante, y ordenó sentarse.
Los presentes guardaban los comentarios para la salida, prestaban atención atentamente. Los que deseaban a la mujer de su prójimo, identificaron al oyente como miembro de su grupo. Una canastita pasaba de mano en mano y los seres depositaban una contribución económica como un deber que cumplir.
El bebé lloraba con gritos que lo hacían ahogar; estaba rojo e inquieto. Una señora con un talismán colgado en su cuello (tal vez por su fanatismo), desde su asiento, reunió a los demás sin poder aguantarse hasta la salida para hacer un comentario acerca del bebé. Como hace poco nació, algo horrible lo atormentaba en su interior para hacer colapsar la paz del templo; se requiere urgente eliminar al demonio original que trae consigo e introducirlo a santificar las fiestas del templo sin tomar su santo nombre en vano.
            Todos esperaban con los cerebros sobre sus manos. Parecían sostener una bandeja; sobre sus palmas yacían las ofrendas, cuando cerraban los ojos o miraban el cerebro. El oyente arrodillado alzó el suyo… sangre chorreaba; sangre de la alianza nueva y eterna, que fue derramada para salvarlos.
La culpa que atormentaba la salud de los fieles, en fila los hacía marchar con sus ofrendas, uno detrás del otro por la costosa alfombra. Momento en que son iguales frente al telón y limpian su interior. Se detenían cabeza agacha frente al oyente, que les daba unos toques al cerebro, se arrodillaban-ponían de pie y caminaban regreso a su asiento.
¡La paz estaba con ellos!





Foto del Cuento: Rodrigo Burgos

           



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Esperá que ese niño crezca




El hijo de un ser social maneja el joystick como Dios. De boca en boca se presume que el artefacto es una extensión de su cuerpo. La población debería vender rifas para invertir el dinero recaudado en los viáticos de la olimpiada mundial de ciberjuegos.

    ¡Qué gran egopolítico! Entra al juego con tres aldeanos, un explorador fácil de manipular y, a partir de ahora, su municipio. Obviamente, al primero que mandó, fue al explorador; Marco Polo, un poroto. Automáticamente, pone en acción a los aldeanos: dos cortan madera, uno construye obras civiles para aumentar la población. Construye los primeros edificios ya con varios aldeanos constructores, mineros, leñadores, recolectores, granjeros, ovejeros, cazadores, etc. Explota a los que puede mientras logra increíbles avances, desarrollos, acopios de recursos, y es feliz jugando. Cuando su pueblo se adelanta de las demás civilizaciones de la partida, deja morir a sus aldeanos, aprovecha los recursos adquiridos para fundar la verdadera nación; crear una gran milicia y conquista a los subdesarrollados. ¡Una excelente partida peleando por la hegemonía!

    ¡Simplemente lo ves sentado frente a la tevé! Sus auriculares lo aíslan del ruido de la habitación. Presenta ojeras de niño. Sorprende como maneja el joystick. Está embobado, jugando solo, tranquilo (no molesta), provoca y gana batallas, amolda su cabeza.



Foto de la Viñeta: Rodrigo Burgos
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Rodeado de humo





Abre la puerta después de escuchar el sonido que le estableció un horario fijo a su vida; entra cabizbajo: vieja y conocida repetición de todos los días. No suele darse cuenta de los pasos que requiere seguir para comenzar la jornada, los compañeros lo ven haciendo varios movimientos automáticos; realiza prácticas mecánicas, parece el arduo desafío de una ciega locomotora rodando atrapada sobre un carril.
Siente latir sus venas al ritmo del corazón; hace puntas de pies cuando los considera cansados de tanto permanecer parado, tal vez de esa manera estimula a los músculos, o busca comodidad. Lo ven caminando entre las góndolas, algunas veces se arrodilla ante dichas, se sienta en canastita, de frente y de espalda; por más molestia que tenga en la cintura, sigilosamente se agacha, se arriesga a persistir en cuclillas; hay días que los vive atormentándose con la cara de un solo estante. Cuando no quede espacio físico para los costados, hay que mirar hacia arriba: en ocasiones no especiales utiliza una escalera, a cada paso tiembla imaginando quebrarla, por eso prefiere subir y/o bajar sin peso; le permite trepar y pisar los estantes más altos. Circula su vida por los pasillos que forman las góndolas enfrentadas y ni siquiera le entra el cuerpo si manipula una caja o los cajones de los estantes.
Aparece el jefe, por las arrugas del rostro, que son efímeras, recién despierta; trae una nueva lista por cumplir, junto a palabras tiernas, que lo abrazan y lo miman cariñosamente maniatándolo; diálogos manipulan la joya valiosa. Simula darle una moneda a un niño que da media vuelta para comprar golosinas.
            A medida que necesita descansar sus pies, el tiempo pasa lenta y dolorosamente, como un puñal de ansiedad clavado en el pecho, como un puñal de ansiedad caliente clavado en el pecho; quema. Las agujas del reloj giran con menos ganas de lo normal; no hablan, sino dirían que están hartas de la rutina y no con el eje medio trabado, o con algo entre sus engranajes retrasando su velocidad; qué sé yo. Después de ver reiteradamente la aguja del minutero encerrada entre el seis y el siete, cerró sus ojos, produjo estirar la piel de su frente y arrugar su cara, al mismo tiempo que menea la cabeza de lado a lado y se lamenta. Vuelve a mirar tan kamikaze hacia el reloj, le pareció haber visto una nube, tal vez por haber esforzado bruscamente el cierre de sus ojos; no parece un efecto de sus lágrimas, adquiere la imagen de algo particular, conocido. ¿Por qué se aflige preguntándose qué es? Poco duda hasta soltar la búsqueda de la verdad; las góndolas egoístas lo atraparon para su mantención; no debe dejar el trabajo, pensar, o cualquier cosa que desvíe la atención cotidiana: sabias palabras del jefe cuando compra una maquina con la plata que sale de la mano de obra entre las góndolas y piensa que también es dueño del que las mantiene.
            Nuevamente se pregunta por el tiempo, como un pobre tipo que no le queda otra que jugar con cuchillos en el circo, observa a su fiel tortura, el reloj, con desprecio, odiándolo; como si tuviese la culpa absoluta. La nube que flota se convierte en… es por eso que le parece conocida la figura, la imagen adquirida con la poca definición que alcanza su visión. El jefe dice sus palabras alusivas mientras está rodeado de humo. Está confuso, ¿hay quejas? De repente, al seguir los efectos de las ondas que provoca, ve todo el techo cubierto. Se atreve a entender qué está ocurriendo en el ambiente, sabe que busca ir hacia arriba. Atolondrada la nube se mezcla sin permiso con el aire que hay y no vemos, contamina pesadamente el oxigeno, la visión disminuye y poco puede verse a través de las tinieblas. Toma su cuello con sus manos, franelea su pecho, frota su nuca, se siente ahogado, sofocado o encerrado; algunos síntomas aparecieron en el organismo: pesadez en las piernas, retorcijones de panza, principio de pirosis, nervios que hacen llegar la información más rápido a su cerebro traduciéndolo en movimientos torpes e inquietos.
            Cuando lo único que le faltaba era caer de rodillas, lo salvó el mismo sonido horrible que suena todas las mañanas esperando una respuesta; logró abrir la puerta después de una intensa jornada. La contaminación de humo ahora busca extinguirse bajo los rayos del sol que se esconden de la noche, momento en el que disfruta el escaso resto del día con su familia sin esas elegantes palabras del jefe dando vueltas a su alrededor. 




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